“Duálogo”, es el término con el que Abraham Kaplan define los eventos en los que uno espera que el otro termine de hablar para dar rienda suelta a la exposición de sus ideas con palabras enmarcadas en un libreto, sin importar lo que piensen/digan los otros. Ocurre en encuentros de a dos, pero desarrollando monólogos a dos voces. Ocurre también en eventos donde oradores desfilan uno tras otro sin necesariamente desarrollar encadenamientos entre lo que dicen los otros. Muchas veces son eventos entre iguales donde los mensajes sólo difieren en las formas de expresarlos, mientras que los contenidos parecen ser fabricados para complacer a los participantes. Otras veces hay divergencias pero no se las procesa, no interesa hacerlo, en aras del consenso. Los duálogos alimentan disonancias y egos naturalizando la polarización.
En su acepción más general, diálogo se refiere al intercambio recíproco de información entre dos o más interlocutores que interactúan ejerciendo rotativamente roles de emisor y de receptor. Proveniente del griego día que significa a través de y logos que significa conocimiento y también palabra, diálogo viene a ser el intercambio de conocimientos y experiencias a través de la palabra. Es conversación y esencialmente construcciones de entendimiento con mutuas correspondencias y dinámicas bidireccionales de intercambio de ideas y de prácticas, o sea de comunicación, en un proceso sociocultural de puesta en común, participación e interacción.
Exponer sin escuchar no es dialogar, es incomunicar, es dualogar. La comunicación empieza en la escucha que supone aprehender, interpretar, valorar, compartir, relacionarse e intercambiar criterios y sentidos de vida. En el diálogo intervienen la capacidad de escuchar, la voluntad de escuchar y la capacidad y voluntad de comprender para construir. Sin estos elementos no existe diálogo, sino meros ejercicios pirotécnicos de gimnasia verbal.
La capacidad de escuchar implica sintonizar los sentipensamientos de los otros, para saber qué piensan, miran, sueñan, escuchan, interpretan y proyectan desde sus propias historias y constituciones sociales y culturales. Es una actitud esencialmente ética que busca comprender, valorar y respetar la palabra del otro saliendo de los ensimismamientos que llevan a situaciones de entropía en las que uno sólo se escucha a sí mismo. Superar esta desviación no es fácil, por esto el Papa Francisco decía que “escuchar es como un sacrificio de sí mismo” para ir al encuentro del otro cuidando las palabras con un uso responsable y respetuoso del lenguaje. En la misma línea, Jürgen Habermas decía que el lenguaje monológico disociado de su uso comunicativo, para aportar al diálogo requiere transformarse en un ejercicio ético-político de la escucha y de la palabra argumentada.
La sabiduría de nuestros pueblos enseña que diálogo es jaqinparlaña (aymara), runakunaqparlaynin (quechua) o ñañe´êoñe´êháichañanderapichakuéra (guaraní), que quieren decir hablar como habla la gente, siguiendo sus cuatro principios: escuchar para hablar, saber lo que se habla, refrendar las palabras con los actos y hablar para esperanzar.
Se necesita voluntad de diálogo, que no es sino “escuchar con los oídos del corazón o con todos los sentidos”. Voluntad de escuchar es saber aproximarse a la realidad, saber ver, sentir, palpar y contar esa realidad a partir de la experiencia de los otros y de la complejidad de la misma realidad. Escuchar es un acto de comprensión donde las palabras, los gestos y las acciones, en su contexto, hacen una unidad que define las formas de relacionamiento con los otros y con el mundo, convirtiéndose en un compromiso, porque al ser expresados pasan a pertenecer al que escucha, encaminando acuerdos. Es muy común que las palabras digan una cosa y las acciones otra. En las percepciones pesan más los hechos que los dichos y refrendar las palabras con los actos es una expresión de la voluntad de diálogo.
Capacidad y voluntad de dialogar partiendo de la escucha es una exigencia ética (de relación con respeto), estética (de atención al otro), pedagógica (aprender del y en relación con el otro) y democrática (intercambiar criterios con argumentos). Por lo dicho, saber escuchar es un proceso indesligable del acto de entendimiento consagrando la alteridad, puesto que toda pregunta por el otro remite a alguien que es diferente. El otro tiene que ser reconocido con rostro, palabra, mirada, utopías y discurso que tienen poder de significación y de sentido. Se trata de buscar la comprensión con los otros en una relación de pluralidad mediada por la libre y responsable construcción de la palabra.
Como dice Hannah Arendt, se trata de estar juntos, aceptando que los otros son diferentes, y que en tal diferencia gozan de legitimidad y condicionan un necesario y enriquecedor pluralismo para aceptar otras formas de ser, diferentes de las propias. En este pluralismo están contenidos trasfondos históricos que también hablan y deben ser escuchados porque muchas veces son los contenidos reales que no reflejan los hechos visibles. Y se deben escuchar no sólo las palabras, sino las prácticas de movilización, porque hablan con sus consignas y con sus intensidades. Se debe escuchar leyendo el trasfondo de las palabras, sobretodo cuando éstas son proclamaciones de buenas intenciones o sermones sobre principios de conducta social. Es siempre, mil veces más contundente, hablar con hechos, no con promesas de hechos, sino con realizaciones.
Saber dialogar demanda aprendizajes para abandonar el vicio de confrontar, aprendizajes para desenredar los nudos de la intolerancia, para borrar las huellas del desprecio que lacera los sentimientos, para bajar los decibeles de los discursos que se disparan sin medir consecuencias. Es necesario dialogar en los momentos y con los actores precisos, aunque nos confrontemos para entendernos. No se debe caer en el síndrome de la procastinación que posterga las decisiones importantes y las sustituye por actividades placenteras. Hay que empezar de nuevo, permanentemente, desmontando las radicalidades y saliendo de la lógica de vencedores y vencidos. Se necesitan narrativas de reencuentro para que gane la convivencia pacífica.
Adalid Contreras es sociólogo boliviano

