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Juventud y empleo. Una reflexión urgente

Sergio Mauricio Rojas Ruiz*

Muchos jóvenes en el
país tienen entre sus aspiraciones y sueños, tener un empleo, viajar y conocer
el mundo, obtener una beca de estudios o quizás emprender un negocio propio,
por señalar algunas visiones futuras de un proyecto de vida. Bolivia, durante
los últimos 10 años, se halló dentro de una burbuja económica que la hizo ver,
ante los ojos del mundo, como una economía más sólida y con perspectivas de
crecimiento, pretendiendo mostrar una mejor imagen de la situación cotidiana de
sus habitantes, sus trabajadores, de la sociedad en su conjunto.
Desde un ejercicio
reflexivo en lo que hace al mundo del empleo, lo que se pretende es tener una
mirada cercana de la verdadera realidad por la que atraviesan los bolivianos,
particularmente los jóvenes, de un recurso que se sobreexplota sin medir sus
consecuencias. Es un hecho casi seguro de que las oportunidades de conseguir un
trabajo digno en el país son escasas y distan mucho de aquella falsa imagen que
venden el Estado y sus principales autoridades.
Hoy en día, los
jóvenes bolivianos, cuya fuerza de trabajo y energía son aprovechadas y
explotadas por el Estado y sus instituciones, grandes empresarios y empleadores
del sector privado, etc., carecen de medios que los protejan, sobre todo si se trata
de sus derechos laborales. Muchas son las figuras “legales” o no, utilizados
por quienes emplean fuerza de trabajo joven, independientemente de si pertenecen
al sector público o privado e incluso familiar, para incumplir con derechos
laborales fundamentales. Las consultorías en línea y por producto, son claros
ejemplos de lo fácil (léase con crudeza) que había resultado vulnerar derechos
en Bolivia, al emplear artimañas tan sencillas, pero astutamente ideadas, para
“hacerse de la vista gorda”, cuando se habla de beneficios sociales, sin ir más
lejos.
Asimismo, establecer
un contrato por 89 días (en vez de uno de 90), para no pagar las
correspondientes duodécimas de aguinaldo que corresponden a cualquier
trabajador que tiene un contrato igual o mayor a tres meses; es decir,
¿realmente el Estado no tiene recursos como para negar por un día, un derecho
tan básico? Mientras tanto, no hace falta rebuscar la infinidad de obras con
poco criterio objetivo ejecutadas por el Estado y despilfarros de recursos en
publicidad y campañas mediáticas millonarias. Estas acciones revisten mayor
gravedad por la sobreexplotación de jóvenes trabajadores por el pago de míseros
salarios y porque no gozan de derecho alguno.
También están otras
vulneraciones extralegales como tener que
pagar
cierto monto de dinero para acceder a un supuesto seguro de salud temporal,
cuando es la institución contratante la que debe ejercer esa responsabilidad,
sin tener ninguna consideración en caso de que alguno de los jóvenes
trabajadores sufra un accidente durante el ejercicio de sus actividades
laborales; o exigir tediosos y hasta incoherentes informes por pérdida o daño
de material de trabajo (unas famosas Tablet de una empresa estatal que no suena ni truena), cuando
incomprensiblemente no se entiende por qué tanto la institución contratante
como la que provee el material de trabajo se
hacen de la vista gorda
, ante los serios riesgos de sufrir un robo, un
accidente u otro imprevisto, sabiendo que sus trabajadores carecían de un
seguro de salud que los proteja.
La consultoría por
producto no es otra cosa que ampliar la potestad del contratante para sofocar y
exigir en demasía al trabajador, en cuanto a la entrega de un determinado
producto. Prácticamente, bajo esta figura contractual atípica, se antepone el
“bendito” producto por encima del cumplimiento del pago del salario o una parte
de él. Así, un trabajador puede estar dos o tres meses sin recibir su sueldo,
sin ninguna instancia o autoridad que pueda velar por sus intereses. No hay a
quién quejarse ¿no?
Se habla del
empoderamiento de los jóvenes, pero, sin un sindicato o algún otro instrumento
de lucha, difícilmente se puede hacer frente a quienes vulneran derechos, más
aún cuando al actual mercado de trabajo flexibilizado le conviene
individualizar los intereses de sus trabajadores, para evitar la formación de
una colectividad más activa que reaccione ante el incumplimiento de normas y
leyes laborales que parecerían estar hechas (una vez más) para el mero
discurso.
No es difícil darse
cuenta que sobre la juventud recaen una serie de problemas que lo único que
están logrando es sumir en la frustración y la miseria a muchos jóvenes. Ya la
niñez y la adolescencia están seriamente afectadas, dado que muchos niños y
adolescentes carecen de derechos cuando se ven obligados a trabajar para ayudar
a sus familias o auto sustentarse si viven en el abandono. ¿Qué acaso no
deberían estar jugando y/o estudiando? Con toda esa carga y desgaste físico – emocional,
la juventud se ha convertido en una extensión de esa vida ya por demás difícil,
que no se queda ahí pues ya en la vida adulta, los problemas que se enfrentan
también tienen su particular grado de dificultad, y quiérase o no, a veces se
complican mucho más.
El adulto-centrismo
ha cargado en la juventud, la exigencia de que es la etapa en la que se gana
experiencia. Ojalá esa experiencia fuera en videojuegos, deportes, viajes, música,
arte y cultura -la vida misma en sí –, o simplemente cosas que a uno le gusten
hacer, sin estar pensando en si con eso
vas a comer
o si de eso vas a vivir.
Para colmo, jóvenes profesionales, con maestrías en el extranjero, viven la frustración
de ocuparse en trabajos mal pagados, sin derechos o que finalmente no
corresponden a la formación y vocación de uno, y porque a veces sin darse cuenta,
se deja de vivir y disfrutar para convertirse en adulto. No es trabajar por
trabajar pues chango, pero, ¿de algo hay
que vivir no?
De hecho, si
retornan al país, las perspectivas de trabajo no son las mejores. Y si optan
por no regresar, el país pierde un importante recurso humano calificado con el
potencial necesario para transformar nuestra realidad. Es una tremenda
barbaridad para un país atrasado como el nuestro, darse el lujo de perder algo
tan valioso. No es que la etapa de madurez interrumpa su curso natural, es
inevitable. Sólo pienso que, si nos vamos a poner a trabajar, seamos
conscientes de que son nuestros sueños los que están en juego. Y que por tal
motivo (que es más que suficiente), pensemos en transformar esa realidad cuando
nos toque conseguir pega. A
atrevernos a denunciar aquello que no está bien, sin miedo a represalias o a perder
el puesto de trabajo.
Hay que dejar de ser
uno más, un recurso desechable, aquel
a quien se le exige más experiencia que la que es posible adquirir en pocos
años, cuando ni tiempo de vivir los propios sueños se tiene, más si no se brindan
las oportunidades reales de aprender para luego plasmar esas ideas en
proyectos, planes, objetivos y metas. Si hay que hacer auto reflexión, es
justamente para ponernos a pensar: para qué nos estamos formando? Así de una
vez romper con esa ridícula idea de que ser
joven
es igual a no tener experiencia.
Y que, por tanto, quien vaya a contratar a un joven, ya no crea que puede
ofrecer lo que sea porque es lo que hay,
lo tomas o lo dejas o, que es para nuestra edad.
Los contratos
verbales, una orden de servicio (es la primera vez que escucho algo así en mi experiencia
laboral) que ni siquiera tienen las mínimas directrices de: cuánto hay que
trabajar y por cuántas horas, corriendo el riesgo de verse obligado a trabajar
más de lo acordado; son también otras formas de contrato que vulneran derechos,
así como las pasantías o voluntariados que se han convertido lastimosamente en
formas de trabajo gratuito a través de las cuales los jóvenes pretenden ganar experiencia, aunque más bien son las
instituciones y los empleadores que en realidad ganan al no pagar un salario, sin
otorgar un merecido valor a quienes finalmente sacrifican su tiempo e incluso
sus propios recursos.
A lo largo de este artículo
surgen interrogantes que se responden casi por sí solas pero que, en el balance
final, las respuestas y soluciones a estos problemas son más difíciles de
tratar. El Estado como casi siempre, brilla por su ausencia y conmina a los
jóvenes a afrontar su destino en seria desventaja. Moral nomás ¿no? Y esto solamente es una pequeña muestra de aquello
que genera preocupación a diario y ronda por la cabeza de muchos jóvenes
bolivianos… Así de mal estamos.

*Sergio Mauricio Rojas Ruiz es sociólogo especialista en temas de trabajo, migración y cultura.

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