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Transgredir o no transgredir límites: he ahí el dilema

Por: Adalid Contreras Baspineiro

Llamó poderosamente mi atención la estrategia del municipio de Amsterdam que busca promover una buena vida para todos (léase un vivir bien) dentro de los límites naturales de la tierra, con un enfoque destinado a garantizar la reducción de las desigualdades y la sostenibilidad medioambiental. Para ello, entre sus principales medidas contempla compartir, reparar y reutilizar durante más tiempo productos como los dispositivos electrónicos que contienen materias primas valiosas; reutilizar materiales de construcción para edificaciones sostenibles; evitar desperdiciar comida; crear plataformas para compartir productos y reducir consumo innecesario o contaminante.

Esta propuesta, que se asume como una brújula que guía los andares en la nueva normalidad, está inspirada en el “modelo donut”, creado por la economista inglesa Kate Raworth, quien en su obra “La economía donut: siete formas de pensar como un economista para el siglo XXI”, parte del reconocimiento que vivimos un proceso de agotamiento ambiental y que el crecimiento ilimitado no es sostenible, porque hace depender a las economías de su expansión destructora, depredadora y degenerativa además de contaminante, con consecuencias en el cambio climático y pérdida catastrófica de biodiversidad, además de incrementar la expansión de las desigualdades en un mundo donde el 1% más rico concentra el 50% de la riqueza global y donde la pobreza multidimensional se ha profundizado dramáticamente con la crisis sanitaria y económica.

El modelo donut es una respuesta a esta situación, afirmando que ningún sistema económico puede operar más allá de dos límites fundamentales: el techo ecológico que establece la capacidad del planeta para reproducirse y la base para una sociedad justa con distribución del bienestar. El modelo se representa en la figura del donut (“dona”) o rosquilla, donde recogiendo los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) en el borde interior del anillo se ubica el piso mínimo social con los requisitos básicos para el bienestar: agua potable, comida, salud, educación, trabajo, justicia, paz, participación, equidad social, igualdad de género, energía, vivienda y conectividad. El borde exterior señala los límites medioambientales que constituyen el techo ecológico: cambio climático, acidificación de los océanos, contaminación química, reducción de la capa de ozono, pérdida de la biodiversidad, merma del agua dulce. Y la masa o cuerpo que queda entre los límites piso y techo del anillo, viene a ser el espacio del bienestar y de la prosperidad, asumiéndose como un lugar ecológicamente seguro y socialmente justo.

Por lo expuesto, estamos en presencia de un modelo primo-hermano del buen-convivir-bien, que también se propone reducir las desigualdades y garantizar la sostenibilidad medioambiental, promoviendo la buena convivencia en armonía y plenitud a nivel personal, social y con la naturaleza y el cosmos, siguiendo caminos de complementariedad y reciprocidad con una lógica de inclusión y equilibrio de las individualidades en un nosotros colectivo, esencialmente comunitario, así como de los distintos en un sistema de alteridad intercultural, básicamente pluralista.

Amsterdam está convirtiendo la propuesta en realizaciones, asumiendo paradigmas como la economía circular y ecodiseños con energías limpias y regeneración productiva, así como fórmulas de inclusión con equidad, señalando la función vital de la participación de las sociedades para conservar los límites que permiten la reproducción ambiental y social. Mientras tanto, en nuestro continente vivimos todavía la tensión que se genera en la paradoja de la carrera desarrollista como elemento predominante de las políticas públicas y la dinámica comunitaria de sus sociedades que desde los bordes de los sistemas oficiales activan mecanismos informales de solidaridad, reciprocidad y complementariedad que les permiten subsistir en este sistema.

Así como estamos, las demandas ciudadanas están transgrediendo las políticas que a su vez transgreden los límites de resiliencia social y ambiental que tiene la vida en el planeta. Necesitamos otro modelo de desarrollo. Hay que atreverse a forjarlo desde las experiencias comunitarias de resistencia solidaria, desde los enfoques sentipensantes que propugnan la vida en plenitud para que a nadie le falte nada, desde la radicalidad de los defensores de la naturaleza, desde la dignificadora reivindicación de la equidad de género y desde las voces plurales que cuestionan el pensamiento único para forjar unidad en la diversidad.

Las políticas públicas tienen que atreverse a transgredir los modelos que transgreden la vida. De este modo, asumir compromiso para evitar transgredir los límites que atentan la vida de las sociedades y de la naturaleza, equivaldría a construir y recorrer un mismo camino donde las polarizaciones dan paso a los acuerdos con horizontes compartidos, y donde el buen-convivir-bien es un derecho ejercible.

Adalid Contreras es sociólogo y comunicólogo boliviano

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