Adalid Contreras – Realismo mágico electoral

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En su obra cumbre, “Cien años de soledad”, García Márquez desarrolla el género del realismo mágico buscando superar la línea de demarcación que separa lo real de lo fantástico, apelando para ello a un lenguaje capaz de hacer verosímiles las cosas que menos lo parecen, puesto que, como él mismo afirma, “la verdad no parece verdad simplemente porque lo sea, sino por la forma en que se diga”. El recurso, que generó un boom literario, resulta útil para interpretar el actual proceso electoral colombiano, que está despejando, cuando no superando, los velos que cubren la tradición de larga data de su sistema político. Ya sea como innovaciones o como cambios, las mediaciones discursivas que se han generado en torno a la definición del clivaje político, a la percepción de la institucionalidad democrática y a la visualización del futuro posible, le dan consistencia a lo expresado.

La primera vuelta electoral muestra un cambio en el clivaje, que por tradición contrastaba candidaturas con guerrilla, llevando por rutina a una sistemática descalificación de toda fuerza progresista y a la eternización de conservadores y/o liberales en el poder. A contracorriente, el clivaje predominante ahora es la articulación entre candidaturas y modelo político y de desarrollo, poniendo en cuestionamiento la política tradicional en un contexto que ya no tiene como referencia monopólica la guerra, sino los derechos de aplicación del Acuerdo de Paz firmado el año 2016. Petro y Hernández saben leer esta realidad, la trabajan a su manera, y pasan a segunda vuelta.

Estrechamente ligado a este cambio están las percepciones sobre la institucionalidad democrática, en un país en el que sus 202 años de vida republicana tuvieron una interrupción de su sistema democrático en sólo 4 años de dictadura militar entre 1953 y 1957. Desde entonces, los gobiernos han pertenecido a la alternancia entre el Partido Liberal y el Partido Conservador, celosos guardianes de una arraigada y fuerte institucionalidad convencional. Ahora, esta tradición ha sido desmontada por un desencanto ciudadano que se aviva con la desaprobación en un 74% del gobierno saliente, cuyas políticas en el marco de la pandemia muestran que la pobreza alcanza al 39%, la informalidad el 43%, el desempleo se acerca al 20%, la inflación llega al 7,2%, crece la inseguridad ciudadana y recrudece la violencia. Hay desencanto ciudadano y, con él, la búsqueda de cambios que se encaminan en los apoyos en primera vuelta a los proyectos disruptivos, con un 40% al Pacto Histórico de Gustavo Petro y en un 28% a la Liga de Gobernantes Anticorrupción de Rodolfo Hernández, con un voto castigo a las costumbres institucionalizadas de la política tradicional.

La tercera innovación o cambio podría ser el paradigma de desarrollo. Petro y Hernández representan dos líneas diferentes. Hernández, populista de derecha, elude debatir, y se parapeta en los mensajes que le dan votos en torno al cambio de la tradición política: los discursos anticorrupción, los mensajes anti Petro y su pasado guerrillero, y su distanciamiento del centro representado por Sergio Fajardo, cuarto en la preferencia electoral, para intentar reivindicar al uribismo que defenestró en primera vuelta y ahora se convierte en la base de su crecimiento. Petro, líder de izquierda, centra su campaña de segunda vuelta en la exposición de su propuesta de desarrollo “Colombia potencia mundial de la vida”, exponiendo el Vivir Sabroso como un paradigma de transformación económica con justicia social y medidas sociales de opción por los más pobres y por la vida en armonía. El primero recoge un fervoroso voto fandom antisistema y el segundo se esmera en sintonizar identidades con un nuevo paradigma de desarrollo. Son dos estrategias distintas.

En estas condiciones, el lenguaje del realismo mágico hace a la política. La narrativa de Hernández se basa en el espectáculo y la popularidad, bases del politainment, o quehacer de la política con las reglas del entretenimiento y sus sistemas talk show de ropaje ligero y tik toks empáticos en la ironía, ideales para personalidades histriónicas. Cambian los parámetros sobre la política y los políticos, para algunos estrategas los programas no cuentan, valen las habilidades, se niegan las ideologías, priman las simpatías, y sus estrategias funcionan ironizando. Es el reino discursivo del realismo mágico en sistemas sociodigitales que conectan pero que no necesariamente comunican, moviéndose en los territorios de la adhesión política expresada en “dame un like”, que se convierte en la forma anticipatoria del compromiso personal con el voto.

En un ambiente tenazmente polarizado, para unos Petro no representa el cambio sino un retroceso con su propuesta de fortalecimiento del Estado, mayores impuestos a los ricos y renovación de la integración regional. Afirman que el cambio lo representa Hernández con su propósito de mayor reducción del Estado, el dinamismo del sector privado y una nueva gobernabilidad. Para otros, Hernández es apenas un cambio de maquillaje para un modelo tradicional con otros actores. En cambio, afirman, que el cambio de era lo representa Petro con su opción por un Estado social de derecho con ejercicio pleno de derechos.

Complejo ambiente el que rodea la llegada del próximo domingo 19 de junio, día en el que colombianas y colombianos vuelven a las urnas. Algunas encuestas y análisis dan por descontado un triunfo de Hernández, asumiendo el endoso de las otras fuerzas de la derecha. Otras encuestas y análisis muestran que Petro mantiene ventaja sumando las expectativas de cambio real. Existen también encuestas y analistas que avizoran un empate técnico. Cualquiera sea el resultado, otros actores, talvez con otros modelos de desarrollo, detentarán el poder en Colombia.

Adalid Contreras es sociólogo y comunicólogo boliviano. Director de la Fundación Latinoamericana Communicare

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