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Los niños de los ríos de colores: la contaminación en las cuencas del Titicaca

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El lago más importante del Perú, el Titicaca, tiene varias de sus 13 cuencas contaminadas. OjoPúblico visitó dos de ellas: la del Coata, que recibe aguas residuales y residuos sólidos, y la de Pucará, que acoge relaves mineros. La población de ambas áreas reclama soluciones desde hace más de una década, pues las actividades que les dan sustento —ganadería y agricultura— se han visto perjudicadas. Sin embargo, son más peligrosas las consecuencias que pueden sufrir en su salud. Sobre todo, los miles de niños que viven en la zona

Reunidos en medio del patio de recreo, una mañana soleada de setiembre, unos 30 niños y niñas de primaria hablan sobre el río del pueblo, dolores del cuerpo y piden deseos. “El color del agua es verde”, dice un pequeño chaposo de sombrero grande. “Los animales ya no hay, se han muerto”, sigue otro de ojos achinados. “A mí me duele la barriga cuando tomo agua del pozo”, susurra una niña con voz muy aguda. “A veces hay mareos”, cuenta otra pequeña de falda larga. “Yo quiero que sea como antes, para tomar el agua”, dice un niño con polera de Naruto. “Ahora está contaminado y está salado”.

De repente se alza una voz exaltada: “¡¡¡Los peces eran gordos pues!!!”, grita con emoción, como reclamando, un niño alto de mirada traviesa. Los demás comienzan a reír a carcajadas.

Así como en la escuela de Pojsin ―centro poblado de Puno, una de las regiones más pobres al sur de Perú―, los niños de las otras escuelas de esta zona a más de 3.800 metros de altitud saben que no deben beber agua del río, ni de los pozos subterráneos. Todos están contaminados.

El río se llama Coata y es el más importante de la cuenca que lleva el mismo nombre, una de las 13 que van a parar al lago Titicaca, el más grande de agua dulce de América y el más alto del planeta. Esta reserva natural y patrimonio mundial es, también, el origen del Imperio Inca según la mitología andina: de sus aguas emergió la primera pareja de humanos, Manco Capac y Mama Ocllo, para fundar la civilización del Tahuantinsuyo.

En los últimos años, sin embargo, el Titicaca se ha vuelto conocido por un hecho opuesto a la generación de vida: la mayoría de sus vertientes están contaminadas con metales pesados, metaloides y otras sustancias contaminantes que no deberían estar ahí, cerca de donde estudian y juegan miles de niños.

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CONOCIMIENTO. En las escuelas de primaria del Coata, los niños saben que sus ríos están contaminados.
Foto: Musuk Nolte / Bertha Foundation

Los niños y el río turbio

“Acasito nomás está el lago Titicaca, está a unos 500 metros”, dice Salomón Escalante ―sesentón, piel tostada, anteojos de marco plateado―, profesor de la escuela de Pojsin desde hace más de tres décadas. Alrededor suyo se han aglomerado niñas y niños de primero y segundo de primaria, que muestran orgullosos unas libretas grandes, con dibujos para el curso de Arte.

Una bandera peruana y una escarapela roja y blanca. Una mujer con trenzas y pollera que lleva como encabezado “mamá”. Una vocal “a” como una persona con el brazo extendido que agarra un bastón y camina sobre un pasto amplio y verdísimo. El profesor Salomón mira el dibujo y continúa: “Si ustedes fueran a ver, se darían cuenta que el agua está totalmente contaminada. La totora tiene basura. El lago es verdoso”.

En este asunto, la información oficial es abundante, pero dispersa. A través de un pedido de acceso a la información pública, la Autoridad Nacional del Agua (ANA) entregó a OjoPúblico 18 informes de monitoreo de la calidad del agua realizados en la cuenca del Coata, entre 2011 y 2021.

El más reciente de ellos indica que el río Coata, sus afluentes y la desembocadura del Titicaca tienen plomo, arsénico, zinc, talio, fósforo, escherichia coli y coliformes termotolerantes. Los dos últimos componentes están en el tracto intestinal y las heces de animales y humanos.

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CONTAMINACIÓN. Algunas de las fuentes de polución de los ríos del Coata son las aguas residuales y residuos sólidos de Juliaca.
Foto: Musuk Nolte / Bertha Foundation

“¿Saben qué pasa si toman agua contaminada?”, pregunta el profesor Salomón a los niños y niñas que muestran sus libretas abiertas de par en par. Los pequeños se quedan en silencio, miran hacia el piso o apartan la vista. Luego empiezan a hablar. “No”, “no”, “no”, dicen unos tras otros, con cierto desinterés.

El profesor Salomón y otras dos maestras de la escuela sospechan que la contaminación del agua es uno de los motivos por el que los niños ya no son tan buenos alumnos como antes.

“Hay niños, señorita, no sé si será por la contaminación… no retienen, no aprenden. Al momentico sí captan. Al día siguiente, nada, se olvidan ―dice Zorayda Checa, profesora de primero y segundo de primaria, cincuenta y tantos años, habladora y amable―. A veces, a los papás no les gusta que se les jale, quieren que se les dé esa oportunidad. Y, como yo pienso que son niños especiales, entonces se les aprueba nomás”.

Los pequeños con contaminación por metales pesados pueden sufrir efectos más letales que un mal año escolar. “Los niños de dos a cinco años que están comenzando a intoxicarse son casos graves ―dice por teléfono Fernando Osores, médico cirujano experto en toxicología clínica ambiental―. Cuando sean adolescentes o adultos jóvenes que ingresen a la población económicamente activa, van a debutar con una serie de enfermedades renales, hepáticas, en la piel, en los pulmones”.

La información oficial también es esquiva, incluso indescifrable. El Centro Nacional de Salud Ocupacional y Protección del Ambiente para la Salud (Censopas), del Instituto Nacional de Salud ―que, a su vez, depende del Ministerio de Salud― es la institución encargada de realizar los tamizajes para determinar si hay presencia de metales pesados y metaloides en la población. En la cuenca baja del Coata, Censopas hizo tamizajes de arsénico y mercurio en 2020, 2021 y 2022. Pero es muy difícil conocer las estadísticas generales de contaminación en las personas, pues la institución entrega los resultados en persona, solo a cada paciente.

En el Coata, Censopas ha hecho tamizajes de arsénico y mercurio en 2020, 2021 y 2022″.

Por medio de otro pedido de acceso a la información, OjoPúblico recibió un documento de 64 páginas con los resultados anonimizados de aquellos tamizajes. El propósito era conocer, específicamente, cuántos niños tienen o han tenido arsénico o mercurio en sus cuerpos. Pero el documento que entregó Censopas ocultaba las edades de los evaluados, por lo que fue imposible obtener datos precisos.

Quien ha logrado reunir algunas cifras es Félix Suasaca, presidente del Frente Unificado en Contra de la Contaminación de la Cuenca del Río Coata y el Lago Titicaca. “Han hecho análisis, el Ministerio de Salud, y ha detectado que el 83,5% de las personas en Coata tienen metales pesados en el cuerpo ―contó en agosto de este año―. Niños de cero, cuatro, 11, 12, 15, hasta ancianos de 85 años, tienen el mercurio y el arsénico”.

El informe que la Red de Salud de Puno le entregó a Felix en abril de 2021 advierte que el 79,9% de los participantes del tamizaje en tres distritos de la cuenca baja ―Capachica, Huata y Coata― presentaban concentración de arsénico en la orina por encima de los límites permitidos por la ley peruana. En el caso específico del distrito de Coata, como advierte Félix Suasaca, el porcentaje fue de 83,5%, el más alto de todos.

El líder del Coata también tiene un documento de 2020. Ese año, el Censopas realizó 55 tamizajes en Capachica, Huata y Coata. El resultado: 34 personas presentaban arsénico en niveles altos. Cuatro de ellos eran niños de entre cuatro y nueve años.

Al no poder beber del río ni de los pozos subterráneos, los habitantes de la cuenca baja del Coata ―entre ellos la escuela de Pojsin― reciben agua una vez a la semana y la almacenan en recipientes de todos los tamaños. El reparto lo hacen camiones cisterna de Sedajuliaca, la empresa que presta los servicios de agua potable y saneamiento en algunas provincias de Puno.

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MALESTAR. Varios niños y niñas de las escuelas del Coata se quejan de cansancio y dolores físicos.
Foto: Musuk Nolte / Bertha Foundation

En un extremo del patio de recreo, frente un tanque de agua negro popularmente conocido como “rotoplas”, el director de la escuela de Pojsin, Juan Carlos Salas ―cabello negro abundante, barriga prominente, jeans y zapatillas―, explica: “Bueno, como usted ve, esta es una escuelita apartada, rural. Evidentemente, lo que se desea es infraestructura ¿no? Lo otro que necesitamos es agua”.

La escuela tiene apenas ocho alumnos en primero y segundo de primaria; 13 en tercero y cuarto; y 10 en quinto y sexto. Sin embargo, el agua que reciben no es suficiente. “El agua de cisterna nos traen solamente una vez a la semana, y eso. Ahí reservamos, en rotoplas y es poco, no abastece a los niños. Se acaba antes de la semana ―se queja quien es director de la institución desde hace cinco años―. Ese es el gran problema que tenemos ahorita”.

Las fuentes contaminantes de la cuenca del Coata, de acuerdo a los informes de la ANA, son más de 20 vertimientos (ocho municipales, cuatro industriales, siete botaderos de residuos sólidos y tres descargas in situ). “No hay una sola fuente de contaminación en el Coata… Son varias y el mismo Gobierno está respondiendo esa pregunta”, dijo semanas antes, Bladimir Martínez, ingeniero ambiental integrante de la organización Derechos Humanos y Medio Ambiente (Dhuma), sentado en un café de Lima.

Para Martínez, que conoce de cerca el caso de Coata y otras cuencas del Titicaca, una causa importante del problema son los vertimientos de aguas residuales que realizan las municipalidades. “Ponerte el nombre de un solo municipio sería muy partidario ―explica el ingeniero ambiental―. Quizá puedo decir que en la cuenca del Coata, en general, ninguna municipalidad tiene, hasta el momento, una planta de tratamiento de aguas residuales”. Los sistemas que las municipalidades tienen para tratar el agua, explica el especialista, no son efectivos para las dimensiones de los desechos.

El desagüe de los más de 250.000 habitantes de Juliaca va a parar al río Coata».

Una de esas municipalidades es la de Juliaca, distrito de la provincia puneña de San Román, y una de las ciudades más grandes de la región. En palabras sencillas, el desagüe de sus más de 250.000 habitantes va a parar, sin un adecuado tratamiento, al río Coata a través del río Torococha.

Pero, para muchos vecinos de la parte baja del Coata, Juliaca no es solo una causa de problemas, sino también la solución: un destino mejor.

“Ellos dicen ‘a Juliaca quiero ir’”, cuenta la profesora de tercero y cuarto de primaria, Patricia Quispe Ticona ―cola de caballo impecable, saco y pantalón negro―. En la escuela de Pojsin, los niños y niñas saben que salir del Coata es una buena opción para sobrevivir.

¿Quién quiere estar cerca de una maravilla natural, pero sin agua limpia? No hay tiempo ni salud para esperar la solución con paciencia. En los últimos años, la cuenca baja del Coata ha ido perdiendo poco a poco a sus pobladores. La escuela de Pojsin es un claro ejemplo: en sus mejores momentos, en la década del 80, llegó a tener hasta 200 alumnos. Ahora, apenas sobrepasan la treintena.

En el patio de recreo, donde el sol sigue brillando con intensidad, la profesora Quispe Ticona le pregunta a los niños: “¿Ustedes se quieren ir a Juliaca?”.

“Sí”, “sí”, “sí”, se oye casi al instante. Las vocecitas en coro no dudan de sus respuestas.

“Allá tengo terreno, tengo casa ya”, dice de pronto un chiquillo que parece molesto y los demás, sorprendidos, lo miran con desconfianza.

Tal vez, quién sabe, hasta con algo de envidia.

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RECLAMOS. Los habitantes de las subcuencas Hatun Ayllu y Llallimayo, en la cuenca Pucará, reclaman que sus ríos están contaminados por la minería.
Foto: Musuk Nolte / Bertha Foundation

Los pozos y sus venenos

A la salida de la escuela de Pojsin, Estrella* ―11 años, cuarto de primaria, escurridiza como un ave― les da de beber a Lucía, Marisol y Rosita. Las tres vacas de sus padres son animales lentos y flacos, de pelos opacos y costillas marcadas. Pero ofrecen el sustento a la familia con sus quesos, yogures y leche.

Una a una, Estrella arrea a las vacas hasta unas bateas y ollas llenas con agua turbia.

“En esta parte baja de la cuenca los animales siempre están flacos. Por el agua es”, dice Alejandro Ticona, abuelo de Estrella. “Los chiquiritos [becerros] no pueden crecer, el agua los malogra pues”, se queja el hombre de 64 años que, en su juventud, solía ser pescador. En aquellos tiempos, los ríos tenían karachis, truchas, mauris, pejerreyes.

El agua que reparten los camiones cisterna no alcanza para el ganado. Las familias apenas pueden cocinar y, a veces, asearse. Las vacas, los toros, las ovejas deben beber de los pozos subterráneos que, hace un tiempo, construyeron los vecinos para no consumir el agua contaminada de los ríos de la cuenca baja del Coata.

Pero, como en un círculo vicioso de eventos desafortunados, hace más o menos cinco años se comprobó que las aguas de los pozos tampoco son aptas para el consumo. Desde entonces, las familias evitan beber de allí. Aunque no siempre lo consiguen.

“Cuando no viene el agua de cisterna tenemos que tomar del pozo ―dice don Alejandro Ticona―. De dónde vamos a tomar, pues”.

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ANIMALES. El agua de las cisternas no alcanza para el ganado, este debe beber de los pozos subterráneos contaminados.
Foto: Musuk Nolte / Bertha Foundation

 

Con un tercer pedido de acceso a la información, OjoPúblico consiguió los informes de los estudios de calidad de agua de los pozos, practicados entre 2018 y 2021 por la Dirección Regional de Salud (Diresa) de Puno. El último de estos documentos, de diciembre del año pasado, arroja que tanto los pozos de los distritos Coata, Huata y Capachica ―en Puno― como Caracoto ―en San Román― tienen una serie de metales pesados, metaloides y otras sustancias por encima de los límites permitidos.

Aprender la lista es un reto para la memoria: aluminio, arsénico, boro, hierro, manganeso, sodio, turbiedad, sólidos totales disueltos, nitratos y nitritos.

Si las personas no toman agua de los pozos subterráneos, pero sus animales sí, ¿sigue habiendo riesgo? Para Alfonso Apesteguía, director del Centro de Información, Control Toxicológico y Apoyo a la Gestión Ambiental (Cicotox) de la Universidad San Marcos, los habitantes del Coata también podrían sufrir contaminación indirecta: “Los mismos animales que matan y se los comen pueden tener los contaminantes”

Los habitantes de la cuenca del Coata reclaman una salida urgente para la contaminación que está acabando con la vida en sus territorios. Uno de los grandes pedidos es la construcción de plantas de tratamiento de agua potable. Al menos un par de las que existían antes han sido o están siendo renovadas, respondió el Ministerio de Vivienda, Construcción y Saneamiento a OjoPúblico.

Por ejemplo, indicaron que su trabajo de mejora en la planta de tratamiento de Juliaca ha permitido filtrar una mayor cantidad de sólidos que antes. También indicaron que, entre 2017 y 2022, han realizado distintos proyectos ―como esas plantas o la distribución de agua por camiones cisterna― de millones de soles que permiten que los distintos distritos de la cuenca baja del Coata accedan a agua potable.

¿Cómo saber si la empresa SedaJuliaca reparte el agua de forma eficiente a la gente del Coata? El Ministerio de Vivienda dijo que monitorea los camiones con supervisores en el campo y con fotos de georreferencia a las cisternas. Estas imágenes les permiten conocer la fecha, la hora y el lugar de la distribución. Esta, afirmaron, es constante y el volumen de agua que SedaJuliaca le entrega a la población depende de la información oficial que han brindado las municipalidades.

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VULNERABLES. Niños y adultos de las cuencas están expuestos a distintos metales y otras sustancias nocivas.
Foto: Musuk Nolte / Bertha Foundation

Sentados en unas mesas, en un aula grande, alrededor de 20 adolescentes cuentan lo que han encontrado una semana antes en la desembocadura del Torococha, el río que trae consigo las aguas residuales y los desechos sólidos de Juliaca hasta el Coata:

―Vamos divididos en grupos, en distintos puntos: el río Torococha, 50 metros abajo y 200 metros arriba.

―Durante los análisis, hemos visto que el río Torococha no tiene capacidad para tener animales.

―Antes del punto de contacto del río Coata con el río Torococha aún hay vida. Como a 200 metros, sí hay vida. Al menos un poco de vida hay.

―Nadie se imaginaba que el lugar iba a ser tan contaminado, cuando llegamos sentimos un olor bien desagradable. Me dolió la cabeza, mareos y me dio ganas de vomitar.

―Por ahí vive gente… habían borreguitos amarrados. Pero también había aves muertas, esqueletos.

―¿El río? Ese río está muerto.

Estos adolescentes eligen su vocación influenciados por las demandas de sus comunidades. Dicen que quieren ser médicos para sanar los males de su pueblo o ingenieros ambientales para sanar los males del medioambiente.

“¿Tú recuerdas cuando ha sido la última vez que consumiste agua de río?”, le preguntan a un jovencito de unos 15 años, de cachetes abultados y piel brillante.

“Bueno, fue hace dos meses ―responde el chico―. Es que antes vivía en la orilla del lago Titicaca, pero ahora ya me he mudado. Ya no voy a tomar”.

Sus compañeros y compañeras intentan contener la risa.

El pueblo grande

“¡Amarillo!”, “rojo”, “naranja” gritan un grupo de niñas y niños de entre tres y cinco años. “Rojo”, “naranja”, “amarillo”, responden en voz alta. De la mano de su maestra, una joven treintañera con moño y mandil, los pequeños gritan los colores del río del pueblo mientras atraviesan el campo rumbo al canal de agua más cercano.

En el jardín de infantes Tupac Amaru ―distrito de Ocuviri, a más de 4.200 metros de altitud― los niños no solo aprenden los colores con dibujos y pinturas, sino también por las aguas cambiantes y contaminadas de sus ríos.

“Antes de la pandemia, hemos traído en moto a los niñitos desde sus comunidades ―cuenta su profesora, Alicia Huaynacho―. Por el lado de la carretera, por el puente, pasábamos y ellos aprendían: ‘el agua es amarillo’, ‘está rojo’, ‘está naranja’ decían”.

Si en el Coata la contaminación vuelve a las agua de color verde, aquí en el nacimiento de la cuenca Pucará ―otra de las 13 de la vertiente del Titicaca―, la contaminación torna al río de color naranja, amarillo, rojizo.

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PELIGROS. Los metales pesados causan mayores estragos en niños menores de cinco años.
Foto: Musuk Nolte / Bertha Foundation

Los vecinos del lugar llaman a la parte de la cuenca alta como “Jatun Ayllu”, que en quechua significa “pueblo grande”. Sin embargo, este pueblo está perdiendo su grandeza, desde hace más de una década.

“En 2009 iniciaron las primeras contaminaciones de la mina y hemos encontrado truchas muertas. El 2012, ya estaba totalmente muerto el río y la empresa minera no nos avisa a nosotros. Hemos consumido nuestra agua todo ese tiempo”, dice Germán Huarca Bobadilla, presidente de la Asociación de Propietarios Originarios de la Cuenca Jatun Ayllu, sentado en el lugar donde el desastre empieza: el cruce de los ríos Huarucani y Chacapalca.

El primero tiene un color naranja muy turbio, el segundo todavía deja ver las rocas a través de sus aguas.

El río naranja viene de la zona donde trabajaba la minera de la que don Germán Huarca se queja: Aruntani S.A.C. Esta compañía llegó al distrito de Lampa en 2007, e instaló la unidad Arasi para extraer oro en la cabecera de cuenca Pucará.

“‘Nunca vamos a contaminar’ ingresó diciendo la empresa. Y nosotros creíamos que no lo iban a hacer . Ellos dijeron ‘sus hijos van a ser mejores, más superados’, ‘mejores estudios van a tener’, ‘les vamos a apoyar a ustedes’ ―reniega el hombre de 54 años―. No nos da eso hoy en día. Mira, así nos ha dejado la empresa. Ni un apoyo de nada tenemos”.

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NARANJA. En la cabecera de la cuenca Pucará el río se vuelve anaranjado debido a los contaminantes que recibe.
Foto: Musuk Nolte / Bertha Foundation

 

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DEPREDACIÓN. Los habitantes del lugar se dieron cuenta de la contaminación cuando los peces comenzaron a morir.
Foto: Musuk Nolte / Bertha Foundation

Entre 2013 y 2019, el Organismo de Evaluación y Fiscalización Ambiental (OEFA) realizó una serie de estudios de impacto ambiental en las áreas de influencia de la unidad minera Arasi. Gracias a un cuarto pedido de acceso a la información, OjoPúblico obtuvo estos documentos.

En ellos se afirma que, al menos en 2013, 2016, 2017 y 2019, se encontraron metales y otros contaminantes por encima de los límites permitidos en aguas superficiales, aguas subterráneas y sedimentos. La lista de lo que se halló esos años es larga, pero sobre todo dañina: PH ácido, arsénico, hierro, manganeso, mercurio, aluminio, cadmio, cobalto, cobre, níquel y zinc.

Como medida preventiva, en 2017, el OEFA ordenó el cierre de operaciones de la unidad minera Arasi. Si bien actualmente se encuentra en proceso de cierre, la gente de Jatun Ayllu se queja de que Aruntani sigue botando sus desechos a los ríos. “Hemos hecho paros, no nos han escuchado las autoridades ¿Por qué, pues, no nos pueden apoyar? ―dice Germán Huarca―. Las autoridades junto con nosotros deben estar, ojalá un día así se haga”.

La mina, en cambio, tiene una versión diferente. En un extenso documento, respondieron todas las preguntas que OjoPúblico les hizo. Por ejemplo: ¿Cuál es su postura frente a los diagnósticos del OEFA? ¿Cuál es el estado del cese de sus operaciones? ¿Cuál es la relación que mantienen con la población que reclama reparación?

La empresa dice que la OEFA ha encontrado que sus sistemas de tratamiento de agua no alcanzaban los parámetros establecidos solo en un número menor de evaluaciones. Además, indicaron, siempre han estado dispuestos a mejorar su trabajo con el agua, pero el Ministerio de Energía y Minas (Minem) rechazó sus propuestas al respecto en más de una oportunidad.

Aruntani dice que algunas evaluaciones del OEFA ha observado sus sistemas de tratamiento de agua».

En cuanto al cierre de la unidad minera, Aruntani sostuvo que es el Minem quien debe realizarlo, de acuerdo a lo establecido legalmente, pero lleva más de dos años ―26 meses― sin mayores avances. Mientras antes actúe, indicó la compañía, los efectos negativos en el medioambiente serían menores, pues no habría tanta agua contaminada habrá por tratar.

También respondieron que ellos siguen realizando “actividades de control y manejo ambiental” en su unidad minera. Por eso, desde este año han mejorado sus procesos para tratar el incremento de las aguas sucias. Además, explica Aruntani, siempre han estado abiertos al diálogo con la población, pero en dichos encuentros, afirman, “se ha visto comprometida, en un grado sumamente preocupante, la integridad física” de su “gente”.

En el inicial Tupac Amaru, los alumnos son niños curiosos y pacíficos, que aún no están preparados para enfrentar a nadie. De hecho, la profesora Alicia Huaynacho no sabe si  algún día logren estar listos:

“Cuando ellos vienen acá, a veces están con sueño. Están un poco desganados, regañando. Hay días en que una horita no más están pilas, luego ya les viene el sueño, el cansancio, y se sientan. Muchas veces se duermen ―explica y, luego, señala una pequeña cama de juguete, apostada en un rincón del salón―. Como tengo aquella camita, ahí nomás los hago dormir”.

En el distrito de Ocuviri, los niños duermen debido al cansancio. Los más grandes, mientras tanto, lo hacen con nostalgia. Horas antes, mientras desayunaba una trucha frita del mercado, Mario Huarca ―cabeza y nariz grandes, tío abuelo de uno de los alumnos del jardín Tupac Amaru― contó uno de sus últimos sueños, como quien canta una canción antigua y entrañable:

“¿A qué se deberá eso que sueño?

Tal como estaba el agua en aquellos tiempos.

Así, clarito.

Ahí pescando trucha estaba yo.

He soñado en estos días.

A veces sueño un mes.

O cada dos meses.

O cada quince días.

Siempre sueño.

Pero después, cuando me despierto, me acuerdo:

‘pero el río está contaminado’.

Y me digo ‘¡cómo me sueño así!’

Y me da por pensar ese día”.

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RECUERDO. Mario Huarca, antiguo vecino de Llalli, recuerda con nostalgia los días en que el río aún tenía vida.
Foto: Musuk Nolte / Bertha Foundation

Los hermanos también pelean

“Yo siempre estaré hablando las cosas como debe ser: los hermanos del distrito de Ocuviri han dejado instalar esta mina en su sector pensando que, de repente, les iba a traer progreso” ―dice con voz firme Nestor Ccasa Acsara, presidente del Frente de Defensa de Recursos Hídricos de la Cuenca Llallimayo―. “Ellos han convivido con la mina, se han beneficiado y, ahora, se han dado cuenta de que contaminan. No es así tampoco. Ellos han debido pensar desde el principio”.

En las familias de la región altiplánica, los hermanos también pelean.

Cuando pensamos en una cuenca hidrográfica, debemos imaginar una pendiente, explica el ingeniero ambiental de Dhuma, Bladimir Martínez. Las cuencas tienen una parte alta, que es su nacimiento y está en las montañas. También tienen una parte media y una parte baja, que va a parar al mar o a un lago. Esta explicación es importante para entender cómo viajan las aguas de la cuenca del Pucará. También para comprender las tensiones entre sus pueblos.

El origen de la cuenca Pucará está en la microcuenca Jatun Ayllu, distrito de Ocuviri, que pertenece a la provincia de Lampa. Allá donde Germán Huarca y los niños del inicial Tupac Amaru. Las aguas anaranjadas que salen de ese lugar bajan a través del río Chacapalca y entran a un nuevo distrito: Llalli, en la provincia de Melgar, conocida como la capital ganadera del Perú. En ese punto, el río cambia de nombre por Llallimayo, que es parte de la subcuenca del mismo nombre.

Más allá de los desencuentros entre los vecinos de Jatun Ayllu y Llallimayo sus problemas son muy similares».

Los distritos que se han declarado afectados por la contaminación de la minera Aruntani son Ocuviri (Lampa), y Llalli, Cupi, Umachiri y Ayaviri (Melgar). Sin embargo, los de Melgar acusan a los de Ocuviri de haber permitido el desastre al dejar entrar a la mina. No les hicieron caso a sus advertencias, dicen. Se quejan de que actuaron en beneficio propio.

Más allá de los desencuentros entre los vecinos de Jatun Ayllu y Llallimayo, sus situaciones son muy similares. Animales que beben de ríos contaminados y, luego, sufren diarreas o abortan. Ríos sin peces. Cosechas exiguas: papas pequeñas y de mal sabor.  Pueblos que se van quedando sin sus habitantes.

Su pedido, además, es el mismo: necesitan una planta de tratamiento de aguas ácidas, cuya construcción está a cargo del Minam y el financiamiento va por parte del Ministerio de Energía y Minas (Minem). El Minam está identificando los lugares en donde podría construirse dicha planta, de acuerdo a las respuestas que le envió a OjoPúblico. Para ello, dijeron, acaban de realizar un diagnóstico de la calidad de los suelos en Llallimayo. También les dan asistencia técnica a los municipios.

El Minem no dio información sobre la planta de tratamiento de aguas ácidas. Pero sí se pronunció sobre el papel que consideran vienen cumpliendo en la solución de la contaminación. Por ejemplo, indicaron que, entre 2019 y 2021, su ministerio ha participado de mesas de diálogo y mesas de trabajo ―tanto en el Coata, como en Llallimayo― en las que se han propuesto distintas acciones para resolver tanto la contaminación. Su rol va desde encontrar financiamiento para los proyectos, hasta integrar los grupos que supervisan que los compromisos se cumplan.

En cuanto a Llallimayo, el Minem indicó que tienen una relación fluida con las autoridades y los líderes, con quienes dialogan continuamente. También dijeron que están coordinando la transferencia de sus recursos al Ministerio de Desarrollo Agrario (Midagri) para crear un servicio de recuperación ambiental en la cuenca Llallimayo. Además, transferirán parte de su dinero al municipio de la provincia de Llalli, para mejorar su sistema de agua potable y saneamiento.

Un grupo de entidades del Estado no respondió ninguna pregunta sobre las cuencas Coata y Pucará: el Ministerio de Desarrollo Agrario, SedaJuliaca, la Dirección Regional de Salud de Puno y la oficina Defensorial de Puno. Fueron varios los pedidos para entrevistar a sus representantes.

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PACIENCIA. Los vecinos de las cuencas llevan esperando por más de una década que las autoridades solucionen los problemas de contaminación.
Foto: Musuk Nolte / Bertha Foundation

En todas estas localidades el sustento diario se obtiene con la ganadería y la agricultura, actividades que son directamente afectadas por la polución. Quizá por eso la gente habla mucho de lo que ha perdido, está perdiendo y perderá en ganancias materiales.

Todavía no han podido indagar mucho sobre los efectos que la contaminación por metales tiene en la salud. Específicamente, en la de los niños.

Pero como ocurre en la mayoría de los pueblos, los niños tienen, por lo menos, una idea vaga de lo que está ocurriendo con sus aguas.

En la plaza principal de Llalli, un grupo de niñas y niños que jugaba voley dejó la pelota a un lado para hablar del agua sucia del Llallimayo. Eran chicos de entre cinco y siete años, tímidos, pero enterados. Dijeron que el río ya no tiene peces ni ranitas. Que ellos no toman nunca de esas aguas. Que, si así lo hicieran, les dolería la barriga. No están seguros, dijeron, pero sospechaban que en otros lugares de Perú también había ríos enfermos.

A unos minutos de Llalli, en el distrito de Ayaviri, la situación es similar. En medio del recreo, niños y niñas de primero y segundo de primaria hablaron acerca de que “el agua se está volviendo como basura”. Sobre el hecho de que las “basuritas” han vuelto verdes las aguas del río. Otros, los más despistados, le echaron la culpa a los adultos que echan al río las piñatas de sus fiestas, sus mascotas muertas, los huesos de sus comidas y hasta los pañales de sus hijos.

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RENOVACIÓN. El sistema de tratamiento de aguas que tiene Juliaca, reclaman los líderes del Coata, está colapsado y no mitiga la contaminación.
Foto: Musuk Nolte / Bertha Foundation

El arsénico a orillas del lago más alto

Sergio* es un niño de cinco años que lleva el nombre de un participante del reality show más visto en Perú. Un programa televisivo de competencia física integrado por mujeres y hombres fornidos y muy ágiles. Sentado en una pequeña silla, en el aula del inicial de Carata ―un centro poblado en la cuenca baja del Coata―, Sergio escribe su nombre en un cuaderno con algo de dificultad. Las letras, aunque temblorosas, se dejan leer claramente. Se podría decir que el niño está sorteando la competencia de la escritura con un éxito moderado.

Pero aún tiene grandes obstáculos por enfrentar en la competencia por mantenerse sano.

―¿Tú tomas el agua contaminada o el agua limpia?

―El agua limpia ―responde Sergio, sin levantar la vista de su cuaderno.

Pero su madre ―una jovencita ama de casa de 21 años, que parece una adolescente y a quien llamaremos Lorena― dice que en su familia solo beben agua de los pozos contaminados. Los camiones cisterna no llegan hasta su casa, a pesar de que queda a un par de cuadras de la carretera.

―A mi hijito le han encontrado que tiene arsénico, el año pasado. A mi bebita no la llevé porque no pude ―cuenta en voz baja y con tranquilidad, mientras carga a su hija menor, una niña de unos dos años.

Sergio es uno de los pocos casos conocidos de la niñez contaminada por arsénico en las cuencas de Coata y Llallimayo. No es que estos no existan, sino que los padres y la madres tienen temor y vergüenza de contarlo. ¿Por qué querrían añadir otra preocupación, la de dar explicaciones a los demás, a sus ya complejas vidas?

Lorena y su familia viven a unos minutos del jardín de niños. Dice que allí guarda los resultados del tamizaje de su niño.

La casa es una suerte de patio de tierra grande, rodeado de habitaciones que comparte con sus cuñados y cuñadas, sus suegros, y los hijos de todos ellos. En un rincón está el pozo subterráneo del que todos beben. En el suelo hay varias bateas y baldes con agua turbia. A lo largo de unos cordeles se agitan las ropas infantiles recién tendidas.

Cuando pasó por su primer tamizaje, Sergio tenía apenas cuatro años y presentó el doble del nivel de arsénico permitido. «Yo estoy sano», había dicho Sergio minutos antes, en el salón de su escuela.

―Desde que nació, el Sergio es chiquito y flaquito. Ha salido a su mamá ¿no la ves? ―bromea uno de los cuñados de Lorena.

La chica cuenta que hace unos días la llamaron de la posta de Charata. Querían tomarle una nueva prueba de control a Sergio.

―Me dijeron que también podía llevar a mi niñita para ver si tiene arsénico… pero no he podido.

El marido de Lorena sale todos los días a trabajar a Juliaca, como mototaxista. Ella se queda sola con sus hijos.

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ESCASEZ. Incluso cuando evitan hacerlo, la gente termina tomando agua de los pozos subterráneos.
Foto: Musuk Nolte / Bertha Foundation

El director del Centro de Información, Control Toxicológico y Apoyo a la Gestión Ambiental, Alfonso Apesteguía, advierte con alarma que el arsénico es “lo peor”, un potente cancerígeno. Fernando Osores, experto en toxicología clínica ambiental, añade que cuando existe intoxicación crónica con arsénico, la enfermedad llega entre 10 y 20 años después. “Pero no vas a esperar ese tiempo hasta que llegue el cáncer ―indica el médico― en la toxicología existe el principio de precaución y se debe actuar cuanto antes”.

Las personas del Coata a quienes se les ha detectado arsénico en el cuerpo llevan un control médico continuo, asegura Noelia Pari, coordinadora de la Estrategia de Metales Pesados de la Red de Salud de Puno, desde esa región. Esta vigilancia consiste en citas mensuales, trimestrales, semestrales o según el criterio de cada médico.

Además, recalca la funcionaria del Estado, en la cuenca baja quienes tienen arsénico en el cuerpo son, sobre todo, los adultos y tan solo unos pocos niños.

Un detalle más: la joven mamá, Lorena, dice que ella también ha pasado por un tamizaje. En la hoja de resultados se lee que ha dado positivo. Así como su niño, ella también tiene un alto porcentaje de arsénico en el cuerpo.

Antes de despedirse, agradece la visita. En un rato Sergio volverá de clases y ella tiene que atenderlo. Es un niño muy inquieto que, a pesar de todo, siempre quiere jugar.

―¿No has pensado en mudarte? ¿No te gustaría vivir en otro lugar?

―¿Como así? ―responde extrañada la chiquilla, como si nunca le hubieran hecho esa pregunta.

―Irte a otra ciudad con tus hijos.

―A veces sí… ―responde en voz baja―, pero no hay plata.

 

*El nombre de los niños y las niñas ha sido modificado u ocultado para proteger sus identidades por motivos de seguridad.

Ojo Público

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