América Yujra – Liderazgo político: lo que hay y lo que requiere la democracia

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A lo largo de la historia, la organización fue base para el desarrollo humano. Vivir en sociedad; en consecuencia, no sólo fue inevitable, sino también necesario. Para que determinado grupo social consiguiera cumplir sus objetivos (previamente convenidos), requirió seguir determinadas directrices u órdenes; es decir, a una autoridad.

En los primeros momentos, ésa figura recayó en el “más fuerte”, luego en el “más sabio”. También se pensó que era un “designio de los dioses”. En resumen, ejercía autoridad quien tenía rasgos especiales o distintos al resto de integrantes del grupo social, y era obedecido por ello. Ya en su tiempo, Aristóteles dijo que un gobernante debe ser un líder político hábil y virtuoso.

Existen varias concepciones sobre liderazgo político. La más recurrida corresponde a Max Weber: líder es quien ejercer el poder. Identificó tres tipos de liderazgo: tradicional (por costumbre o herencia de una familia o élite que sigue una línea generacional), racional/legal (una elección, por ejemplo) y carismático (tiene una gracia o encanto que lo hace único).

Ese “rasgo carismático” llevó a estudiar el liderazgo político a través de los efectos que produce en el conglomerado social. El politólogo francés Jean Blondel lo definió como “el ejercicio del poder por uno o algunos individuos que dirigen a los miembros de la nación hacia la acción.” En consecuencia, el «grado de producción de efectos deseados y la contribución al cambio es atribuible al líder político y sus acciones».

Impacto y cambio fueron las palabras clave para Blondel, y a base de ellas elaboró su tipología de liderazgo. Cuando el líder político influye profundamente, el sistema político se mueve; genera tres tipos de cambio. Uno mínimo tendrá un líder salvador; uno moderado, un paternalista o populista; el ideólogo produce un cambio profundo.

Para un impacto moderado, la actividad del líder recaerá sobre problemáticas o elementos varios del sistema político. De acuerdo a los cambios producidos, los líderes serán: confortador, redefinidor y reformista.

El último impacto que consideró Blondel lo denominó especializado o pequeño. Aquí, el líder político no intenta modificar o reemplazar la totalidad del sistema político, por lo que sus acciones podrán ser de gestión, de reajuste o de innovación.

Las democracias actuales —además de líderes con respaldo racional/legal y carisma, o que promuevan diversos niveles de cambio— requieren liderazgos políticos cuyas bases principales sean la ética y la inteligencia, traducidas en virtudes de racionalidad, tolerancia y responsabilidad. ¿De qué manera un líder mostrará todo esto? A través de palabras y acciones.

Un liderazgo político democrático debe mostrar que es responsable. Afrontará cada circunstancia social o política existente o sobreviniente asumiendo que un líder no sólo ordena, dirige o ejerce el poder; también restaura, reconstruye, da soluciones; no se queja del estado de las cosas, capitaliza lo malo como una oportunidad de convertirlo en bueno.

Otra virtud a considerar es la racionalidad en lo que se hace y expresa. Un líder democrático racional sabe lo que tiene que hacer, los problemas que debe enfrentar, lo que puede suceder y las decisiones adecuadas que debe tomar. Asimismo, debe procurar que haya lógica entre lo que dice (retórica verbal o escrita) y hace con lo que se ve o vive la ciudadanía (contexto).

No está mal persuadir con palabras; pero si éstas no son verificadas con hechos o acciones concretas, lo único que se producirá en la ciudadanía es desconfianza. Un líder que disfraza o edulcora la realidad no será visto como una autoridad política que gobierna un Estado, sino como un político que sólo quiere ser líder de un grupo reducido. Como bien dijo John Rawls: “los líderes (políticos) deben generar confianza de que persiguen el bien común”.

Un líder democrático también procura la tolerancia. Acepta críticas y opiniones diferentes. Entiende que es importante construir proyectos a partir del diálogo y la concertación con todos los grupos sociales/políticos que conforman el tejido social del Estado; pues tiene un compromiso con él, con su Constitución, sus leyes y los derechos humanos.

¿Qué sucede con los “líderes” que aparecen en el escenario político boliviano?

El discurso del presidente Luis Arce, en ocasión del aniversario patrio, fue aplaudido por algunos porque no utilizó excesivamente la ya aburrida posverdad del “gobierno de facto” y reconoció tres problemáticas importantes que aquejan a nuestro país (narcotráfico, justicia y corrupción). Dicen que mostró algo “nuevo y diferente”.

Sin duda, admitir los fracasos del régimen masista es una buena señal, pero deja de ser genuina cuando apunta a la “colonia” o al “imperio” como culpables de ello. Otra pésima señal es mostrarse como víctima de desestabilización por parte de partidos de derecha “fascista y socialdemócrata”, cuando en realidad quienes parecen tener ése propósito pertenecen al grupo que denominó “izquierda edulcorada y funcional a intereses mezquinos”, y ésta es la facción “evista” que lo ataca continuamente.

Con su discurso repetitivo, carente de autocrítica y soluciones, incoherente con la realidad social y política del país, Luis Arce mostró que no tiene las características de líder democrático. ¿Lo fue alguna vez y por eso fue candidato en 2020? Más que líder, Arce fue un ministro funcional al “Proceso de Cambio”. De todas las figuras presidenciables era el de más bajo perfil y de mejor docilidad; tanto así que durante los primeros meses de su gobierno dio la impresión de que cedió el poder al jefazo.

Con el tiempo, Arce fue aprendiendo las tácticas autoritarias de su maestro, pero también comprendió que él es el presidente, que tiene el poder en sus manos y puede ser reelegible. Tras esas revelaciones, dedica sus esfuerzos a captar el apoyo de organizaciones sociales para afianzarse como un posible “líder” del MAS.

Con esos afanes, Arce olvida que gobernar es ser líder político de una sociedad, lo que significa perseguir una visión colectiva, no sólo de un partido. Más que producir un cambio o impacto (social/político y/o partidario), sus acciones sólo procuran la continuación del régimen azul. Los rasgos que muestra Arce quizá sean adecuados a la esencia del MAS (un partido antidemocrático, oligárquico), pero no le sirven para que la ciudadanía lo reelija en 2025.

Señalé que un líder democrático afronta problemas y busca soluciones, ¿Luis Arce reconoció todos los problemas que padece Bolivia, explicó las acciones que realiza para afrontarlos, planteó soluciones reales y efectivas? Quizá el pasado domingo no necesariamente requería un informe de gestión; pero ante el escándalo del caso Marset, la incertidumbre de las elecciones judiciales, las alertas de sequías y contaminación de áreas protegidas que ponen en riesgo la seguridad alimentaria, la ciudadanía esperaba recibir certezas y no respuestas obvias, menos omisiones intencionales y cobardes.

Decir que el narcotráfico, la corrupción y la crisis de la justicia son herencias del Estado colonial es quitarse responsabilidad y ocultar la realidad de los últimos 17 años del régimen masista. Ambas acciones parecen ser las preferidas de Luis Arce: culpar a otros de los problemas y escándalos (los suyos y los que vivió en el gobierno de Evo Morales) y ocultarse tras su vocero y sus ministros adulones.

El liderazgo de Morales tampoco tiene rasgos democráticos. No le interesa un liderazgo racional/legal o alguno de los desarrollados por Blondel. Tiene una idea distorsionada del liderazgo por tradición, pues cree que el ser líder del MAS lo habilita a ejercer el poder de forma tiránica, sin importarle las consecuencias sociopolíticas ni respetar los límites legales.

En el lado de la oposición no hay liderazgos democráticos visibles, mucho menos sólidos. Los pocos que aparecen intermitentemente o caen en contradicciones, debido a que prefieren partir de ideas regionales y no nacionales, o no tienen racionalidad y responsabilidad suficientes para ganarse un reconocimiento ciudadano que los lleve a un triunfo electoral.

Como puede verse, sólo tenemos la presencia de liderazgos esporádicos, otros que en la búsqueda del cambio cayeron en la radicalidad y otros que se sienten líderes sólo con el montaje de escenarios boatos. En consecuencia, cualquiera de éstos ejercerá el poder arbitraria e irracionalmente, carecerá de legitimidad; pero lo que es peor, debilitará aún más nuestra democracia.

Sólo un liderazgo político que se enmarque y construya con racionalidad, responsabilidad y tolerancia podrá mantener a nuestra democracia estable y saludable. Por todo ello, es imperativo que se construyan liderazgos de este tipo y, si se logran consolidar, deberán recibir nuestro apoyo ineludible. Sólo así nuestra realidad política, económica y social podrá vislumbrar un horizonte diferente, con más justicia y libertad.

América Yujra Chambi es abogada.

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