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Aboganster, torturador y conocidos de infancia
Opinión

Aboganster, torturador y conocidos de infancia

Aún los carcome la indignación por el caso del abogado Jhasmani Torrico, lo sé jovencitos, lo sé. Cada vez que estalla algún escándalo que involucra jueces, fiscales o cualquier otro personaje de ese mundo criminal de los abogados bolivianos vienen a mí recuerdos de juventud, cuando era estudiante de derecho.

Hace muchos años tenía un compañero de la materia de “Introducción al Derecho”, durante un almuerzo, ligeramente ebrio, se acercó y me dijo: “Cualquier problema que tengas hermanito, avísame, soy cartel central, ya no ando mucho con ellos, pero son mis hermanos, si tienes algún problema avísame”.

Pensé que era una broma hasta que me enseñó su antebrazo con una nebulosa de cicatrices. No pude evitar tragar saliva y medir mis palabras. Era un tipo pequeño y delgado, parecía todo menos miembro de una pandilla. Cuando se despidió me dio un apretón de manos que me hizo dar pena de cualquiera que se atreviera a trenzarse a golpes con él. Después de algunos años el cuate se aplicó, llegó a ser ayudante de docencia, parecía que sus años turbios habían quedado atrás. A los pocos meses de titularme oí que tenía varios procesos disciplinarios en el Colegio de Abogados, luego de un par años me dijeron que lo acusaban por estafa y lesiones graves.

El año 2017, cuando merodeaba por los juzgados de la ciudad de El Alto lo encontré, elegante de pies a cabeza, gordo y medio calvo, se acercó sonriendo: “¿Cómo es Dr. Torrez?, tanto tiempo hermanito, ¡salúdame pues!”, me dio uno de esos medio abrazos aimaras (cortesía mezclada con distancia calculadora). Quise preguntarle sobre sus problemas legales, pero deseché la idea. Luego de una charla superficial donde percibió mi incomodidad me dijo: “Ya che, creo que apurado estas. Toma mi tarjeta, vamos a estar charlando”. Daba por terminado ese mal encuentro cuando al despedirse se acercó y me dijo al oído: “No vas a hacer caso a las cosas que dicen de mí, son calumnias de unos inútiles de mierda, pero me las van a pagar, ¡te juro que me las van a pagar!”. Traté de descifrar el calibre de la amenaza, entonces me dio un apretón de manos, con la misma fuerza descomunal de hace años y entendí que era el mismo de siempre, el mismo del antebrazo lleno de tajos, solo que ahora tenía el conocimiento para desenvolverse impunemente en el mundo legal.

Un pandillero/abogado, el estereotipo del penalista exitoso.

¿Cuántos Jhasmanis Torricos están sueltos en este país, jovencitos? Demasiados me temo, demasiados.

Acaudalados, oliendo a lavanda y vistiendo las corbatas de marca más caras que el dinero mal habido puede comprar. Es posible que la sensación de pesadez que nos invade cuando entramos en los tribunales de justicia no se deba a que los hayan edificado sobre cementerios tiahuanacotas, no, no, no. Quizá décadas de presenciar incontables litigantes padeciendo sufrimientos infinitos, de abogados sicarios enriqueciéndose, de jueces y fiscales corruptos, cargaron esos espacios de energía negativa. No sé, mi conocimiento sobre lo paranormal es pobre. Lo que sí sé es que estamos rodeados, jovencitos.

Hay Jhasmanis Torricos en todos lados.

Son fiscales de distrito, magistrados de alto rango, directores jurídicos de ministerios, asesores legales de empresas grandes, estudiantes de primer año, de quinto semestre. Jóvenes, adultos y viejos lobos de mar que saben que en Bolivia las malas mañas pesan más que el estudio y la ética del derecho.

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