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Una agroindustria de laboratorio

Por: Max Baldivieso

En Bolivia se vive un fenómeno que comenzó en 1990, el modelo agroindustrial, basado en la exportación de materias primas, este sistema agrario impulsado fundamentalmente por la biotecnología y está modernización lleva a mayores rendimientos, en el caso boliviano la soya se fue posesionando como pilar principal de la agroindustrial.

Desde los años 90, el modelo agroindustrial basado en la exportación de commodities agrarios, es decir, materias primas para la exportación, comenzó a afianzarse cada vez más en el país. El sector que privilegia este modelo agrícola, promociona e impulsa la modernización de la agricultura, fundamentalmente por medio del uso de biotecnología, que lleva según el discurso a mayores rendimientos y productividad.

La modernización agrícola supuso, asimismo, una nueva dependencia de los paquetes tecnológicos propios de este modelo agroindustrial, tales como las semillas certificadas y patentadas. Al ser Bolivia un importador neto de estos insumos, se crearon nuevas dinámicas económicas en base a su comercialización.

Así, desde que se autorizó la producción con soya RR, las importaciones de semillas certificadas de soya para la siembra que se incrementaron velozmente, pasando de 930.500 de superficie sembrada con un rendimiento de 1,73 toneladas, a una producción de 1.613.750 toneladas del 2005 al 2020 con una superficie sembrada de a 1.340.500, una producción por hectárea de 1,94 toneladas y llegando a producir un total de 2.589.540 toneladas. A partir de entonces hubo variaciones importantes en los volúmenes y valores de importación; en el 2014 un año muy importante para el monocultivo donde se llegó a 3.054.260 toneladas  y un rendimiento de 2,49 toneladas por hectárea con una superficie sembrada de 1.229.000.

El 2021 solo en la campaña de verano la productividad de soya llegó a 2.500.00 toneladas, con un rendimiento por hectárea de 2,23, existe un crecimiento de un 25% en el rendimiento y esto se debe no por las semillas modificadas sino a las condiciones climáticas favorables.

Ahora con el precio en 643 dólares la tonelada en la bolsa de Chicago, que explica porque están creciendo las exportaciones con relación al 2019, pero seguimos con el mismo rendimiento por hectárea, pese a que el discurso de la modernización agrícola y los paquetes de agroquímicos nos deberían ayudar a crecer en rendimiento.

Al igual que con las semillas certificadas de soya y la creciente dependencia de agroquímicos, este modelo agrario generó un nuevo y creciente mercado. Según el Instituto Boliviano de Comercio Exterior (IBCE), en 2006 se importaron 39.159 toneladas de fertilizantes por un valor 14 millones de dólares americanos, y para 2019 se importaron al país 79.732 toneladas de fertilizantes, por un valor FOB de 44.8 millones de dólares americanos (IBCE, 2017; INE, 2019).

De igual manera, las importaciones de plaguicidas tuvieron un aumento significativo, pasando de 11.365 toneladas en 2001 a 63.003 toneladas en 2017. Sólo durante los años 2007 y 2014 la importación de plaguicidas sumó 1.237 millones de dólares americanos (IBCE, 2015); siendo el pico más alto 2014 cuando las importaciones alcanzaron los 242 millones de dólares americanos (IBCE, 2017). Posteriormente hubo un leve estancamiento hasta 2017, cuando las importaciones volvieron a incrementarse alcanzando un valor de 241 millones de dólares americanos el 2019 (INE, 2019).

El otro elemento central del discurso que promueve este modelo agroexportador es que la biotecnología es esencial para aumentar los rendimientos y la productividad de los cultivos. Más allá del discurso, los datos estadísticos muestran que en realidad existen serias dudas sobre la viabilidad productiva del modelo. Solo crece la cantidad de superficie sembrada y la exportación de insumos y semillas y no llegamos a rendir como otros países; este 2021 la superficie sembrada creció de 1.340.500 el 2020 a 2.500.000 hectáreas según los datos de la Asociación de Productores de Oleaginosas y Trigo (ANAPO).

En contraste, se estima que la agricultura familiar campesina-indígena en el país llega a producir hasta el 96% de los 39 productos que conforman la canasta básica de alimentos. Un reporte reciente señala que el 65% de los alimentos que se consumen en el país son producidos por la agricultura familiar. Mientras que apenas un 3% de los alimentos son producidos por la agricultura no familiar, y el restante 32% es importado.

En suma, estos datos develan que, a diferencia de lo que predica el sector agroindustrial, la gran mayoría de los alimentos destinados a la canasta básica de los bolivianos proviene de la agricultura familiar campesina-indígena, mientras que la producción de la agroindustria se centra en la exportación de materias primas agrarias y en la producción de alimentos procesados, por consecuencia hay que pensar dos veces en implementar nuevos eventos de semillas transgénicas si no se tiene las condiciones técnicas para su utilización y el Estado tiene que controlar de manera más rigurosa el uso de estas sin que estén certificadas en nuestro país.

Max Baldivieso es periodista

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