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39 años, nada que festejar
Opinión

39 años, nada que festejar

Por: Ana Rosa López Villegas

Pertenezco a la generación de quienes nacieron durante los últimos años de una de las peores dictaduras militares en Bolivia. Soy de las personas que vieron llorar a sus madres y abuelas cuando el 10 de octubre de 1982 se recuperaba la democracia en el país después de un largo tiempo de incertidumbre, violencia, dolor, muertos y desaparecidos. Aun sin entender exactamente lo que pasaba, recuerdo con nitidez el momento en el que Hernán Siles Zuazo asumía la presidencia del país en medio de vítores y estribillos.

Me sumo entre los bolivianos que aprendieron a vivir en libertad y mamaron de una democracia timorata que iba avanzando de tumbo en tumbo, que costó la vida y la sangre de muchos compatriotas y que tejió nuevos sueños para un país que tenía todo el impulso social para crecer y hacerse fuerte. Un país que contaba con los recursos naturales necesarios para establecer una economía social que ofreciera bienestar a todos los bolivianos. Sin embargo, la democracia nació débil y de su mano iba una economía en bancarrota, zarandeada por una hiperinflación monstruosa, digna de un récord Guiness y que más temprano que tarde no tuvo más remedio que abordar la nave del neoliberalismo y hacer sangrar heridas que la Revolución Nacional de 1952 había dejado abiertas y en carne viva, escisiones que nadie se ocupó de curar a conciencia.

A mis siete años apenas comprendía por qué el triunfo de la democracia significaba tanto en el mundo de los adultos. Cuando cumplí once y la televisión comenzaba a transportarme a otros sitios alejados de mi Oruro natal, viví “de cerca” la marcha que protagonizaron los mineros del país en su intento desesperado por revocar el cierre de las minas, medida económica que había sido asumida por el gobierno del Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR) a la cabeza de su líder histórico, Víctor Paz Estenssoro. La gran Corporación Minera de Bolivia (COMIBOL) vivía sus últimas horas y con ella agonizaban miles y miles de trabajadores mineros, especialmente en Oruro y Potosí. Mi hermana y yo llevamos donaciones de ropa al canal de televisión local. “Para los niños que marchan” le habíamos dicho al periodista que nos recibió en el estudio. Y también sin saberlo, ambas estábamos siendo testigos de una de las expresiones más significativas de dignidad nacional, la Marcha por la Vida de 1986.

El maldito-bendito decreto supremo 21060 que todos conocemos como el hito neoliberal del país, delineó por largos años las caras de la pobreza en Bolivia, dejó en el desempleo y el abandono estatal a más de 20 mil trabajadores mineros y al margen de esa brutal deuda social que jamás se saldó, sembró las semillas de “nuevas revoluciones” que hoy se han convertido en la peor pesadilla de nuestra democracia. Porque del protagonismo minero se pasó en poco tiempo al protagonismo de los productores de la hoja de coca de El Chapare, varios de ellos herederos de la relocalización minera de 1986.

Mientras la democracia comenzaba a gatear, el escenario político se instituyó con tambaleos y dando lugar a grandes líderes-caudillos y partidos políticos que estructuraron una democracia partidista en la que muchos depositaron su confianza y en la que descansó por cierto tiempo una engañosa estabilidad democrática. Pero lejos de instaurar liderazgos jóvenes y una saludable renovación de los mismos, lo que nos tocó ver en nuestras inexpertas lides democráticas es digno de antología. Cito tan solo dos ejemplos. El líder histórico del ahora casi inexistente MNR, Víctor Paz Estenssoro encarnó a lo largo de su trayectoria política dos de los hitos históricos más importantes de Bolivia, la nacionalización de las minas en 1952 y su descuartizamiento en 1985. El segundo: la elección democrática del exdictador Hugo Banzer Suárez que gobernó entre 1997 y 2001 y que hizo desaparecer adversarios políticos y fue parte del sanguinario Plan Cóndor entre 1971 y 1978. Así ha jugado la historia con nuestros aprestos democráticos, así de blanda y volátil es la memoria colectiva que nos gastamos y ambas, la historia ladina y nuestra frágil memoria fueron preparando el terreno para lo que vivimos en este momento, una dictadura disfrazada de democracia y maquillada de socialismo, un régimen obsceno que sin asco, sin pudor y sin vergüenza está destruyendo todo vestigio de democracia, libertad y justicia en el país.

Bolivia está a merced del Movimiento al Socialismo (MAS), a merced de un grupo de ególatras y enfermos de poder y venganza que son incapaces de razonar, incapaces de enfrentar la verdad, incapaces de gobernar. Estamos a merced de una mafia política altamente peligrosa y corrosiva. Si pensamos que Evo Morales fue uno de los peores mandatarios que hemos tenido, ver la ineptitud y falta de horizonte con el que Luis Arce Catacora y David Choquehuanca manejan el país, es desgarrador.

No, este 10 de octubre no tenemos absolutamente nada que celebrar. Tampoco sirve de nada ir a dejarle flores a los muertos cuyos nombres se han acumulado de manera grosera en los últimos 15 años de régimen masista, lo que hace falta es que volvamos a mirarnos en el espejo, que resucitemos el espíritu de cuerpo con el que nos enfrentamos al tirano Morales en octubre de 2019. No importa dónde estemos, lo que importa es que reconstruyamos ese puente que nos unió de norte a sur y de este a oeste durante aquellos días de gloria y miseria. Democracia, justicia y libertad para Bolivia.

Ana Rosa López es comunicadora social

Twitter: @mivozmipalabra

Instagram: @misletrasmislibros

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