Balance e inventario

57 views
8 mins read

La columna rota

Por: Ana Rosa López Villegas*

Se terminan, los despedimos. En pocas horas se van otros 365 días atiborrados de incertidumbre para la mayoría de la gente. Ha sido otro año surreal por decir lo menos. Impensable. Absurdo. Inconcebible. El orden del día lo ha establecido la pandemia, como sello común en todo el planeta. El coronavirus ha comandado las acciones y ha sido el responsable de desbaratar planes mucho antes de que estos pudieran ver cualquier tipo de luz. Sin embargo el tufo de fin de año nos envuelve con sus ínfulas de hacer balance e inventario. Nos susurra que miremos hacia atrás, en retrospectiva, para sopesar todo lo que fue bueno y lo que fue malo. Nos deja la tentación palpitante de hacer un inventario de lo que ha quedado en nuestros estantes a estas alturas del año. Un catálogo de todo lo que hemos tenido que cambiar, reponer, reinventar y desechar, tanto en lo material como en lo espiritual. Como un anciano que ya lo ha vivido todo, el 2021 nos mira así, con la profundidad de un sabio al que el tiempo ha arrastrado a la vejez sin compasión, pero también con la candidez de un niño que apenas creció y que ahora tiene que marcharse, todavía lleno de asombro y curiosidad, con los ojos abiertos y las ganas de continuar.

Las campañas de vacunación, las vacunas, los vacunados, los tests, los barbijos, los movimientos antivacuna, las restricciones y los números han sido el denominador común de estos doce meses y en todas las latitudes. No importa cuán alejados hayamos querido mantenernos de las noticias y de la vorágine vertiginosa de su carga, o por más cuarentena voluntaria que hayamos querido ejercer, las nuevas reglas, las nuevas formas de convivir y de ser sociedad se han parado firmes en todas las puertas y ventanas, se han colado por las redes sociales, por el WhatsApp o a través de las conversaciones de gente desconocida que a veces escuchamos en las calles y sin querer. Quizás ya no en las cafeterías, sino en la cola de las farmacias. Quizás ya no en las butacas de los cines, sino en las salas de espera de los hospitales.

Las oportunidades que unos vieron aparecer el 2020 en un mundo virtual que parecía lejano se convirtieron en una realidad tangible el 2021. El aprendizaje virtual, la enseñanza a distancia, los negocios online y muchas de nuestras actividades cotidianas se han reducido al tamaño de las pantallas de nuestro teléfono celular. La intensidad virtual ha superado toda expectativa. Hemos buscado contacto con seres queridos, con amigos que hace tiempo no veíamos, con personas que pensábamos estarían de paso en nuestras vidas y nos hemos convertido en miembros de comunidades a las que nunca soñamos siquiera pertenecer, pero que han sido en muchos casos el pilar que ha contenido soledades, abandonos, arrebatos y frustraciones.

Para muchos otros la pandemia significó perder un puesto de trabajo o el derrumbe de emprendimientos offline que en condiciones normales habrían funcionado. Muchas valijas se quedaron hechas, muchos pasaportes sin sellar, muchos caminos sin caminar. Tampoco hemos dejado de despedir a seres queridos, amigos y conocidos este año. Quizás ya no preguntamos si se los llevó el virus, pero lo intuimos, lo tememos y lo lamentamos. Los contagios siguen ahí, pululando detrás de nuestras puertas, se mueven como fantasmas sin rostro, pero con una identidad muy clara. Los que vencieron al virus pueden contar el milagro, su testimonio de fe y supervivencia y pese a ello todavía hay quienes se niegan, no a cuidarse a sí mismos, sino a respetar la vida de los demás sin usar barbijo ni mantener la debida distancia.

Los festejos han seguido, igual que las reuniones, las fiestas y los encuentros, sin abrazos ni apretones de mano. Así se han arrancado gajos de normalidad a un presente que se vive en clave de hoy, sin hurgar mucho en el futuro ni en lo que vendrá. Es fácil juzgar, es fácil no entender, es fácil criticar, es fácil no empatizar, no importa el lado en el que uno se encuentre o sea identificado. Ah, es fácil etiquetar.

En todos los casos, cada quien ha buscado rascar pedacitos de esperanza, ya sea aprendiendo nuevas competencias, descubriendo ilusiones o compartiendo el tiempo con quienes lo necesitaban. Una sonrisa escondida bajo el barbijo no deja de ser sonrisa y llega como tiene que llegar, a veces de forma inesperada o como un bálsamo de humanidad.

En esta especie de balance e inventario, no puedo dejar de mencionar el cúmulo de sentimientos que mi hermosa Bolivia entreteje en mi corazón. A lo largo de este año se han acumulado la impotencia y la bronca, el desasosiego y la indignación porque todavía la veo y la siento acorralada, enajenada por un régimen inmisericorde e ignorante, extraviado en la dimensión paralela de la revancha, la venganza y la persecución. En el doloroso inventario de lo que este gobierno ha dejado en este 2021 ocupa el primer lugar una educación absolutamente abandonada, a la deriva, sin timón ni capitán. Millones de niños y jóvenes que han dado un salto tecnológico al vacío porque la planificación y los recursos solo llenan el papel del discurso. La salud ha ido por el mismo rumbo. ¿Qué decir de la justicia y la democracia? ¿Qué decir de los derechos de los ciudadanos, de los debidos procesos y el cumplimiento de las leyes y de los derechos humanos? Pero en el balance pesa más la esperanza de mejores días, de un 2022 en el que no callen las voces que se elevaron para denunciar la violencia política que se vive, en el que no se cierren los ojos que ya vieron la verdad, en el que sigamos exigiendo justicia, en el que sigamos reclamando libertad y sigamos añorando una democracia de verdad.

*Ana Rosa López Villegas es comunicadora social

Twitter: @mivozmipalabra

Instagram: @misletrasmislibros

Facebook Comments

Latest from Blog