El criminólogo italiano Lombroso artículo toda una teoría para demostrar que los delincuentes nacen. Se puede decir lo mismo, sin caer en el determinismo, de los líderes. Por eso suena a cuento esos cursos sobre oratoria y liderazgo, que en otras palabras viene a ser como una fábrica falsa de preclaros conductores de los destinos de la humanidad.
En la otra acera está la teoría de que los delincuentes, los políticos y los líderes se hacen. No son hijos del destino, sino de las circunstancias. Es probable que sea así. Pero hay un grupo de sujetos que nacen y se hacen o se rehacen y renacen. Estoy hablando de aquellos y aquellas que viven bajo la sombra del poder como garrapatas en un perro.
Su función consiste en sostener la existencia del poderoso. En este grupo está Arturo (no importa el apellido), a quien conocí cuando era del MNR, luego paso a ADN, MIR, Condepa, UCS, la última vez que lo vi se identificó como militante del cambio y masista, no solo eso, se declaró “evista”. Trabaja en una repartición del Estado.
Estos seres dan pena porque son el resultado de sus condiciones materiales en un primer momento, luego, de su miseria intelectual. O al revés, son producto de su miseria intelectual, primero; y luego esclavos de sus condiciones materiales. En esta última categoría están ministros, viceministros, directores, quienes sin haberse propuesto entender y después transformar el mundo han tenido que transformarse para acurrucarse en un rinconcito del poder.
Para ellas y ellas la política es un viaje de la nada al todo, su moral camina sobre el fin justifica los medios y su estrategia es el poder como objetivo final y no como medio de transformación. Su única virtud es ser el epígono del líder circunstancial y no se definen por lo que son y hacen sino por lo que no son y no hacen. Sin más vueltas, en quechua los llaman “llunkus” (salameros).
De estos hay decenas en el gobierno actual, desde aquellos que han sido acunados por sus padres en las esquinas del poder, hasta los que han irrumpido camuflando su pensamiento alquilado. Estos seres le sirven al poderoso de turno, pero no le sirven al proceso de cambio, menos al país. Son soldados del cambio y lo que requiere el proceso son guerreros, en palabras de Nietzsche; revolucionarios, en la nomenclatura marxista.
Esos seres constituyen al menos el 70 por ciento del gobierno del MAS y entienden la política no como una método para resolver los problemas públicos, sino como un modo de vida para acumular pequeñas glorias y solucionar temas particulares.
Son el problema, no la solución. Son parte de la burocracia estatal que retrasa la ejecución presupuestaria, que hasta la fecha no ha logrado rebasar las expectativas de la población. Son los que un día defienden los derechos humanos y al día siguiente los violan con palabras sin correlato en la realidad (¿masistas queriendo derrocar a su líder espiritual? Por favor). Son suchas que sobrevuelan sobre los muertos causados por las balas de la impunidad.
Son fáciles de detectar (le invito a hacer un ensayo), temen a la fuente de su propio poder: al pueblo, al que miran sólo de reojo y nunca de frente; son apóstoles del vivir bien de la política y no de la política del vivir bien porque nunca han entendido esta filosofía de vida, ni les interesa hacerlo; son fundamentalistas porque no aceptan la crítica como condición básica de la democracia, menos como elemento esencial del crecimiento personal y energía intelectual imprescindible para transformar el mundo.
Son las garrapatas del poder.
Las garrapatas del poder
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