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En La Paz las noches duran todo el día

Por: Adalid Contreras Baspineiro

No lo pensé dos veces. Aunque el propósito de la invitación consistía en observar si se ha institucionalizado una cultura de corresponsabilidad para la mitigación de la pandemia, asumí que era mi gran oportunidad para conocer los laberintos de las noches paceñas, tan valoradas en las perturbadoras letras bohemias de Jaime Sáenz, así como en las páginas testimoniales del submundo relatado por Víctor Hugo Viscarra, y en la aseveración con metafísica popular de mi amigo Papirri, de que en La Paz las noches duran todo el día.

El periplo comenzó en la tensión irreconciliable entre los paisajes contemplados por mis ojos en el recorrido por calles y avenidas de subida, siempre de subida hasta el centro de la ciudad, y mis imaginarios enredados sobre los hábitats de la hoyada iluminada como un panal incandescente. Esta mágica ciudad-collage, como saco de aparapita, está construida con múltiples retazos, formas y colores. Definitivamente, es una urbe remendada con enlaces interculturales en bordes desbordados por los límites imperceptibles e interpenetrados entre La Paz y Chuquiago Marka. Indescriptible ciudad-ch´enko, bellamente estampada en el fondo plateado del coloso Illimani que, del mismo modo que la ciudad, se acaricia con el cielo en complicidades que tienen y no tienen límites.

Recorrimos las calles empinadas desde el Obelisco hasta Churubamba y de allí hasta la Pucarani trepando la avenida América. Luego hasta la ex estación, donde llegué sin aliento, para recuperarlo en la incursión medio inclinada al Nudo Vita. Felizmente, en esta hermosa ciudad las calles suben y bajan. Nos tocó descender casi rodando la Manko Kapac hasta la plaza Eguino que se bifurca en la Tumusla, la Illampu, la Melchor Jiménez y la Murillo que nos tocó bajar y subir, subir y bajar.

Era casi la medianoche de un incorruptible viernes de soltero que para nuestras mentes tradicionales parecía de día por la cantidad de gente abarrotando las calles, los locales comerciales iluminados con focos multicolores titilando como luciérnagas danzarinas, las caseritas con sus múltiples chucherías tendidas en el suelo que elimina las veredas, los bocinazos de los minibuses disputándose pasajeros en tres filas interminables angostando las calles, un borrachito mentándole la madre a la pandemia, locales-transformers que en el día son restaurantes y en las noches ofician de karaokes, los carritos de “jadogs” vecinos de los anticuchos con sus agachaditos en cada esquina, y los sabores de los silpanchos inundando el ambiente de unas calles cuya oscuridad no logran borrar los tímidos estertores del alumbrado público.

En estas calles otra vida, otra, empieza con la caída del sol hasta que los primeros rayos del día siguiente le disputan espacios al frío que cala los huesos y pellizca las mejillas. El día da paso a otra vida, la oficial, en un mismo territorio que no acaba de desperezarse para decirnos que la vida paceña de la noche y del día son partes de una misma unidad económica y social capaz de comprenderse solamente en los cánones de una ciudad-cosmokollita como Chuquiago Marka.

La economía informal reina en estas calles que se desordenan con el comercio multisigno, contribuyente de ese 80% de familias bolivianas que (sobre)viven en lo que Tokman denomina las “áreas grises”, marginales y hasta a veces clandestinas de la economía e incluso de las legislaciones que no alcanzan a explicar la precariedad que lleva la vida a las calles, donde las ciudadanías desplazadas labran sus futuros día a día, o noche a noche. Los espacios públicos de la ciudad son como los espejos en los que ella misma se mira en sus desarrollos o sus subdesarrollos que se combinan caóticamente, sin estéticas definidas, o como en La Paz, con estéticas desprendidas del comercio siguiendo dos lógicas: la formal/informal del día y la informal/informal de la noche.

Así los apropian y naturalizan sus habitantes, que son residentes y son transeúntes nómadas, dueños de las calles descontroladas y de la noche que les pertenece, al mismo tiempo que se asumen como invasores de las calles desbordadas y del día que los excluye. La vida de la ciudad pareciera consistir en los recorridos acrobáticos entre estos dos mundos que se habitan viviendo la noche y desestructurando el día para autogenerar vida más allá de las comprensiones clásicas de la economía, de la sociología y de la antropología, que necesitan ser reconceptualizadas desde la naturaleza del Khatu nocturno, donde como dice Simón Yampara, late el ajayu de la ciudad que amortigua socialmente la pobreza.

Hice el recorrido de la ciudad de la noche acompañando al “Grupo Hampaturi”, un equipo de mujeres y hombres amantes de la ciudad, de día y de noche, y que se encargan de contribuir a contener los embates inclementes de la pandemia, esta vez en la ciudad de la noche que supo adelantar su descanso para posibilitar que la vida siga fluyendo en la hoyada. Pero para que esto ocurra, son imprescindibles reciprocidades con las que la ciudad del día retribuya cumpliendo estrictamente las normas de bioseguridad que aseguren que La Paz, del mismo modo que Chuquiago Marka, trabaja corresponsablemente por la vida.

Al retornar a casa, con Chukiago Marka de los Kjarkas como música de fondo alimentando nuestras nostalgias y enraizamientos, por la ventana entreabierta del motorizado me dediqué a observar, y a ratos imaginar, las puntas de los finales del paisaje urbano en su combinación con ese cielo opaco que en el día destella en un azul inconfundiblemente andino. Unas veces los techos de las viviendas, otras los escalonados pisos de los edificios, otras también las copas de los árboles deshojados, o los postes inclinados y los enjambres de cables enmarañados, me mostraban a retazos los abrazos fugaces entre la ciudad y su cielo, definiendo que esta es una ciudad de resistencia y de incursión esperanzadora en el futuro, de noche y de día.

Adalid Contreras es sociólogo y comunicólogo boliviano

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