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Sikuya, la isla que lucha por subsistir
Cada día, los comunarios de la isla Sikuya surcan las aguas del lago en búsqueda de peces para su subsistencia cotidiana.
Actualidad

Sikuya, la isla que lucha por subsistir

Fundación Tierra

La jornada comienza a las cuatro de la mañana entre la isla Sikuya y la comunidad de Cala Cala, las redes se extienden por el lago. A pesar de las obstrucciones que causa la purima, los pescadores continúan surcando las aguas del Titikaka, en busca de subsistencia y mejores condiciones de vida.

Isla Sicuya

Por Wilfredo Plata y Yohony Mamani[1]

Son las diez de la mañana en el puerto de Cala Cala del municipio de Taraco, los comunarios de la isla Sikuya salen de entre los totorales, ahuyentando a las chuqhas, unqallas y qillwas y otras aves que habitan el wiñay marka o lago menor del Titikaka. Los zumbidos de los motores anuncian el retorno de los comunarios que viven de la pesca, traen con ellos una escasa carga pesquera dirigida hacia las zonas comerciales de la ciudad de El Alto.

¿Por qué han desaparecido los peces?

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Modesto Quispe, lanchero de profesión, ensaya dos respuestas:

«Puede ser que nosotros hayamos pescado todos los peces, y la otra posibilidad es que ya no hay peces por la contaminación. La primera especie que ha desaparecido fue el khisi, luego desapareció qañu un pez de lomo amarillo, luego desapareció el umantu, el karachi negro ya existe poco y también está por desaparecer. Aunque el pejerrey no es un pez nativo, sino introducido, también está por desaparecer, ya se pesca muy poco. Ahora aquí sólo estamos viviendo con el mauri, eso es lo que estamos pescando, ya es el único que nos salva. Si también desaparece el mauri tendremos que decir adiós Sikuya, tendremos que irnos a otro lugar. Esa es nuestra situación».

Mientras conduce su lancha, Modesto trata de quitar los tallos de purima atascados en las aspas del motor. Explica que la purima es una variedad de planta acuática que hoy prolifera en las cercanías de la isla Sikuya; se nota porque el nivel del agua ha bajado durante los últimos años. Esta situación se observa generalmente durante el mes de septiembre, considerado un mes seco, ya que la profundidad de las aguas sólo alcanza 1.5 metros, por lo que la purima es visible en la superficie del agua.

La pesca es un modo de vida en la región, aunque los peces son escasos y la purima ha desplazado a otras plantas acuáticas como el llachhu y el chancu, que eran típicas del hábitat donde se reproducían los karachis.

La pesca y la lucha por la subsistencia de Sikuya

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Como es natural, los isleños de Sikuya son pescadores natos, Modesto recuerda que en su infancia existían abundantes y variados peces en el lago; su memoria resalta a varias especies de pescado como karachi, qillu punku, khisi, qañu, umantu, such’i, que ahora han desaparecido. “Ahora sólo estamos sobreviviendo aquí con el mauri” admite con angustia. Actualmente, la extinción y reducción actual de los peces es, en parte, causada por varios factores como la contaminación la sobrepesca o el cambio climático global que afecta a la zona.

Para Modesto Quispe, la actividad de la pesca fue y es la fuente principal de subsistencia de los comunarios de isla Sikuya, ya que desde muy pequeños aprenden el arte de la pesca. Antiguamente, las redes de pesca eran elaboradas por las propias familias en base a hilos hechos por las mujeres de la comunidad; ya con los años aparecieron redes de pesca industrial con medidas más pequeñas que las artesanales, comenzando de cuatro hilos, luego de tres hilos, dos hilos y de un solo hilo. Finalmente aparecieron redes de plástico, que al igual que las primeras, cambiaron a medidas industriales mucho más delgadas, pasando de 0.18, 0.14, 0.12 mm. y finalmente de 0.10 mm., ahora se asemejan a la delgadez del cabello de una persona.

Así como las redes, la actividad pesquera se expandió alrededor de la isla. Al principio sólo las familias de Sikuya y Suriki eran familias pescadoras; posteriormente, y junto a la aparición de otro tipo de redes, las familias alrededor del lago incursionaron en esta actividad e incidieron en la disminución de la cantidad de peces en el lago. Según Modesto, en tiempos de antaño, los abuelos fabricaban balsas de totora para navegar y movilizarse. En esa época, practicaban la pesca de manera tradicional sobre todo para consumo e intercambio con productos alimenticios para la subsistencia. Estas prácticas tradicionales de pesca recurrían a artefactos y técnicas propias de las comunidades pesqueras como el kaku-thumi, que consistía en desplegar pequeñas redes de pesca en balsas de totora; ésta tradición milenaria alimentó a la comunidad por muchos años y mantuvo los medios de vida del lugar.

Según Modesto “Antes la pesca se realizaba cerca de la isla, por donde están las totoras, ahí había el karachi negro y muy abundante, se podía extraer adultos de dos pulgadas. Ahora ya no hay, la totora está seca y tenemos que ir a mayores profundidades, hasta las cercanías de la isla Suana en el Perú (noroeste). Por este lado (norte del lago) vamos a las provincias de Los Andes y Omasuyos, hacia la población de Huatajata, pero allí apenas podemos pescar unos cien a ciento cincuenta peces, con sesenta a ochenta piezas de redes de pesca y en dos días. Eso también significa mucho mayor gasto de gasolina para navegar y escasamente compensa las ventas de peces capturados, pero así tenemos que sobrevivir. ¿A dónde vamos a ir?, ¿qué vamos a comer? y ¿con qué vamos a criar a nuestros hijos?» se pregunta.

La contaminación del lago y el futuro de la comunidad

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En la isla la actividad agrícola es muy reducida, generalmente los comunarios practican la agricultura familiar en las pequeñas parcelas, por tanto, la producción obtenida no dura más que dos meses.  El resto del año deben buscar alimentos mediante el trueque de pescado con otros insumos en distintas ferias. «Viajamos hasta Batallas en la provincia los Andes, luego a Huatajata, a Tiquina con el p’api o challwa waja (pescado cocido en piedra), con eso realizamos el trueque. Pero ahora eso está cambiando, ya no estamos yendo porque ya no hay pescado, eso nos tiene entristecidos y apenados por nuestros hijos. La pesca es todo para nosotros en la isla. Con la pesca comemos, nos compramos ropa, hacemos estudiar a nuestros hijos. No sabemos que será y pasará en adelante» (Modesto Quispe, comunario de la isla Sikuya).

Modesto recuerda que una mañana de invierno el año 2015, la isla amaneció rodeada de una extensa mancha de agua verde tinta que se extendió y contaminó las aguas del lago alrededor de Sikuya y casi todo el lago menor del Titikaka. Ranas, peces y aves flotaban agonizantes sobre el agua turbia y mal oliente. “Esa contaminación fue tan fuerte que se podía agarrar con la mano los peces agonizantes”. La contaminación a la que se refiere Modesto Quispe es la ocasionada por los deshechos líquidos y sólidos provenientes de la planta de tratamiento de Puchukollo de la ciudad de El Alto y que colapsó en aquellos años enviando los fluidos sin tratamiento hacia las comunidades de la Bahía de Cohana, lo que afectó también a las familias de la isla Sikuya.

Este hecho concreto ha marcado de sobremanera a los comunarios, aunque las autoridades originarias afirman que el problema de contaminación les afecta hace veinte años. “Allí donde está humeando, ahí está la comunidad de Cohana en la provincia Los Andes, por ahí viene la contaminación, por ahí pasa un río y todo lo que ingresa por ese río pasa por aquí”. Asegura que, en otros tiempos, llegaba una marea de agua roja que habría matado peces, ranas (q’ayras) en cantidad, además de otros animales del lago.

Según los comunarios, el agua roja trae mucha tierra y parece arrastrar toda la contaminación de las ciudades reunida por las lluvias. Quizás esto también tiene mucho que ver con el desplazamiento de las plantas acuáticas por la purima. Las plantas como el llachu y el chancu, han desaparecido poco a poco durante los últimos años y una de las causas puede ser esta contaminación. La purima es una planta más resistente al agua contaminada y se ha extendido en todos los sectores; ahí sólo vive el mauri que también es más resistente a las aguas turbias, mientras que los otros peces como los karachis han desaparecido.

La pesca ha bajado considerablemente, hoy en día se debe dejar las redes por dos días, a lo mucho; aunque sólo se obtienen pocos peces, no es recomendable esperar más días ya que los peces mueren y dejan de ser aptos para la venta. Otra de las dificultades es la necesidad de combustible, debido a la urgencia de trasladarse mucho más lejos a colocar las redes y volver para sacarlas, la demanda de gasolina y, por lo tanto, su costo, se hace mayor. Si a ello se suma que las redes ahora son más sensibles y se destrozan más rápido, pensar en el futuro se hace urgente.

Al respecto, Modesto Quispe sostiene “Hemos pensado en la posibilidad de hacer resurgir la actividad pesquera, pero el gran problema es que el nivel del agua ya es muy bajo y eso hace difícil. También podríamos criar truchas, eso podría resultar porque hace tiempo hemos experimentado criar en jaulas; estaba yendo bien, pero como decía el mallku (la autoridad), una noche vino el agua contaminada y ha matado a unos diez mil alevinos, de esa manera fracasó ese emprendimiento. Ese proyecto habíamos instalado con recursos del fondo indígena. Ahora que ha bajado el nivel del agua ya no hay condiciones para la crianza de truchas, además de que la temperatura del agua es más elevada, entre otros riesgos”.

Ante el panorama preocupante sobre el futuro de la comunidad, Eusebio Quispe, que ejerce el cargo de Jilir Mallku o máxima autoridad comunal, reflexiona sobre las posibilidades de vivir o no en Sikuya para sus hijos. Si bien “…antes nuestros padres no sabían leer ni escribir. Ahora son otros tiempos, hay más posibilidades. En las comunidades de Taraco los jóvenes tienen auto o moto. Me parece que podrían vivir con la agricultura y ganadería. Por ejemplo, yo podría criar unos 50 porcinos y podría vender un porcino a 300 o 400 bolivianos, eso podría ser si se seca el lago. Mi padre me ha contado que en aquella pampa (que ahora está cubierta de agua) sabe crecer pasto para ganado. Criaban ovejas, también pastaban muchas vacas que traían de otras comunidades”.

Origen, historia y transformaciones en la isla Sikuya

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La isla Sikuya está ubicada cerca de la bahía de Cohana en el municipio de Puerto Pérez de la provincia Los Andes. A pesar de medir sólo 600 metros de largo y 300 metros de ancho, su elevación, en el punto más alto, es de apenas 11 metros sobre el nivel del lago.

El origen de la comunidad originaria isla Sikuya, según antiguos comunarios, se remonta a una familia expulsada de la comunidad de Ch’uxasivi perteneciente a la provincia Los Andes que fue la primera en habitar la isla. En ese entonces, se dice que Sikuya estaba cubierta por una variedad de paja fina y era hábitat de varias especies de aves silvestres que anidaban y se reproducían en el lugar. Con los años, una segunda familia llegó a la isla y con el pasar del tiempo esos primeros habitantes fundaron la comunidad.

Eusebio Quispe, con 70 años de memorias, recuerda que el nombre de la isla se debe a la paja brava denominada Sikuya que crecía y cubría toda la isla. Asimismo, recuerda que las familias de apellidos Tarqui y Quispe predominaban en la época de fundación de la comunidad. Posteriormente, las familias de apellido Cruz y Callisaya ingresaron a la comunidad y se posicionaron en menor número que las fundadoras.

La historia de Sikuya se parece a las constantes subidas y bajadas de agua a las que se expone la isla. Su historia comunal ha estado ligada a varios cambios que han ocurrido en la historia de Bolivia, uno de ellos ligado a la expansión de la hacienda en la región del altiplano norte de La Paz, incluyendo la isla Sikuya como parte de ello. En la memoria de los comunarios más antiguos de Sikuya pervive el recuerdo de cuando los patrones se apropiaron de las tierras de la comunidad y pasaron a ser sirvientes y trabajadores de la hacienda sin ninguna remuneración económica. Aunque este fenómeno se dio de manera paulatina y sin pausa desde fines del siglo XIX hasta la reforma agraria de 1953, los recuerdos sobre esta época siguen vigentes en la memoria de la comunidad.

Con la Reforma Agraria de 1953, las familias de Sikuya recuperaron sus tierras, como ocurrió en otras comunidades del altiplano. Aunque, «los patrones quisieron cobrar una indemnización de las pequeñas parcelas de tierra. Para que eso no suceda, nuestros padres y abuelos han tenido que recurrir al servicio de abogados para hacer prevalecer nuestros derechos», recuerda Luciano Quispe exautoridad de Sikuya. Posteriormente, estas parcelas de tierra fueron inundadas, cuando el lago tomó su lugar nuevamente.

Miguel Tarqui, otra autoridad de la comunidad, recuerda que Sikuya era parte de una hacienda antes de la Reforma Agraria de 1953. Relata que las actuales islas de Pariti y Sikuya tenían un solo patrón llamado Martín Franz. «El patrón andaba en movilidad entre Pariti y Sikuya. En esa época esta parte era seco. Nuestros abuelos han trabajado para él». En esa época las tierras alrededor de la isla Sikuya, eran campos transitables y se conectaban por un camino con la isla Pariti.

Entre los años 2012 – 2015 los comunarios de Sikuya realizaron tareas de revisión de los derechos de propiedad bajo la modalidad de saneamiento interno de tierras. Pese a que los linderos comunales están bajo el agua, revisaron las superficies de tierra que posee cada familia, junto a la colaboración de técnicos. Como resultado se observa que la superficie total actual de la Isla Sikuya alcanza apenas a 19.2 hectáreas. Parte de estas tierras está cubierta de viviendas de las familias, la escuela, el colegio, el cementerio, una cancha de futbol y un pequeño parque infantil; lo que supone la existencia de apenas 12.5 hectáreas de tierras cultivables en el periodo seco. Esta superficie se reduce más aún entre febrero y marzo con la subida del nivel del lago. La familia con mayor superficie tiene 2.2 hectáreas y la que menos posee, tiene 0.02 hectáreas.

Don Eusebio Quispe, el Jilir Mallku de la comunidad, señala que en esta pequeña superficie “vivimos treinta y nueve familias, antes éramos cuarenta, pero muchas han inmigrado porque ya no hay pescado, ya no es posible sembrar y por ello se ha ido a la ciudad y otros a la Argentina”.

Ante el cambio climático, el abandono del Estado

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Según la Ley de Reconducción Comunitaria de la Reforma Agraria del 2006, las tierras fiscales en Bolivia deberán ser dotadas a comunidades indígena campesinas que no tengan o tengan poca tierra. Ese es el caso de la comunidad en la Isla Sikuya; sin embargo, los habitantes de la isla no están informados de la existencia de esta normativa o de la existencia de tierras fiscales.

Modesto Quispe, aunque sin proponerse, hace un análisis exhaustivo y logra reunir a sus compañeros, autoridades y exautoridades para hablar sobre la realidad de su comunidad, a lo que les pregunta «¿Si el Estado nos dijera ustedes no tienen tierra y hay tierra en el oriente, en ese caso qué hacemos?». Luciano Quispe responde “Sí, sería bien podemos ir (en tono de broma dice y en seguida añade) No hay caso de ir. Nosotros estamos acostumbrados aquí desde niños ‘peladitos’ y no podemos ir. Por eso tenemos que pensar nomás siempre en otras alternativas frente a esta situación, pues nosotros vivimos aquí con la pesca y la totora. Los que van a sufrir son los hijos de nuestros hijos”.

La isla Sikuya es una de las muchas islas que sufren problemas socioambientales que ponen en riesgo los medios de vida y la existencia futura de sus comunarios. Los gobiernos locales, en coordinación con los gobiernos departamental y nacional, aún no han trabajado políticas públicas de soberanía, seguridad alimentaria y derechos humanos. Aunque la problemática de los cambios y la variabilidad climática no son temas cotidianos, basta observar que la isla está bajo los efectos del cambio climático que, a través de los regímenes hidrometeorológicos, inciden en las bajas o incremento de las precipitaciones en la cuenca endorreica del Titikaka.

¿Cuáles son las probabilidades de quedarse en Sikuya?

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Eusebio, indica que “con el esfuerzo de nuestros habitantes de Sikuya, muchas cosas han cambiado. Por ejemplo, muchas familias que vivían sólo con mechero y apenas usaban paneles solares, ahora ya cuentan con energía eléctrica. Ya son diez años que, con el esfuerzo de la comunidad, se ha instalado el cable marino desde la isla Pariti. Así también, las casas que antes eran de piedra y con techo de totora, pasaron a ser de adobe y ahora se ha introducido el ladrillo”.

Las perspectivas de quedarse en la isla se debaten entre la posibilidad de que el lago se seque y la probabilidad de establecer una fuente de sustento mediante la ganadería. Existen experiencias anteriores que revelan otro tipo de dificultades “El lago no ha de secarse rápido ni del todo. Nuestros abuelos nos cuentan que durante cinco o más años han sufrido con el barrial, antes que se seque del todo y que han tenido que andar con tablas en los pies para atravesar el lodo”.

Eusebio recalca “somos invisibles para el Estado, nos sentimos infravalorados y abandonados, la ayuda del Estado, no siempre llega como debería. Todo lo que hemos conseguido es más de algunas ONGs, como Caritas, que nos ha apoyado con la construcción de la escuela, sistema de agua potable y baños ecológicos”.

La jornada de trabajo está por concluir en Sikuya, Modesto Quispe y sus compañeros vuelven a surcar las aguas del lago; su recorrido, esta vez, lleva compras, alimentos y encomiendas para las familias que el bus de El Alto transporta hasta las orillas del lago.

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[1] Equipo de colaboración: Stephany Velasco y Raúl Fernandez

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