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Roberto Durette

Tiene más de 70 años y es pura energía. Pura dinamita como buen cura minero. Los médicos recientemente le tocaron el corazón para ponerle un marcapasos y descubrieron que todavía galopa, especialmente cuando habla de sus convicciones y sueños de justicia, como de un caballo campeón pura sangre en un reñido Derby.
Llegó a Bolivia cuando apenas había cruzado la línea ecuatorial de la juventud, pero ya tenía la madurez de un ser que había asumido una ideología en el espacio más esplendido de la política: sus condiciones económicas y sociales personales. Llegó desde las tierras de Martin Luter King a las tierras de Tomás Katari, dos seres extraordinarios de la justicia y la libertad, cada uno en su tiempo histórico, pero en un mismo espacio político: la discriminación y la exclusión.
Robert Armand Durette Martin, oblato, más de 1.80 de estatura, promueve desde hace más de 25 años el acceso de los excluidos a la radio como el acceso a la vida; reproduce en cada momento de su vida el mensaje liberador del mejor comunicador de todos los tiempos: Jesús. No toma el púlpito para sermonear, sino para desgranar semillas de justicia en la vida diaria de los más pobres, por eso lo quiso acribillar la dictadura garciamecista; no toma el micrófono para decir lo que piensa, sino para sintonizar los pensamientos y los ahogados gritos de millones de seres humanos excluidos del futuro, por eso quisieron silenciarlo durante la Masacre de Amayapampa.
El Tata Roberto, como lo llamamos con cariño y respeto, comprendió al deletrear la historia que la condición imprescindible para la toma del poder por parte de los marginados, es la toma de la palabra, y a través de ella, la toma de conciencia. Con ese fin edificó y reforzó en los momentos clave de la historia del país los cimientos de Educación Radiofónica de Bolivia (ERBOL), que hoy es la red multilingüe más grande e influyente de Bolivia y, precisamente, produce y reproduce la toma de la palabra como la causa esencial de la administración del poder por parte de los pueblos indígenas y naciones originarias.
Lo conocí cuando era estudiante universitario, en una entrevista, en los estudios de radio Pío XII, Siglo XX, Potosí. Mi ser histórico marxista se topó de frente con aquellos agudos ojos azules de gringo “americano – bolivariano”, mirada auscultadora de pensamientos, retadora cuando se propone convencer de sus ideas. Hablamos de la radio como espacio de comunicación y movilizadora de acciones destinadas a buscar condiciones de vida humana, hablamos de sus ideas para articular pensamientos sociales en función de objetivos de la sociedad organizada, hoy llamados movimientos sociales.
Después de muchos años nos encontramos en ERBOL, no reconoció al estudiante universitario que disfrutó de sus ideas y las reprodujo, luego de mascullarlas, replantearlas y recontextualizarlas, en otros escenarios políticos y medios de comunicación, pero sintonizó rápidamente su alma, sus sueños, sus ideales y los fomentó en cada espacio, y los retó en cada diálogo.
Varias veces nos trenzamos en deliberaciones fuertes sobre la coyuntura del país y el trabajo de los compañeros y compañeras en las radios de Erbol, él con su estilo explosivo, acompañado por un lenguaje gráfico de sus manos, especialmente la diestra, que casi siempre termina una idea con un golpe seco en la mesa, lo que no significa que no da chance a una réplica, sino que es una forma de embalsamar sus ideas con pasión, adrenalina, lo que motiva en su interlocutor a pensar más rápido que él y retomar las ideas de Aristóteles sobre la retórica de Empédocles.
De los 50 años que cumplirá Pío XII el próximo 1 de Mayo, más la mitad fue protagonizada por Roberto Durette y sus compañeros, sus amigos, sus hermanos de trabajo, entre los que tiene el privilegio de figurar este humilde periodista, al menos en el último lustro. Casi toda su vida política y cotidiana vivió entre mineros, campesinos, indígenas, pobres, mujeres excluidas y marginadas, pero sin despreciar a los poderosos, sino solamente interpelando el pensamiento y la acción de éstos en pro del ejercicio de los derechos de aquellos, como lo hizo durante la Marcha por la Vida, la Masacre de Amayapampa y en otros episodios históricos.
Roberto Durette resistió la dictadura con lo único que tenía: la reproducción pensada de la palabra del pueblo; enfrentó a la democracia neoliberal con lo mejor que había cultivado: su inmensa humanidad y solidaridad contagiante; propugnó, en la decadencia de la democracia representativa, la cristalización de la libertad de expresión en la cotidianidad de cada una de las personas desesperadas por ejercer no sólo su derechos políticos, sino humanos. Contribuyó con una gran parte de su vida lo que ahora experimenta el país.
“Cambian los gobiernos, Andrés, posiblemente cambie este gobierno o lo cambie el poder, pero nosotros no debemos cambiar, seguiremos en el mismo lugar: con la gente más necesitada, con nuestros pueblos”, me dijo el Padre Roberto hace apenas dos meses en una expresión clara de su plena convicción católica cristiana de permanecer al lado de los más necesitados de la palabra de esperanza y justicia.
Mi reconocimiento y homenaje en estos 50 años de Pío XII y mi agradecimiento infinito, Padre Roberto, por amar a Bolivia incondicionalmente.

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