Cómo el gobierno perdió a la gente en tres actos

101 views
2 mins read

Andrés Gómez Vela

Descalificar una medida de presión por “política” no solo es un error, es negar la política como herramienta para resolver conflictos. La política existe precisamente para eso: acercar diferencias y construir bien común. Hace 2.500 años, Aristóteles lo explicó con claridad cuando dijo que somos animales políticos porque elegimos vivir en comunidad para realizarnos.

Esa vida en comunidad descansa sobre algo básico: confianza y cooperación. Cuando alguien rompe esas reglas —cuando traiciona la confianza o abusa de ella— aparecen los conflictos.

Eso es exactamente lo que ha ocurrido. El gobierno quebró esas reglas con tres hechos concretos. Veamos.

1) Del voto a la sensación de traición

Ganaron con el voto de los sectores populares. Incluso con votos masistas que no los veían como la mejor opción, pero sí como el mal menor frente a Jorge Quiroga. Seis meses después, ese mismo electorado siente que fue excluido. Esperaban ser parte del poder, pero perciben lo contrario. Dos ideas resumen ese malestar:

– Que Rodrigo Paz entregó el poder al agronegocio (la Ley 157 es vista como prueba).
– Que anuló a Edman Lara, el rostro en el que muchos confiaron.

El resultado es político y emocional. Ya no se sienten representados. Pues cuando la representación se rompe, la legitimidad empieza a erosionarse.

2) Pagar más por algo peor

El gobierno duplicó el precio de la gasolina. Eso ya era un golpe. Pero lo que encendió la indignación fue la percepción de que esa gasolina es de mala calidad.

En cualquier mercado, mayor precio suele asociarse con mejor producto. Aquí ocurrió lo contrario: más caro y peor. La conclusión ciudadana es directa y demoledora: “Pagamos más y además dañan nuestros vehículos”.

Eso no es solo malestar económico. Es una sensación de abuso. Hay algo que la política debería saber: la gente puede olvidar un favor, pero rara vez olvida un daño.

3) Corrupción y contradicciones en tiempo récord

Había una expectativa clara, que este gobierno sería distinto en transparencia respecto a las gestiones de Luis Arce y Evo Morales. Esa expectativa se quebró rápido.

Dos casos lo evidencian:

– Las maletas con 100 millones de narcodólares. Un policía sugirió que el gobierno conocía el caso. Si sabía, ¿por qué no actuó? Si no sabía, ¿por qué no informa con claridad hasta hoy?
– La caja fuerte de Marset. El ministro de Gobierno, Marco Antonio Oviedo, dio dos versiones: primero vacía, luego con dinero y objetos de valor. Las contradicciones no aclaran, generan sospecha.

A esto se suma el episodio del avión Hércules en El Alto. Versiones cambiantes sobre el dinero (primero sin valor, luego invalidado al retirar billetes de circulación) dejaron una duda inevitable: si no valía nada, ¿por qué anularlo?

En política, la comunicación no es solo información, es percepción. Aquí la percepción se consolidó en una frase peligrosa: “Se están robando la plata, y en tan poco tiempo”.

Confianza hecha trizas

Los tres hechos tienen un hilo común que se traduce en la ruptura de la confianza. Sin confianza, la política deja de ser solución y se convierte en problema.

Sí, los conflictos actuales son políticos. Pero en lugar de encauzarlos como tal, el gobierno y sus adversarios los están degradando a una lucha por el control del poder.
Ahí pierde la sociedad. Pierde más aún en un contexto de crisis económica, donde la gente espera soluciones y recibe disputas. Donde necesita certezas y encuentra contradicciones.

Cuando la ciudadanía percibe que sus líderes están más ocupados en resolver sus propios problemas que los del país, el enojo deja de ser coyuntural. Se vuelve estructural.

Entonces, ya no es solo un conflicto político. Es una crisis de confianza.

Facebook Comments

Latest from Blog