Martín Moreira – La carne de burro no es metáfora, sino una advertencia: de Argentina a Bolivia

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El liberalismo prometía abundancia, pero en la mesa empieza a sentirse como escasez: cuando la “libertad económica” se traduce en precios descontrolados y salarios congelados, lo que llega no es progreso, sino hambre. Bajo discursos como los de Javier Milei y el “capitalismo para todos” de Rodrigo Paz Pereira, la realidad golpea distinto: la carne desaparece del plato, el consumo se desploma y lo que queda es la resignación a sustituir calidad por supervivencia, incluso hablando de carne de burro como símbolo extremo de un modelo que, lejos de incluir, empuja a la mayoría hacia una vida más precaria mientras unos pocos se benefician.

Uno de los grandes mitos de los gobiernos de corte liberal es que la “libertad económica” por sí sola garantiza bienestar. En la práctica, esa supuesta libertad muchas veces termina traduciéndose en algo mucho más crudo: libertad para que los precios suban sin control y para que la gente coma peor. Lo que promueven figuras como Javier Milei o discursos como el “capitalismo para todos” de Rodrigo Paz Pereira no es un camino automático al progreso, sino un modelo que, sin regulación, puede empujar a amplios sectores hacia el empobrecimiento.

El relato oficial intenta maquillar la realidad con cifras: inflación de 0,34% y discursos triunfalistas. Pero en la calle pasa otra cosa. La gente no compra porque no puede, no porque los precios sean estables. Esa “baja inflación” no es éxito económico, es síntoma de asfixia. Es el reflejo de una economía donde el consumo se desploma porque el dinero ya no alcanza ni para lo básico.

Y mientras tanto, se instala una narrativa peligrosa: que la deflación es algo positivo. Nada más lejos de la realidad. La deflación no es alivio, es señal de una economía enferma. Cuando la gente deja de comprar esperando precios más bajos —o simplemente porque ya no puede comprar—, las empresas venden menos, se recorta empleo y el ciclo de deterioro se profundiza. Es un círculo vicioso que castiga siempre a los mismos.

Los ejemplos sobran. En contextos donde se aplican estas recetas, el resultado es visible: dietas cada vez más precarias, sustitución de alimentos y una pérdida progresiva de la calidad de vida. Se habla incluso de escenarios en los que la carne de res deja de ser accesible y termina siendo reemplazada por opciones de menor calidad, como la carne de burro, o por dietas reducidas a la polenta, símbolo de la llamada “libertad económica” promovida por Javier Milei. Puede sonar extremo, pero refleja con crudeza hasta dónde puede empujar un modelo que prioriza el mercado por encima de la gente.

En Bolivia, este fenómeno tiene varios un rostro claro: el precio de la carne de res, del arroz, del aceite y del pan, junto al creciente miedo a un ajuste que Rodrigo Paz Pereira pretende impulsar bajo el eslogan de “capitalismo para todos”, que en la práctica parece ser para unos pocos. Para la mayoría, lo que se proyecta no es prosperidad, sino la sombra de ollas vacías y estómagos vacíos.

La carne, en particular, se ha convertido en el símbolo más evidente de esta crisis. Su aumento sostenido es uno de los ejemplos más claros del encarecimiento del costo de vida. No es casualidad ni un simple ajuste de mercado: es el resultado de una combinación explosiva de crisis política, estrangulamiento en el parlamento, disputas internas y una alarmante falta de decisiones estructurales.

Al final, la llamada “libertad económica” termina siendo libertad para que todo suba… menos los ingresos. Y cuando eso ocurre, el mercado no ordena: excluye.

El incremento del precio de la carne fue inicialmente justificado por factores como la subida del dólar. Sin embargo, lo más revelador es que, incluso cuando el tipo de cambio bajó cerca de un 25% y esa excusa dejó de existir, los precios no solo no disminuyeron, sino que continuaron en ascenso. Este mismo patrón se repitió en otros productos básicos, como el transporte, el pan y el aceite, evidenciando una tendencia sostenida al encarecimiento del costo de vida.

Tras la crisis política de 2025 —marcada por el estrangulamiento de créditos, bloqueos que paralizaron el aparato productivo, inflación y escasez de dólares— se esperaba una corrección de precios. Sin embargo, las medidas impulsadas o planteadas por Rodrigo Paz Pereira no lograron revertir esta situación. Por el contrario, lejos de aliviar el bolsillo de la población, el costo de vida continuó aumentando.

Desde inicios de 2025, el precio de la carne de res ha experimentado un incremento considerable. Entre agosto de 2024 y febrero de 2026, el alza superó el 50% en varios departamentos. Para noviembre de 2025, el kilo gancho ya superaba los 50 bolivianos, llegando incluso a ser más caro que el precio de exportación a China, donde se comercializa alrededor de 4,5 dólares por kilo, cuando anteriormente se encontraba entre 40 y 45 Bs. A su vez, los cortes de primera alcanzaron precios de entre 80 y 90 bolivianos por kilo, convirtiéndose en un producto cada vez más inaccesible para muchas familias.

A inicios de 2026, los precios se mantienen elevados, sin señales claras de reducción. Cortes como el bistec rondan los 89 Bs por kilo, consolidando el encarecimiento sostenido de este alimento esencial. En términos generales, el incremento ha oscilado entre el 50% y el 66%, con productos como la pulpa especial y la carne molida registrando aumentos superiores al 50% en ciudades como Trinidad, La Paz, Oruro y Cochabamba.

Las causas de este fenómeno son múltiples. Por un lado, el aumento de las exportaciones ha reducido la oferta interna, priorizando mercados externos. Por otro, los costos de producción se han elevado significativamente, alcanzando hasta 350 dólares por hectárea debido a la escasez de forraje e insumos. A esto se suma la falta de dólares y combustible, que encarece la importación y el transporte.

Asimismo, el contrabando a la inversa hacia países vecinos con mejores precios ha reducido aún más la disponibilidad en el mercado interno, mientras que la especulación dentro de la cadena de comercialización ha elevado el precio final para el consumidor.

En conjunto, el caso de la carne en Bolivia muestra que, más allá del discurso económico, no se han aplicado medidas efectivas para reducir el costo de vida. Por el contrario, incluso cuando desaparecen las excusas como el “dólar caro”, los precios continúan subiendo, golpeando directamente el poder adquisitivo de la población.

Martin Moreira forma Parte de la Red de Economía Política Boliviana

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