Ana López – Democracia secuestrada

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“Si fuéramos tan comprometidos con el MAS, discúlpenme la frase, pero ni por p… la loca sería alcaldesa de El Alto”. Fueron las palabras textuales del viceministro de gestión y coordinación gubernamental, Gustavo Torrico durante la inauguración de la Escuela de Formación Política en El Alto hace un par de meses.

«Él para empezar no ha sido nada decente, ni caballeroso en hacer una supuesta toma pacífica de Adepcoca, ¿por qué la Policía va a tener que ser cabelleroso (sic) con este sujeto? Nosotros justificamos esa aprehensión contra aquel que maltrata y desnuda mujeres, golpea ancianos. Bien hecho. Con estos sujetos no hay debido proceso, contra aquellos que cometen esta clase de ilícitos y mucho menos, humillar mujeres, no considero esto del debido proceso”. Estas son las declaraciones también textuales del diputado del Movimiento al Socialismo (MAS) Daniel Rojas al referirse a la violenta aprehensión del dirigente cocalero César Apaza hace algunas semanas.

“Se la trata (a Jeanine Añez) como lo que es, una gobernante de facto que ha interrumpido la democracia en el país y por eso motivo nosotros vamos a ser contundentes en las afirmaciones que realicemos. El gobierno nacional respeta el debido proceso y en ese elemento del debido proceso respeta la decisión que ha tomado hoy la justicia boliviana de manera independiente”. Y estas son las palabras expresadas por el ministro de justicia, Iván Lima, cuando comentaba en febrero de este año la postergación del juicio en contra de la exmandataria.

Al margen de los contextos en los que se dieron estas declaraciones y obviando de manera grosera que fueron vertidas por autoridades representativas del poder ejecutivo y legislativo del Estado Plurinacional de Bolivia, ¿alguien podría cuestionar la libertad de expresión en el país? Cada una de estas autoridades ha dicho sin tapujos lo que piensa o tal vez lo que le dicen que debe decir. En todo caso, ¿no es ese uno de los tantos principios básicos de la democracia? Si así es, ¿por qué resulta tan difícil entregarnos a un franco festejo por los 40 años que cumple la reconquista de la democracia boliviana este 10 de octubre de 2022? ¿Qué nos incomoda? Sé de sobra que hay una larga lista de argumentos que responden a esas preguntas y hoy quiero compartir los míos.

Tenía siete años cuando Hernán Siles Zuazo fue posesionado como presidente de la república en 1982. Fue un 10 de octubre, hace 40 años. En casa, mi abuela, mis tías y mi mamá estaban conmovidas hasta las lágrimas. Lo vimos todo por televisión. Era el final de un largo tiempo de dictaduras y gobiernos autoritarios; era el comienzo del periodo democrático más largo de Bolivia. Desde entonces, bien puedo decir que, durante toda mi vida, la democracia ha sido el telón de fondo de esa parte de la cotidianidad que tenía que ver con la realización de comicios cada cuatro o cinco años, con la existencia de partidos políticos o con el presenciar marchas, bloqueos, huelgas y protestas que se generaban con llamativa frecuencia. La democracia también es eso, una colección de demandas, de luchas y de reivindicaciones.

Después de los hechos que vivimos entre octubre y noviembre de 2019, nos aferramos aún más a e estas cuatro décadas y las atesoramos, pero tampoco podemos evitar tamizarlas con preocupación e incertidumbre porque tratamos todavía con una democracia que tambalea y cuya transformación en un ente incompleto y grotesco se ha acelerado en los últimos 16 años, casi la mitad de su existencia. Es difícil describir esa sensación de estar frente a una democracia que permanece como un velo rasgado que (en)cubre las más ruines violaciones a los derechos humanos y la justicia. ¿Tenemos libertad de expresión para decirlo y por eso es democracia? Puede que así sea, pero lo triste es que no importa cuán libres nos sintamos de expresar nuestra bronca, impotencia o indignación, porque la realidad no cambia y no parece haber ninguna fuerza que contrarreste las arbitrariedades y abusos de poder que se cometen con demasiado descaro. Por eso es grotesco.

¿Podemos ejercer nuestro derecho al voto y elegir a quién queramos como corresponde bajo un sistema democrático? Sí, podemos asegurar que así es, pero también hemos sido víctimas de un fraude electoral perpetrado por el gobierno de Evo Morales en el año 2019 y nuestro voto fue cínicamente ninguneado en el referéndum del 2016, cuando Bolivia le dijo NO a la re-re-re-re-elección de Morales. Entonces, ¿cómo hay que llamarle a esa democracia vulnerada y vulnerable?

Tampoco es solo una impresión que el número de feminicidios, de asesinatos por presuntos ajustes de cuentas entre narcos y de otros tipos de violencia queden irresueltos y hayan aumentado en los últimos años, no solo porque la justicia sigue siendo un tema estructural que antes de ser considerado como un pilar, ya se ve como una ruina abandonada después de 40 años de democracia; sino también porque no es transparente ni independiente y pese a los discursos del ministro Lima, su modernización no se ve ni por asomo.

¿Podemos denunciar cada una de las acciones que contradicen las leyes en el país? ¿Señalar con nombre y apellido a quienes lo hacen? Claro, podemos y hay quien lo hace, pero esto tampoco cambia las cosas porque hay un envalentonamiento de ciertos poderes que blinda toda posibilidad de hacer lo correcto y lo legal y que, por el contrario, defiende y justifica lo incorrecto y lo ilegal. El ejemplo más claro de muchos es el caso de protección del mercado paralelo e ilegal de la coca en La Paz y que ha enfrentado a los productores de Adepcoca contra aquellos otros que cuentan con el aval de Evo Morales y ciertas facciones del gobierno de Luis Arce. Se ha vivido una especie de guerra civil en Villa El Carmen que ha incluido detenciones arbitrarias, dinamitazos e incendios. Los vecinos han clamado por paz.

Por otra parte, hay una peligrosa flexibilización (por decir lo menos) de valores que el estado/gobierno respalda sin sonrojarse y que pasa no solo establecer la ley del talión: por el ojo por ojo y diente por diente como método para disque perseguir opositores y meterlos tras las rejas para que su molesta libertad no entorpezca los oscuros fines del poder cooptado. También hablamos de cómo se hurga entre las fibras más íntimas y delicadas de una sociedad, es decir la educación. En Bolivia estamos presenciando un feroz adoctrinamiento de las generaciones más jóvenes. No, no puedo dejar pasar esa terrible escena de un grupo de niños de primaria que hace algunas semanas fueron disfrazados con ponchos rojos y pasamontañas con motivo de un acto cívico por el Día de la Bandera en El Alto y que iban desfilando al grito de “¡ahora sí, guerra civil!”. ¿Cabe aquello en la categoría de libertad de expresión, protección a la niñez y derecho a la educación? Habría que decir que sí, pero el barniz perverso que muestran tales “actos de libertad” nos hace temer por la democracia, entendida como el sistema político que por excelencia se ocupa de construir un estado de derecho que respete y haga respetar los derechos (humanos) de todos los ciudadanos.

Sí, la democracia está allí. Calladita. ¿Encubierta? Silenciosa, pero presente, quizá a la espera del momento propicio que le permita volver al protagonismo que muchos anhelamos para nuestro país. Entre tanto, está siendo utilizada y maltratada. Así que volvamos a esa pregunta incomoda que sigue dando vueltas: ¿Hay algo que festejar este 10 de octubre, día en que se cumplen 40 años de la democracia en Bolivia? Mi primer impulso es decir que sí, porque de verdad no me atrevo a sepultarla con un no. ¡Es un sentir grotesco! Como toda vida y la democracia lo es, digo que sí, porque en 40 años de existencia se suman no solo los buenos momentos, sino también los malos, las crisis y los fracasos y de todas formas se celebra la vida. Y el mejor regalo que se le puede hacer a la democracia sería un paquete de esperanzas y de poco silencio, primero para recordar a quienes dieron su vida por la reconquista democrática no solo hace 40 años sino también antes, porque su sangre vertida enciende siempre la llama de la memoria, y segundo porque, así como la democracia está siendo usada como encubridora, hoy nuestras voces pueden ayudarle a dejar su adormecimiento obligado no solo para dar a conocer cómo se abusa de ella, sino para recordar que esa realidad sí se puede cambiar. Bolivia lo demostró entre octubre y noviembre de 2019, cuando en democracia un movimiento ciudadano pacífico y empoderado por el hastío del abuso desde el poder, logró hacer renunciar a un presidente democráticamente elegido que autoritariamente buscaba eternizarse en el poder.

Así que acordemos que nuestra democracia cuarentona inició una segunda etapa de existencia con el espejismo del proceso de cambio de 2006 y que vive un secuestro evidente y siniestro, pero cuya respiración y latidos alimentan la esperanza que tenemos de verla plena y recuperada pronto.

Ana Rosa López Villegas es Comunicadora Social

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