América Yujra – Gracias, Lucho; pero no fue golpe, fue terrorismo de Estado

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Es uno de los lugares que más frecuento a diario; aunque en los últimos tres días lo he recorrido con mayor avidez. Sigue todo ahí: las acostumbradas aves confundiéndose entre los pasos de la gente; las cuatro estatuas blancas en cada esquina, también la central; personas que van, que corren, otras que esperan, otras que solo pasean. En plaza Murillo, todo parece como siempre; a excepción de la puerta metálica de Palacio Quemado. Pareciese mentira que ella sea la única víctima real de lo acontecido el 26 de junio pasado: un supuesto golpe militar.

La palabra “golpe” siempre ha estado presente en la línea discursiva del régimen masista. En su primer periodo (2005-2019), se tildó de “golpista” a cualquier movimiento opositor regional y/o político, incluso de algunos de sus aliados (organizaciones sociales, sindicales) que demandaron reivindicaciones históricas; también la usó para justificar el fraude electoral de 2019. Ni bien empezó su segundo periodo (2020), el masismo no tardó en denunciar intentos de “golpe” y hasta un magnicidio en contra de Luis Arce. Nada fue comprobado porque más que certezas fueron vanas retóricas para obtener respaldo ciudadano.

Ante una crisis profundamente enraizada, el régimen se quedó sin justificaciones. Ni el maquillaje más perfecto en cifras e indicadores puede ya cubrir las llagas de la economía. Adjetivar de “desestabilizadores” a quienes se movilizan demandando justicia, seguridad, estabilidad, sólo suma descontentos y conflictos. Al gobierno “del pueblo” sólo le quedan las lisonjas de sus partidarios; y con una legitimidad tan irrisoria, su objetivo electoral para 2025 se difumina.

Los autoritarismos se hacen fuertes con el secuestro de las instituciones de poder y contrapoder. Pero también requieren aquiescencia ciudadana y una imagen de autoridad. El régimen masista ha perdido gran parte de ambos terrenos, producto de su escisión interna y del ocaso de su “proceso de cambio”. Necesitaba recuperar lo perdido. El régimen tenía que actuar, y no quedaba otra alternativa que hacer real al lobo que tanto el “evismo” como el “arcismo” anunciaban con recurrencia. El “golpe” tenía que materializarse.

Miércoles 26. Los relojes estaban a minutos de marcar las tres de la tarde. Militares y tanques ingresaban a plaza Murillo con marcada parsimonia. Mientras ello ocurría, la ministra María Nela Prada transmitía por sus redes ése “movimiento irregular”; veinte pisos más abajo, en la calle, Eduardo Del Castillo caminaba a escasos metros de Palacio Quemado, se dirigía al tanque donde estaba Juan José Zúñiga y lo golpeaba. En las esquinas más cercanas (calles Socabaya y Ayacucho), se agolpaban funcionarios públicos, a quienes, minutos antes, se les ordenó acudir al lugar.

Zúñiga y los militares intentaban derribar la puerta de Palacio Quemado; Arce y sus ministros, desde la Casa Grande del Pueblo, transmitían en vivo un mensaje conjunto. Zúñiga declaraba ante los varios medios apostados en el lugar que habría un “nuevo gabinete”. Arce y sus ministros se disponían a bajar y “enfrentar” a Zúñiga.

¿Qué sucedía en el resto de la ciudad? Instituciones públicas y privadas disponían desocupar sus ambientes. En las calles se corría la voz de que un tanque militar había ingresado a Palacio Quemado. Bastó esa referencia para que la ciudadanía se apresurara a buscar transporte, a llamar a sus familiares o amigos y pedirles que tomen recaudos. Otros se aglomeraban en cajeros automáticos, mercados y supermercados a fin de abastecerse con lo que consiguiesen.

Mientras la ciudadanía actuaba impulsada por el instinto de supervivencia —unos sólo por imitación sin comprender realmente lo que ocurría, otros movidos por los recuerdos de las dictaduras de Natush Bush (1979) o García Meza (1980), sólo por mencionar algunos—, el drama del arcismo alcanzaba su cenit: escoltado por sus ministros, Lucho Arce, con bastón de mando en la mano (sí, al parecer tuvo el tiempo de coger uno de los símbolos de su posesión), enfrentaba a Zúñiga.

La inmediatez y la sorpresa que no tuvo el “golpe” estuvieron presentes en los sucesos posteriores a ese cara-cara entre dos amigos: Zúñiga dejando km 0, militares abandonando el cerco antes de recibir la orden del nuevo comandante de las FFAA; Arce, sus ministros y Choquehuanca (sí, ¡apareció!) saliendo de Palacio Quemado para recibir el cariño de los cientos de funcionarios públicos que con carteles y gritos le agradecían a Lucho haber detenido el “golpe”.

En las calles de La Paz y en otras ciudades, la especulación se juntaba con la desesperación: personas comprando productos al doble o triple del precio, otras cerrando sus negocios para evitar saqueos, otras intentando conseguir transporte y llegar a sus casas lo antes posible… En plaza Murillo, Arce hablaba, Choquehuanca lloraba por la “valentía” de su compañero… Mientras el régimen celebraba haber derrocado un “golpe”, la incertidumbre apresaba a la ciudadanía.

Todos los hechos anteriores tienen de “golpe de Estado” lo que el MAS tiene de democrático; es decir, nada. En los coup d’Ëtat tradicionales, los grupos militares (perpetradores) actúan con rapidez y violencia en contra de sus objetivos (presidente, ministros), neutralizan de forma inmediata cualquier reacción social o política, ya sea con detenciones o ejecuciones in situ. Éstas características impiden que un golpe de Estado sea enfrentado en el momento en que ocurren.

No hay duda de que lo sucedido el 26 de junio fue un segundo autogolpe ideado y ejecutado por el masismo. El primero fue en 2019: Evo Morales planificó su renuncia y usó a Williams Kaliman para hacer más creíble su dislate de “golpe cívico-militar-policial”. Ahora, en 2024, Arce usó a otro militar para escenificar otro “golpe” que le permita “levantar” su popularidad y conseguir un apoyo ciudadano que no tiene ni que conseguirá en las urnas. Pero hay algo más siniestro detrás del patético espectáculo montado por el régimen.

La historia nuestra y la de países que sufrieron verdaderos golpes militares da cuenta que éstos generan consecuencias crueles y altamente destructivas, no sólo para el Estado, sino también para las sociedades: restricción total de derechos y libertades, confinamientos, torturas, asesinatos, desapariciones forzadas. Asimismo, los golpes militares generan reacciones inmediatas: desconfianza, desesperación, zozobra, ansiedad, miedo; incluso pueden desencadenar guerras civiles. Con todo, un plan que revivió a un monstruo tan dañino sólo para “ganar popularidad” no es un simple “autogolpe”. Lo que el masismo hizo el 26 de junio se encuadra más en un terrorismo de Estado reformulado. Veamos por qué.

El destacado jurista Ernesto Garzón Valdés definió al terrorismo de Estado como: “(…) una forma del ejercicio del poder estatal cuya regla de conocimiento permite y/o impone, con miras a crear el temor generalizado, la aplicación clandestina, impredecible y difusa, también a personas manifiestamente inocentes, de medidas coactivas prohibidas por el ordenamiento jurídico proclamado, obstaculiza o anula la actividad judicial y convierte al gobierno en agente activo de la lucha por el poder”. (las cursivas son mías)[1]

A priori, el terrorismo de Estado está vinculado a las acciones sistemáticas (o no) y disposiciones represivas u otras medidas autoritarias o violentas en contra de grupos ciudadanos, que son catalogados como subversivos o peligrosos para el orden público. En consecuencia, el Estado usa su fuerza represiva de forma desmedida para neutralizarlo y resguardar la seguridad interna.

El Estado tiene como potestad legítima el uso de la violencia para mantener el orden público, la seguridad interna y el ejercicio de derechos constitucionales. Para éstos fines, cuenta con instituciones específicas (Órgano Judicial, FFAA, Policía). El terrorismo de Estado es el uso desproporcional e indiscriminado de ésa potestad y ésos mecanismos de control en contra de cualquier grupo social o, en definitiva, de toda la ciudadanía.

Dado que los regímenes autoritarios o gobiernos de la “nueva izquierda” usan estrategias cada vez más siniestras para conservar su poder, el concepto de Garzón Valdés debe ser ampliado. Así como el terrorismo común, el terrorismo de Estado también se debe considerar consumado cuando, a través de actos idóneos, los funcionarios o autoridades de un régimen, haciendo abuso de sus posiciones de poder, planifican y perpetran hechos que provocan susceptibilidad, zozobra y terror en la ciudadanía. Debe entenderse que el objetivo de esta modalidad de terrorismo de Estado no es neutralizar desproporcionadamente a un grupo opositor o contestatario, sino de generar falsos eventos de terror o peligro.

Aunque el gobierno no hizo un ataque directo a un grupo ciudadano o político específico, sí ejecutó acciones para generar un escenario de terror e incertidumbre, usando, para ello, las instituciones que tiene bajo su mando (FFAA).

Pero hay algo aún peor. Por ejemplo, ¿qué hubiese pasado si la ciudadanía reaccionaba apoyando el golpe o se propiciaba un enfrentamiento civil en contra de los militares? El régimen actúo y ejecutó su plan aun sabiendo que los hechos pudieron haber escapado de su control. No le importó lo que pudiera haber ocurrido en las calles más allá de plaza Murillo. Lo único importante era mostrar un “golpe” frustrado por la “valentía” de uno de sus perpetradores.

De esta nueva demostración de terrorismo de Estado, Zúñiga y el resto de funcionarios que participaron en el show serán procesados y sentenciados penalmente. Para los demás perpetradores e ideólogos (Arce, Del Castillo, Novillo, Aguilera, Morales, etc.) sólo quedan castigos sociales y políticos. Para ello, es necesario que ciudadanos y partidos opositores hagamos una profunda reflexión sobre la última demostración autoritaria. Urge que comprendamos la peligrosidad del régimen y que su permanencia depende —más que nunca— de las opciones que se construyan en miras a las elecciones de 2025. Debemos aunar esfuerzos para reforzar las instituciones no públicas que nos quedan (comités cívicos, universidades, asociaciones de profesionales) para diseñar una verdadera propuesta política de cambio y mantener resistencia.

Si de algo podríamos darle las gracias a Lucho Arce es por haber permitido que la ciudadanía y el mundo entero veamos, en algo más de dos horas, el verdadero rostro de su facción, que no dista mucho del “evismo”. El régimen demostró lo que es capaz de hacer para reforzar su autoritarismo, para mantenerse en el poder. Una vez más, el masismo nos mostró su lado más perverso. Así que, gracias, Lucho, por darnos los motivos suficientes para sacar al MAS del poder, de una vez y para siempre. Nuestro Estado no puede seguir bajo el mando de un grupo terrorista.

[1] Definición escrita en el artículo Terrorismo de Estado (el problema de su legitimación e ilegitimidad), contenido en: Garzón, E. (2001). Filosofía política. Derecho. Colección Honoris Causa. Universidad de Valencia.

América Yujra Chambi es abogada

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