El miedo al retorno del MAS

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Andrés Gómez Vela

En 1995, Gallup concluyó que el sentimiento más común del ser humano no era el amor ni la esperanza, sino el miedo. Después llegaron clasificaciones más sofisticadas: miedo al futuro, miedo al cambio, miedo a quedar obsoleto, miedo a la soledad. Bolivia añadió uno propio a la lista universal: el miedo al retorno del MAS.

Ese miedo no habita en toda la sociedad, pero sí en una franja decisiva. Basta pronunciar “Evo vuelve” para que a algunos se les active una alarma biológica, como si en vez de una candidatura lejana vieran acercarse un depredador. No reaccionan ante una idea: reaccionan ante un recuerdo.

El miedo, en sí mismo, no es enemigo. Gracias a él la especie humana huyó del abismo, encendió fuego y cerró puertas a tiempo. El problema comienza cuando deja de ser defensa y se convierte en brújula. Entonces ya no protege: extravía.

Eso ocurre hoy con una parte del antimasismo. El temor al regreso del viejo poder nubla la razón y produce una extraña patología política: se condena con furia al adversario, pero se absuelve con ternura al aliado. Se denuncia al lobo ajeno mientras se acaricia al lobo propio.

Cierto. El masismo dejó heridas reales. Polarizó hasta romper vínculos familiares, convirtió al Estado en botín y empujó al país hacia una crisis cuyos costos estamos comenzando a pagar. No se trata de inventar fantasmas. El problema es permitir que esos fantasmas gobiernen nuestras decisiones presentes.

Ni usted ni yo queremos volver a ese pasado. Muchos lo enfrentamos desde el periodismo, la academia, la calle o la ciudadanía común, mientras otros callaban, negociaban o disfrutaban de las mieles oficiales. Esa memoria también importa.

La pregunta seria no es si queremos que no vuelva. La pregunta seria es cómo evitar que vuelva. Y la respuesta exige dos condiciones simples y durísimas: un gobierno genuinamente distinto al MAS y una ciudadanía con pensamiento crítico.

¿Tenemos un gobierno distinto?

Empecemos por lo incómodo. Cambiar de rostro no siempre significa cambiar de sistema. A veces solo se maquilla el mismo libreto.

Algunas declaraciones gubernamentales suenan a reciclaje populista. El famoso “50/50” muta según la ocasión: hoy economía, mañana educación, pasado mañana lo que convenga. Una consigna que sirve para todo suele no servir para nada. Cuando una idea cabe en cualquier discurso, normalmente no cabe en ninguna política pública.

La transparencia tampoco convence. Hace semanas se arrastra el episodio de las 32 maletas llegadas desde Estados Unidos con cien millones de dólares. El gobierno oscila entre versiones, sospechas y vacíos. Dice no saber si había dinero o droga; tampoco dónde terminó aquello. Cuando un Estado no sabe demasiado sobre algo tan grande, la ciudadanía empieza a saber demasiado sobre cómo funciona el poder.

¿Y quién manda realmente? En tiempos del MAS era evidente el peso corporativo de ciertos sectores. Hoy comienzan a aparecer las evidencias sobre el grupo fáctico que tomó el poder. La aprobación exprés de normas como la Ley 157 dejó la impresión de que algunos grupos conservan la vieja habilidad de legislar más rápido que la democracia. Cuando una ley corre tanto, conviene revisar quién la empuja y con qué objetivo. La Fundación Tierra divisó intereses de terratenientes detrás de la ley maquillada como pro-campesinos pobres.

¿Se gobierna para la gente? El caso de la “gasolina basura” fue una radiografía brutal. Miles de ciudadanos dañaron sus vehículos mientras las explicaciones oficiales desfilaron entre teorías conspirativas, excusas técnicas y negaciones tardías. Cuando el ciudadano paga las consecuencias, el olor a corrupción es insoportable.

¿Cambió el modelo económico? No. ¿Hay señales claras de corrección? Tampoco. Seguimos mirando el horizonte esperando reformas como quien espera lluvia en sequía: con fe, pero sin nubes.

Es cierto: todavía hay tiempo para evaluar con justicia. Todo gobierno merece margen inicial. Pero el crédito político no es infinito. También vence.

Mientras tanto, la opinión pública vuelve a intoxicarse. Seguidores oficialistas descalifican a quien critica, insultan al que pregunta y justifican cualquier error con una frase mágica: “peor sería que vuelva el MAS”.

Esa frase es dinamita discursiva porque convierte la mediocridad en virtud comparativa. Ya no se exige excelencia; basta con no ser el anterior. Así mueren las repúblicas: no de golpe, sino por rebaja de estándares.

Entonces surge una sospecha dolorosa: quizá la lucha de estos años no fue por instituciones sólidas ni por distribuir poder, sino apenas por cambiar de manos o de color de piel el mismo poder. No reforma, sino relevo. No democracia profunda, sino cosmética política.

El gobierno teme no completar su periodo, y ese miedo también se nota. Se nota cuando el presidente Rodrigo Paz comienza a regalar vehículos y a prometer sedes a grupos que recibían las mismas prebendas con el masismo. Cuando un poder se siente frágil acelera, improvisa, confronta, se aferra e emita lo que criticaba a sus antepasados políticos. El miedo no solo vive en los ciudadanos, también vive en Palacio.

Personalmente, deseo que concluya sus cinco años. La estabilidad importa. Pero si sus seguidores convierten cada error en dogma y cada crítica en traición, estarán pavimentando exactamente aquello que dicen combatir: el retorno del masismo versión 5.0.

Antes de seguir con el pavimento, deberían percatarse que el elector medio, silencioso y práctico, razona así: «si estos se comportan igual que los otros, ¿de qué sirvió el cambio? Mejor que se vayan».

Es tiempo de pensamiento crítico. Y no es una consigna universitaria ni una pose intelectual. Es algo mucho más simple y más difícil: dudar de los nuestros antes que odiar a los otros.

Consiste en exigir más al aliado que al adversario; en no justificar la corrupción propia porque antes hubo corrupción ajena. En no cambiar fanatismo rojo por fanatismo naranja.

Bolivia no necesita salvadores nuevos que repitan vicios viejos. Necesita ciudadanos que no se dejen gobernar por el miedo.

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