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Tacanas buscan mantener y transmitir el espíritu de sus danzas y música a jóvenes y niños

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Cuando comienza a sonar la bombilla (flauta, bombo y tambor), Yasira Cartagena, de 41 años, no se resiste. Se deja envolver por la música. Se mueve de arriba para abajo; estira y contrae los brazos. Da vueltas, sonríe; es feliz. Así ella vive su cultura, sus tradiciones, el ser tacana. “Creo que cuando bailas alegre, llevas vida”, dice. Y con sus movimientos, realmente lo transmite.

Yasira, junto a una delegación de la comunidad de San Miguel, llegó a inicios de octubre hasta Tumupasa donde se realizó el Festival Artístico en conmemoración al XXIX aniversario del Consejo Indígena del Pueblo Tacana (CIPTA). El evento fue planificado por la organización indígena con apoyo de la Fundación TIERRA en alianza de Welthungerhilfe (WHH) y estuvo orientado a acercar, sensibilizar y motivar a la población sobre el sentido colectivo de habitar en un territorio indígena y la importancia que mantener sus cultura y costumbres.

Tumupasa es un distrito del municipio de San Buenaventura ubicado en la provincia Abel Iturralde al norte del departamento de La Paz, sitio al que se llega por vía terrestre en un recorrido por carreteras asfaltadas y de ripio desde la urbe paceña hasta Rurrenabaque. A partir de este sector, hacia el norte, el camino es de tierra en su integridad y actualmente hay que atravesar alrededor de 22 desvíos debido a la construcción de puentes de concreto con los que posteriormente se consolidará la vía asfaltada hasta Ixiamas.

Yasira nació en Tumupasa —región conocida como cuna de la cultura tacana—, sin embargo, a sus 14 años (cuando se casó) pasó a ser parte de la comunidad San Miguel que es el lugar donde vive desde hace ya 27 años. “Mi padre era un hombre al que le gustaba la danza tradicional porque su familia era tacana originarios. Recuerdo que cuando tenía seis años empecé bailando. El pueblo era muy chico y en la escuelita sacábamos estas danzas. Mi papá siempre me decía que cuando se baila con devoción y alegría, ese sentimentalismo se contagia y eso lo llevo en la mente”, cuenta.

Tumupasa y San Miguel son dos de las 22 comunidades indígenas tacanas que están instaladas en el norte de La Paz en un territorio de 380.000 hectáreas de tierras tituladas, extensión que se sobrepone a los municipios de San Buenaventura e Iximanas. Si bien hasta hace algunos años el acceso a la región era dificultoso, actualmente llegar desde La Paz hasta la cuna de la cultura tacana no demora más de diez horas. Con la apertura de las vías, no solo se amplió la comunicación entre comunidades tacanas, sino también con diversas áreas vecinas. Con ello también llegó la electricidad, se ampliaron las redes de telecomunicaciones.

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“Antes estábamos un poco más cerrados, pero ahora, la vinculación es amplia, no solo con otras comunidades indígenas, sino también con las ciudades. Con todas esas cosas nuevas que hay, nosotros intentamos que eso no afecte a la esencia de nuestra cultura y siempre tratamos de que se revalorice lo que somos”, cuenta Elio David Beyuma Cartagena, coordinador del Plan Para Pueblos Indígenas (PPI).

El día del Festival Artístico hasta Tumupasa llegaron diversas comitivas de las comunidades tacanas, que realizaron sus demostraciones artísticas en una velada nocturna que se extendió cerca de la media noche. Decenas de personas se congregaron en la unidad educativa, en su mayoría personas adultas, aunque también acompañaron los jóvenes y niños. “Entre nuestras danzas que destacan nuestra cultura están el sembrador, callahuaya, zampoñada y muchas otras que queremos resaltar. Lamentablemente, en estas épocas es difícil mantener todo en su esencia, siempre hay intromisión de otras culturas. Sin embargo, en estos últimos años hemos trabajado bastante para revalorizar lo nuestro desde las mismas unidades educativas, con los jóvenes”, asegura Beyuma.

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Para ayudar a que los rasgos de su cultura prevalezcan, desde la gestión 2015, en las unidades educativas se puso en marcha el Currículo Regionalizado del Pueblo Indígena Tacana, que considera las características particulares del contexto sociocultual, lingüístico y productivo del territorio tacana; para la concreción en la práctica pedagógica.

Sin embargo, aunque existe una base de formación estructural para implementar métodos para conservar la cultura tacana —que incluye la difusión de su historia, danza, música, idioma, tejido y otros— los jóvenes y las nuevas generaciones, no están exentos de la globalización, sobre todo por lo fácil que ahora es adquirir celulares y adaptarse a las conexiones de internet, lo que les hace explorar, en muchos casos por curiosidad, culturas externas que crean tendencia a nivel mundial.

Las escuelas cercanas tampoco son exclusivamente tacanas. Los hijos de los indígenas comparten espacios con los hijos de los campesinos interculturales o de habitantes de regiones más alejadas, donde también intercambian diversas experiencias.

“Antes, cuando había una velada cultural, por influencia de terceros, se proponían bailar tinku, morenada, danzas que no son de esta región. Ahora le damos valor principalmente a las danzas nativas que son de la cultura tacana. Esta labor no solo depende de las escuelas, sino también depende mucho de la educación que los padres les dan a sus hijos, en sus casas”, agrega Beyuma.

La familia de Yasira le dio el incentivo que ella necesitaba para reconocer y disfrutar sus danzas tacanas. De hecho, señala que el hecho de haber nacido para celebración de la Santíma Trinidad (fiesta del pueblo que se conmemora los primeros días de junio) es uno de los motivos por los que ella cree que lleva la música y la danza de su cultura en la sangre.

Ese arraigo a su cultura no solo lo demostró en las actividades artísticas en las que participo a lo largo de su vida. También influyó en los diversos cargos que ocupó en su comunidad, como guía de turismo, en la organización de mujeres tacanas, en su organización territorial de base y como corregidora. Actualmente representa a la organización de mujeres de San Miguel y también es asambleísta suplente.

“Antes, nuestros papás peleaban porque no escuchemos los tocadiscos. Nos decían que era mejor la timbirimba. Así sentía que la música con bombo, pinquillo y flauta era más bonita que la música de disco. Ahora es un poco más complicado incentivar. Muchas veces los jóvenes se resisten. Por eso es que cuando puedo, yo trato de enseñarles, para que estas tradiciones no se pierdan”, sostiene.

En 2021, el Festival Artístistico se realizó con la participación de las unidades educativas donde estudian jóvenes de diversos sectores. quienes se involucraron más con la cultura tacana. Este año, la convocatoria fue principalmente de las comunidades tacanas que abarrotaron el coliseo de la unidad educativa Tumupasa.  Allí, decenas de niños y jóvenes participaron en las actividades relacionadas a las danzas y la música tradicional tacana.

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 Yasira bailó el “amor tacana”, que es una de las danzas que más lejos ha llegado en su difusión. A nivel departamental es una de las danzas que está presente, por ejemplo, en la entrada de la Universidad Mayor de San Andrés y en las muestras folclóricas autóctonas que se organiza a través de la Gobernación y la alcaldía de La Paz. Esa no es la única danza que tiene la cultura tacana. Hay al menos una docena de expresiones artísticas cuyos orígenes relatan momentos históricos o vivencias del pueblo tacana.

El aporte de las “bombillas”

Para Beyuma, si bien la danza es un tema prioritario, ésta va de la mano con la música. Y en ello tienen un rol fundamental las conocidas “bombillas”, que son el nombre que lleva el grupo de música tradicional tacana compuesta por entre tres y cinco personas. Los instrumentos que se utilizan son el bombo, el tambor, el pinquillo, la flauta y hasta la zampoña.

“Las bombillas nacieron en función a las fiestas religiosas, fiestas paganas que tiene el pueblo tacana. Hacen referencia a los sembradíos y se toca en agradecimiento a la buena cosecha. La música, en general, expresa ese agradecimiento a la madre tierra. Todos estos instrumentos se construyeron a lo largo del tiempo con materiales de la naturaleza”, dice Beyuma.

Los bombos, por ejemplo, se elaboraban a partir de un árbol conocido como vid de monte o manzana, cuya corteza le da la forma al instrumento; en la parte superior e inferior es tapada por un cuero de venado maltón (tierno). Entre tanto, las flautas se hacen de las tacuaras, más conocidas como bambú. “Para hacer ese instrumento se tiene que buscar la tacuara apropiada, en grosor, en años. No se puede hacer en tacuara tierna. Ese material sirve para hacer flautas, pinquillo o zampoñas”, señala Beyuma.

El crear una bombilla con los instrumentos nativos puede demorar al menos un par de meses. Sin embargo, ahora es más fácil conseguir bombos, tambores y hasta flautas industriales, que pueden ser adquiridos en el mismo Rurrenabaque. Asimismo, es normal que el flautero o pinquillero tenga un micrófono instalado en un cinturón cuyo sonido se reproduce en un altavoz para que la música se oiga más fuerte.

Héctor Cusi oriundo de comunidad de San Pedro cuenta que antes, las bombillas tocaban únicamente con instrumentos nativos en las fiestas de carnaval, fiestas de la comunidad y los aniversarios. “A mis 18 años aprendí a tocar el pinquillo escuchando lo que tocaban mis tíos. Luego he aprendido a tocar el bombo y el tambor, la flauta no tanto.  Antes no se permitían que menores de edad estén en las fiestas. Nuestros abuelos eran muy estrictos y cuando volvíamos del cuartel recién podíamos participar. Ahora hay más apertura”, cuenta.

Su comunidad, San Pedro, recién hizo la compra de los instrumentos metálicos, principalmente por el sonido, pues los instrumentos nativos producían música con bajos decibeles. “Cuando tocan los instrumentos no suena muy fuerte, la gente no baila, y bueno, la gente quiere oír fuerte. En cierta forma eso ha cambiado, pero hay ritmos que se mantienen”, señala.

En la actualidad, casi todas las comunidades tacanas tienen su propia bombilla, los que principalmente animan las actividades festivas. Estos grupos, como una forma de adaptarse, también comenzaron a adaptar su ritmo a algunas tonadas de cumbia más conocidas. “Ahora, la juventud de este tiempo le toma poco interés a nuestra música. Escuchan reguetón. Más antes no había la tecnología y la gente vivía en la comunidad, pero ahora por temas de estudio y trabajo salen de las comunidades, allí conocen otras culturas”, manifiesta Cusi.

La cercanía a otros espacios no es del todo mala. Personas que no olvidaron sus raíces igual difunden sus danzas o música. Es así, por ejemplo, que en Rurrenabaque, Reyes o Ixiamas existen bombillas que animan algunos eventos sociales, cuyo origen está en la cultura tacana.

Además, a través de portales como Youtube y Facebook también se comparten videos de los grupos musicales tacanas. De hecho, en el primer espacio virtual es uno de los sitios donde se puede escuchar la música tradicional con los instrumentos nativos, aunque la herramienta aun no es muy utilizada por los creadores de los ritmos.  “Nunca nos hemos grabado, pero sería bueno hacerlo y llevarlos a la red. Tal vez también nosotros tenemos que dar más incentivos, hacer más concursos y premiaciones para que haya interés de los jóvenes en aprender a tocar para que no se vayan perdiendo las bombillas”, afirma Cusi que tiene tres hijos de 13, 11 y cuatro años y a quien le gustaría que aprendan de su música.

Cartagena también reflexiona sobre la importancia de hacer que los jóvenes y los niños tomen conciencia de su cultura y que participen de las danzas para que se integre mejor la comunidad. Esa es una tarea que inculca a sus hijos de 21 y 12 años, además de su pequeño nieto de tres. “Hay que incentivar la danza, la música, pero hay algunos que con la tecnología se aíslan y que no se reconocen como indígenas. Yo les hablo, somos pueblos indígenas y tienen que aprender a valorar su identidad, su cultura”, reflexiona.

Presentaciones artísticas

Como una forma de incentivar la danza y la música, el Festival Artístico tuvo un concurso de danza en el que se presentaron más de 10 comunidades tacanas. En todos los casos, los participantes realizaron sus propios trajes con materiales que se pueden hallar en áreas boscosas de la región.

La comunidad Capaina, por ejemplo, presentó la danza de los sembradores. En este tipo de baile, los hombres llevan puesta una camisa y un pantalón jean. En la mano derecha llevan un pedazo de bambú con el que hacen ademanes para el arado de la tierra. También llevan colgado un marico (Bolso tejido tradicional) de gran tamaño en el que llevan el maíz para sembrar con un sombrero de sao. Mientras, las mujeres confeccionaron su vestimenta con chalas de maíz que fueron adheridas sobre telas de tocuyo. Estos trajes fueron adornados con granos de maíz y “lágrimas de Maria”, que son unas de semillas color azul, plomo y blanco perteneciente a una planta de la región.

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“Esta es la música y danza de nuestra comunidad Capaina que representa a los sembradores de maíz. Como jóvenes hemos ido aprendiendo de nuestros papás y abuelos”, afirma Yeseli Yohamona Serato, una niña de 13 años que participó de la demostración, que demostró con entusiasmo parte de su cultura.

Otra de las danzas tradicionales que se presentó es la “agüita mampareña”, que representa a la naturaleza.  Las ropas de las mujeres son realizadas con hilachas que se encuentran en los nidos de tojo, que es un ave de la región.  “Las mujeres llevamos en una de las manos tutumas de coco que adornamos con cintas de colores. También nos adornamos con collares de sirari (huaruru) y de lágrimas de maría. Los hombres se visten con pantalón y camisa blanca con sombrero que hacen de jipijapa y llevan en la mano un machete elaborado por un pedazo de madera. Nosotros hacemos que comiencen a bailar estas danzas desde el nivel inicial. Actualmente hay varios jóvenes que apoyan a su cultura”, señala Eliana Flores, comunaria de 26 años.

En el Festival Artístico también se recuperó la Danza de la Anaconda, baile que tiene su origen en la leyenda sobre una víbora que vivía en tierras y montes vírgenes donde no habitaban muchas personas. “Hemos sacado la vestimenta y la danza de la comunidad de Chiraca. Todo lo que se arma de con tela de color de la piel de víbora, un beige con negro y que se adornan con siraris, lágrimas de María, maíz y escamas de pescado paiche, que son grandes. Yo bailo desde hace dos años. Nos incentivan cuando se cuentan las historias. Esperamos sobre todo que los niños vayan aprendiendo y sigan las costumbres del pueblo”, dice Lily Romero de 18 años. En esta demostración, una niña de siete años acompañó la coreografía.

A su turno, la comunidad San Pedro presentó la danza el torito, que tiene un origen compartido con los pueblos originarios del departamento de Beni, que personifica la corrida de toros. Quienes personifican a los toros son mujeres y hombres que tienen capas y caretas talladas con cuernos. Mientras, las mujeres llevan vestidos que se asemejan a las polleras por debajo de las rodillas y blusas blancas. Todos hacen ademanes para simular corneadas.

Como un homenaje a los trabajadores del campo, la comunidad Carmen Tahua presentó la danza del tiritirí, aunque la participación en esta ocasión solo fue de las mujeres. Como parte de su vestimenta, la danza incluye el uso de un tipoy de colores vivos. Todas llevan en la cabeza una pañoleta y sobre ella, parte del agarrador de la canasta que construyen con hojas de motacú. “Con ese mismo material se teje el venteador. La canasta es donde maneja el plátano, el arroz, la yuca. Nos hace recuerdo a los primeros habitantes que habían en la región, que vivían de la pesca y de la caza, pero luego se volvieron agricultores. Antes no había acceso a nuestra comunidad, ahora ya llegó la luz, hay camino, eso nos ayuda bastante y tratamos de recuperar nuestra identidad cultural”, afirma María Chana, comunaria del sector, quien bailó acompañada de su pequeña hija.

Finalmente, una de las danzas tradicionales que se presentó fue la de los caimaneros que muestra cómo los habitantes de la comunidad Cachichira, quienes viven cerca de las riveras de los ríos, comenzaron con la crianza y comercialización de la carne de caimán a través de la organización Matusha Aidha, que en tacana quiere decir lagarto grande.

“Esta danza es una tradición de los tacanas que nos dedicamos a la caza de caimanes. La ropa es la misma que usamos en la caza, una camisa, pantalón jean, sombrero de sao y botas. También nos hacemos la réplica de las escopetas que usamos con pedazos de madera”, cuenta Valentín Cabina, joven de 20 años.

Esa noche de octubre, las comunidades tacanas no solo revalorizaron su música y danzas, también se reencontraron entre ellas e intercambiaron historias y vivencias con la promesa de repetir la experiencia en un próximo encuentro. “Llevamos en la sangre, en el corazón, el ser indígena, el ser tacana”, expresa Saúl Quenevo, quien como los demás trata de mantener con orgullo su cultura y sus tradiciones.

Fundación Tierra

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