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¿Cómo se ven afectados los aliados de Putin tras la invasión de Ucrania?

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Es Global

La invasión militar a Ucrania ordenada por el presidente ruso Vladímir Putin el pasado 24 de febrero coloca también en el tablero geopolítico la posición de los aliados y socios del Kremlin ante este conflicto. Particularmente, en lo relativo a cómo pueden verse afectados en un contexto definido por las sanciones occidentales y el previsible aislamiento de Rusia del mundo occidental.

Rusia

Principales alianzas de Putin. (Elaboración propia)

Desde la llegada de Putin al poder en 2000, Moscú ha elaborado una estrategia global de alianzas y de áreas de influencia desde Europa hasta Asia, África y América Latina que le ha permitido reconstituir su estatus de potencia global, apostar por la multipolaridad e inserir en diversos mercados aprovechando sus importantes recursos energéticos.

Por ello, y a pesar del actual contexto de aislamiento que desde EE UU y Europa se imprime a Moscú motivado por la guerra en Ucrania, Rusia posee una importante red de alianzas exteriores que le permite, al menos por ahora, amortiguar los efectos de esas sanciones. Está por ver si, al mismo tiempo, este sistema de alianzas de Putin podría no sólo aliviar las sanciones occidentales sino también, eventualmente, ejercer alguna influencia en el presidente ruso a la hora de respaldar iniciativas de negociación y de pacificación del conflicto ucraniano.

Los aliados (casi) irrestrictos

Comencemos por los aliados más cercanos a Putin. El principal es China, un socio estratégico cada vez más importante en las áreas económica, tecnológica, militar y geopolítica. No hay que olvidar que Rusia y China forman parte del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas y que, con frecuencia, han votado conjuntamente en cuestiones relacionadas a las distintas crisis internacionales.

El pasado mes de febrero, Moscú presidió el Consejo de Seguridad de la ONU, un factor que le otorgó un margen de maniobra estratégico a la hora de vetar cualquier tipo de votación sobre la crisis ucraniana que contrariara sus intereses. Este mes de marzo de 2022, la presidencia la tiene Emiratos Árabes Unidos, lo cual puede significar un punto a favor del Kremlin, ya que la posición oficial del emirato es precisamente no tomar partido en el conflicto, no condenar la invasión a Ucrania y llamar a Rusia al diálogo.

El pasado 4 de febrero, Putin visitó Pekín en el marco de la inauguración de los Juegos Olímpicos de Invierno, sellando acuerdos comunes con respecto a la crisis ucraniana. Visto en perspectiva, China y Rusia se han aliado para oponerse a EE UU, pero la invasión militar a Ucrania parece también poner a prueba la consistencia de esta relación estratégica sino-rusa.

Pekín parece sentirse incómodo en esta crisis, ya que podría estar observando que una agresión militar rusa a un país soberano como Ucrania no sólo viola el Derecho Internacional sino que, en caso de apoyarlo, China corre el riesgo de malograr su imagen global, perjudicando así sus relaciones económicas con Europa. Del mismo modo, Pekín se vería igualmente arrastrado a sufrir las sanciones internacionales, obligándole a activar una política conjunta con Moscú para repelerlas.

Por ello, Pekín evitó reconocer la independencia de facto del Donbás anunciada por Putin el 21 de febrero, instando a respetar los Acuerdos de Minsk y la integridad territorial ucraniana. Su posición fue aún más distante tras la invasión rusa a Ucrania, aunque exista sintonía por su parte en aceptar las demandas de seguridad del Kremlin con respecto a la expansión de la OTAN y rechazar la vía de las sanciones unilaterales. China mantiene una prudente posición de no inherencia en el conflicto.

Con todo, debe observarse con atención el papel diplomático chino. Si la guerra en Ucrania se prolonga provocando una crisis humanitaria y de refugiados masiva hacia Europa, Pekín podría erigirse en un actor diplomático de importancia a la hora de equilibrar las, prácticamente, rotas relaciones ruso-occidentales. Por su previsible influencia sobre Putin y sus relaciones con Occidente, se prevé que Pekín sea un interlocutor clave y muy probablemente decisivo para desescalar el conflicto militar en Ucrania y geopolítico entre Rusia, la OTAN y EE UU.

Tras China está Bielorrusia, el aliado más estrecho de Putin en Europa. La sintonía entre el presidente bielorruso Aleksandr Lukashenko y Putin es casi total. Previo a la invasión a Ucrania, los ejércitos de ambos países han realizado ejercicios militares que se han visto consolidados con la invasión.

Con la guerra en Ucrania en marcha, Lukashenko realizó el 27 de febrero un referéndum de reforma constitucional que le permite legitimar su presidencia y la permanencia de las tropas rusas y el armamento nuclear en su territorio. Pero Bielorrusia también sirvió de escenario el pasado 28 de febrero para la primera toma de contacto entre representantes rusos y ucranianos con el objetivo de acordar un alto al fuego. Propiciar este encuentro diplomático, con avances aún en ciernes, podría mejorar la imagen bielorrusa.

Rusia es también el socio comercial más importante para Bielorrusia, en particular a la hora de proveerle de petróleo y gas. Toda vez, Minsk forma parte de la Unión Económica Euroasiática (UEE), impulsada por Putin desde 2015.

En el contexto actual de la guerra en Ucrania, Bielorrusia se erige como un actor clave: ha manifestado apoyo a Rusia y permisividad a sus operaciones militares desde territorio bielorruso pero, al mismo tiempo, ha dado margen a la diplomacia a través del ya mencionado encuentro entre rusos y ucranianos.

Desde 2020, Minsk ha sido objeto de las sanciones occidentales tanto por la represión contra disidentes de cara a las elecciones presidenciales como por la actitud del régimen de Lukashenko en la crisis migratoria acaecida en las fronteras orientales de la Unión Europea a finales de 2021. Ahora sentiría el mismo impacto ante las sanciones occidentales aplicadas a Rusia por la invasión a Ucrania, tomando en cuenta la dependencia de la economía bielorrusa de su vecino ruso.

Otro aliado estrecho de Putin es Kazajistán. La rebelión acaecida en enero pasado en este país centroasiático determinó el apoyo militar inmediato de Putin al presidente kazajo Kassym-Jomart Tokayev, vía Organización del Tratado de Seguridad Colectiva (OTSC), entidad creada en 1992 y que le garantiza a Moscú una importante área de influencia en la periferia euroasiática exsoviética desde Bielorrusia hasta Tayikistán.

La sintonía ruso-kazaja explora también el aspecto energético, ya que Kazajistán es productor de gas natural y de petróleo. La estatal rusa Gazprom tiene intereses en el mercado energético kazajo. En el actual contexto de sanciones occidentales, Rusia observa con interés a Kazajistán como un mercado alternativo que le permita, momentáneamente, amortiguar los efectos de las sanciones occidentales contra la economía rusa.

No obstante, la dimensión de la economía kazaja es notoriamente menor que la de China, por establecer una comparación que pueda servir de ejemplo para los intereses económicos rusos a la hora de buscar nuevos mercados ante las sanciones occidentales. Con aproximadamente 20 millones de habitantes, Kazajistán tiene un PIB per cápita de 8.710 dólares (2020) frente a los 1.400 millones de habitantes de China, la segunda economía mundial, con un PIB per cápita (10.550 dólares) superior al kazajo.

En este contexto euroasiático también está Armenia, unida con Rusia por lazos históricos, culturales y religiosos. Miembro de la UEE y la OTSC, la economía armenia es muy dependiente de su vecino ruso, especialmente en materia energética (alrededor de un 80% del consumo energético armenio está en manos rusas). Incluso en conflictos armados como el de Nagorno Karabaj que enfrenta a Armenia con Azerbaiyán desde 1987, Moscú se ha erigido como el actor más influyente en su resolución.

Por otro lado, cabe destacar que Armenia navega en los sinuosos equilibrios geopolíticos entre Rusia y Occidente. Ereván es también miembro del Consejo de Europa, del Convenio Europeo de Derechos Humanos y firmó en 2017 un acuerdo de asociación con la Unión Europea.

Ya en el contexto interno de la Unión Europea tenemos a Hungría. El primer ministro húngaro Viktor Orbán, que se somete a una nueva reelección el próximo 3 de abril, se ha constituido en un importante aliado de Putin en el seno de la UE, algo que ha creado molestias y confrontaciones entre Budapest y Bruselas.

En 2017, Orbán compró reactores nucleares rusos y acordó proyectos espaciales de investigación conjuntos. También importó la vacuna rusa Sputnik desafiando a Bruselas por no estar aprobada por la Agencia Europea de Medicamentos (EMA). A cambio, Hungría obtiene gas ruso a un precio especial.

En el actual contexto de la crisis ucraniana, Hungría ha sido uno de los últimos países de la UE en condenar la invasión rusa a Ucrania, y lo ha hecho con un perfil bajo, toda vez ha aceptado respaldar las sanciones europeas, particularmente tras el reconocimiento ruso de la independencia del Donbás. Pero está por ver si la ruptura de facto entre Rusia y Occidente le pasará factura electoral a Orbán en las elecciones de abril. En este apartado, existen algunas discrepancias en las altas esferas de poder en Budapest. Mientras el primer ministro húngaro maneja delicados equilibrios entre Putin y Occidente, el presidente de su país János Áder comparó la invasión rusa a Ucrania con la realizada por la URSS a Hungría en 1956 en plena Guerra Fría, que terminó aplastando la rebelión antisoviética húngara.

Debe tomarse en cuenta otro factor que también podría influir en las relaciones entre Hungría y Ucrania, contextualizado ante la actual crisis: la situación de la minoría húngara en Ucrania, calculada en aproximadamente 170.000 personas en la región occidental ucraniana de Zakarpatia (históricamente conocida como Transcarpatia) y cómo Kiev (y también Bruselas) observan con preocupación la sintonía de intereses entre Orbán y Putin.

Budapest ha acusado a Kiev de «privar de sus derechos a los húngaros étnicos en Ucrania», lo cual determina los roces y el distanciamiento húngaro con respecto a Kiev. Tampoco se debe olvidar que en esa región de Zakarpatia también existe una minoría étnica de origen ruso, los rutenos. Para Moscú, la diáspora y las minorías étnicas rusas en el espacio euroasiático suponen un actor importante de definición de la política exterior del Kremlin, que implica también su intervención en los asuntos internos de esos países.

Fuera del marco de la UE está Serbia, país que como en el caso armenio también tiene lazos históricos, culturales y religiosos con Rusia. Además, el presidente serbio Aleksandar Vučić (quien considera a Rusia un «hermano mayor») recibe ayuda energética de Moscú, ha adoptado por las vacunas rusa y china, rechaza las sanciones occidentales contra Rusia y tiene calendario electoral a corto plazo con unas elecciones generales anticipadas el próximo 3 de abril.

La sintonía serbia con Rusia se consolidó cuando el 25 de octubre de 2019, Serbia se convirtió en el primer país europeo en firmar un acuerdo de libre comercio con la UEE. No obstante, Belgrado también es candidato al ingreso en la UE.

Si tomamos en cuenta el actual contexto de la crisis ucraniana y cómo influye en las relaciones de Serbia con Rusia y la Unión Europea, observamos en qué medida Belgrado utiliza la historia reciente como argumento de peso, especialmente ante Ucrania, para posicionarse en este conflicto. El presidente Vučić llegó a declarar que si Ucrania condenaba los ataques de la OTAN contra Yugoslavia en 1999 por la guerra de Kosovo, Belgrado haría lo mismo ante la invasión rusa a ese país. El silencio se ha hecho patente entre Kiev y Belgrado, razón por la que hasta los momentos Serbia no ha condenado la invasión a Ucrania.

La crisis ucraniana también ha tenido incidencia en los Balcanes. Croacia advirtió que la invasión rusa a Ucrania podría convertirse en un factor de desestabilización en la región, tomando en cuenta que la sintonía entre Rusia y Serbia podría implicar una eventual inherencia rusa en la zona vía las comunidades serbias en Kosovo, Bosnia-Herzegovina y Montenegro.

Fuera del ámbito euroasiático, tenemos América Latina, donde hay tres actores clave para la geopolítica de Putin. El principal es Venezuela, cuya relación con Moscú se remonta a 2005 con el entonces presidente Hugo Chávez a través de acuerdos militares y energéticos.

Desde 2014, Caracas comparte con Moscú la condición de sufrir sanciones por parte de EE UU y de Europa por aspectos relativos a las violaciones de derechos humanos, vínculos con grupos terroristas y criminales y corrupción. Rusia y Venezuela se han apoyado mutuamente en diversos foros internacionales y, en especial, la asistencia financiera y económica rusa le ha permitido al actual presidente Nicolás Maduro superar los efectos de esas sanciones. Desde 2006, ha prestado alrededor de 17.000 millones de dólares a Caracas, lo que convierte a Moscú en uno de los mayores acreedores del gobierno venezolano

En el contexto actual, el gobierno de Maduro apoyó tanto la independencia del Donbás como la intervención militar rusa en Ucrania, convirtiéndose en uno de los aliados irrestrictos de Putin en la escena internacional. Maduro repitió así el guión previamente establecido por Chávez en 2008 durante la guerra ruso-georgiana en la que, a instancias de Moscú, Caracas también reconoció las independencias de los territorios georgianos de Abjasia y Osetia del Sur.

A grandes rasgos, la sociedad venezolana observa con apatía y distancia la crisis ruso-ucraniana. Salvo los sectores simpatizantes con el chavismo, no existe una imagen exactamente favorable a Rusia dentro de la sociedad venezolana, en gran medida porque los líderes y medios opositores tanto en Venezuela como en la diáspora venezolana se han decantado por apoyar a Ucrania en este crisis. Si bien la señal del canal estatal ruso RT también se emite en los canales oficiales venezolanos (VTV) o aquellos regionales con participación estatal venezolana (TeleSur), no ejerce una influencia tan decisiva en la opinión pública venezolana y los intereses geopolíticos rusos en Venezuela. A pesar de ello, el país se ha convertido en un reclamo turístico para Rusia.

Rusia la ha utilizado como herramienta de disuasión y de retórica discursiva desafiante contra la tradicional hegemonía geopolítica estadounidense en América Latina. Pero existes matices en esta perspectiva, en particular ante el peso real de la presencia militar rusa en Venezuela, menos profunda de lo que consideran los medios occidentales aunque no por ello irrelevante.

Washington ya anunció severas sanciones para Venezuela por su apoyo a Rusia, especialmente en materia energética. Desde 2017, la estatal petrolera venezolana PDVSA tiene una oficina en Moscú que le ha permitido gestionar operaciones internacionales por fuera de las sanciones estadounidenses.

Tras Venezuela están Cuba y Nicaragua. Tanto el gobierno cubano de Miguel Díaz-Canel como el del nicaragüense Daniel Ortega han manifestado sus respectivos apoyos a Putin en la guerra en Ucrania. La sintonía geopolítica de La Habana y Managua con Moscú ha sido patente en estos últimos años y, como en el caso venezolano, Washington también los incluye en su lista de sancionados por la guerra en Ucrania.

La Administración de Joseph Biden ya anunció que Venezuela, Cuba y Nicaragua sentirán con fuerza la presión y los efectos de las sanciones occidentales a Rusia, tomando en cuenta la dimensión de negocios empresariales rusos en esos países y el flujo financiero existente entre Moscú y estos tres Estados latinoamericanos.

En otros ámbitos geográficos están Irán, Siria y Corea del Norte. Al igual que con China, Teherán ha sido un aliado tradicional, en particular motivado por el apoyo de Moscú al programa nuclear iraní y, como en el caso venezolano, como socio económico y financiero para superar las sanciones occidentales contra el país persa.

Pero en la actual crisis ucraniana, si bien el régimen iraní acusó a la OTAN de ser el verdadero causante del problema, Teherán mantiene una posición similar a la de China de desmarcarse abiertamente en cuanto a su apoyo a la invasión militar rusa a Ucrania, manifestando que la «guerra no es una solución» y defendiendo una pacífica e inmediata.

Pero esta posición iraní no necesariamente enturbia sus relaciones con Putin. El pasado 21 de enero, el presidente iraní Ebrahim Raisi visitó Moscú en el marco de las negociaciones sobre el acuerdo nuclear iraní, donde Rusia es un actor clave. En esa coyuntura, también determinada por la tensión en torno a Ucrania un mes antes de la invasión militar, Rusia, China e Irán realizaron una serie de ejercicios militares navales conjuntos en el Océano Índico, bajo el nombre de ‘Cinturón de Seguridad Marítima 2022‘, que demuestran la sintonía de intereses geopolíticos entre los tres y un mensaje disuasivo ante EE UU y sus aliados, con la crisis ucraniana de trasfondo.

Por su parte, Siria ha mostrado un apoyo irrestricto a Putin, sabedor de que la asistencia militar rusa desde 2015 en medio de la cruenta guerra en Siria le ha permitido al régimen de Bashar al Asad mantenerse en el poder y equilibrar a su favor un conflicto hoy prácticamente acabado. Damasco calificó la intervención en Ucrania como «operación militar de nuestros aliados rusos para preservar su seguridad y estabilidad nacional».

Finalmente, Corea del Norte mantuvo su posición de alianza con Rusia acusando a EE UU y la OTAN de «obstinación y arbitrariedad» en la crisis ucraniana al «ignorar las demandas legítimas de seguridad de Rusia».

Los neutrales

Pasada la lista de aliados de Putin tenemos también aquellos países que, manteniendo fluidas relaciones con Moscú, han mostrado actitudes de neutralidad, algunos incluso de distanciamiento a la hora de posicionarse en el conflicto, pero sin que ello signifique una desconexión total con Rusia.

Incluimos en esta lista a países que forman parte de la periferia euroasiática exsoviética (Uzbekistán, Georgia, Azerbaiyán y Kirguizistán) del Magreb y Oriente Medio (Egipto), asiáticos (India y Pakistán) y latinoamericanos (Brasil y Argentina), cuyas posiciones, a grandes rasgos, se han equilibrado entre la neutralidad, la condena de la invasión atendiendo los intereses occidentales, pero sin procrear una ruptura de relaciones con Moscú y la petición de solución pacífica del conflicto.

Este es el caso de Egipto, probablemente el aliado más estrecho de Putin en el Magreb. El Cairo convocó una reunión extraordinaria de la Liga Árabe para discutir la situación en Ucrania. Para el mundo árabe, un factor esencial de preocupación con este conflicto tiene que ver con la provisión de trigo, cuyos volúmenes de importación vienen precisamente de Rusia y Ucrania.

Por su parte, Brasil ha apostado claramente por la neutralidad. Días antes de la invasión, el presidente Jair Bolsonaro visitó Moscú donde consolidó la relación estratégica con Rusia en el ámbito económico.

Al igual que Bolsonaro, el presidente argentino Alberto Fernández también visitó Moscú días antes de la invasión militar a Ucrania. A pesar de la existencia de la asociación estratégica ruso-argentina, Buenos Aires condenó la invasión a Ucrania, lo cual abre importantes desafíos para la economía argentina motivados por las sanciones occidentales a Rusia.

Pero en esta lista de actores neutrales directamente vinculados con el Kremlin, el espacio euroasiático es el más relevante precisamente por su proximidad geográfica con Rusia y por los acuerdos de cooperación existentes, en algunos casos incluso con dependencia económica y energética. Esa proximidad geográfica, determinada igualmente por la dependencia económica con Moscú, ha definido porqué las sanciones occidentales hacia la economía rusa y, en especial, la devaluación del rublo, han provocado un impacto económico inmediato en estas repúblicas euroasiáticas exsoviéticas.

En este apartado están países como Uzbekistán, Georgia, Kirguizistán y Azerbaiyán.  Una serie de conversaciones telefónicas de Putin con los presidentes de Kirguizistán, Sadyr Japarov, y de Uzbekistan, Shavkat Mirziyoyev, dejó entrever la posibilidad de que estas repúblicas centroasiáticas, incluyendo también a Kazajistán, manifestaran su ‘solidaridad‘ con el Kremlin.

Pero comunicados de prensa posteriores por parte de las oficinas presidenciales de estas repúblicas centroasiáticas aclararon más bien una posición de neutralidad en lo concerniente a la crisis ucraniana. También dejaron en el aire la posibilidad de reconocimiento de la independencia del Donbás. En el caso de Turkmenistán, el silencio sobre la crisis ucraniana ha sido notorio.

Los casos de Georgia y Azerbaiyán son levemente diferentes al resto de las repúblicas centroasiáticas. En Tbilisi, el primer ministro georgiano Irakli Garibashvili anunció una posición pragmática aunque aclaró que no participaría en las sanciones internacionales contra Moscú.

El caso georgiano es significativo por las similitudes de la crisis de Ucrania de 2022 con la breve guerra ruso-georgiana de 2008, en lo concerniente a la invasión militar rusa y la partición territorial de ese Estado con las independencias de Abjasia y Osetia del Sur. Este contexto puede también explicar porqué el actual gobierno de Tbilisi ha manifestado una neutralidad ante lo que sucede en Ucrania, especialmente tras el reconocimiento ruso de la independencia del Donbás. En este sentido, pareciera apostar por no incomodar al vecino ruso, con el que le unen fuertes conexiones y dependencias energéticas.

No obstante, la posición de neutralidad del actual gobierno georgiano con respecto a la crisis ucraniana dio paso a fuertes manifestaciones en ese país a favor de la resistencia ucraniana contra Rusia, incluso pidiendo la dimisión del primer ministro Garibashvili por su gestión de esta crisis, observada como un posible acercamiento hacia Moscú.

Por su parte, Azerbaiyán sí ha manifestado una posición más favorable a Rusia. Dos días después de la invasión militar a Ucrania, el presidente azerí Ilham Aliyev visitó a Putin en Moscú para fortalecer la cooperación diplomática y militar ruso-azerí.

Con todo, Aliyev evitó pronunciarse en torno al reconocimiento de la independencia del Donbás, muy probablemente con la mente puesta en cómo este reconocimiento influiría en la evolución de una situación similar en Nagorno Karabaj, donde Bakú mantiene un conflicto diplomático y armado con Armenia y donde Rusia (que no reconoce la independencia de Nagorno Karabaj) ha buscado siempre la vía del equilibrio.

Finalmente tenemos a India y Pakistán, dos potencias nucleares enfrentadas por litigios fronterizos (Cachemira), pero que han mantenido fluidas relaciones con la Rusia de Putin.

Nueva Delhi tiene vínculos con Moscú a través de organismos como los BRICS, pero no tiene una posición definida en torno al conflicto ucraniano. Su enfoque es más bien pragmático, intentando no interferir en un conflicto que implica a socios estratégicos indios como Rusia y EE UU, sin olvidar que India intenta también mantener un equilibrio favorable en lo que respecta al cada vez más acicalado eje sino-ruso.

No obstante, también está el factor militar. En diciembre de 2021, Putin viajó a Nueva Delhi para concretar con el primer ministro indio Narendra Modi una serie de acuerdos de cooperación militar que provocaron inmediatos recelos en Pakistán, China y EE UU porque eventualmente alteraría el equilibrio militar en Asia, especialmente ante el diferendo indo-paquistaní sobre Cachemira. Moscú observa en India un aliado importante a la hora de suscribir acuerdos para una industria militar rusa que busca diversificar sus socios.

Toda vez, India inició en 2020 una alianza con EE UU, entonces bajo la presidencia de Donald Trump, que muy probablemente habría motivado a esta reacción por parte de Moscú a la hora de asegurar sus imperativos geopolíticos hacia el Sureste Asiático y el Océano Índico.

Por su parte, el primer ministro paquistaní Imran Khan conversó telefónicamente con Putin el mismo día de la invasión militar a Ucrania. La posición oficial de Pakistán en torno al conflicto ucraniano se limita a mantener una prudente distancia, sin que ello signifique alterar sus lazos energéticos y de cooperación económica con Moscú. Islamabad mantiene importantes relaciones con EE UU, China y Rusia, toda vez su prioridad en materia de seguridad es mantener el equilibrio militar con su vecina India.

El dilema: seguir con Putin, pero sorteando las sanciones

Con sus diversos niveles de relación con Moscú, todos estos países aliados o que han mostrado sintonía con Putin se abren ahora a serios dilemas geopolíticos, sin desestimar el juego de presiones desde Occidente y la propia Rusia, sin menoscabar China. La interrogante se enfoca en cómo seguir manteniendo ‘línea directa’ con Putin en un contexto de fuertes sanciones internacionales no sólo contra el núcleo de poder en el Kremlin sino también contra la economía rusa.

Tras la invasión, EE UU y sus aliados activaron inmediatamente una serie de sanciones contra el complejo financiero ruso, con la previsible intención de neutralizarlo, desarticularlo de manera progresiva y, al mismo tiempo, provocar una crisis económica que eventualmente aliente el malestar social en Rusia contra Putin. Las consecuencias se dejaron sentir con la fuerte depreciación del rublo y la información de que el gigante financiero ruso Sberbank podría estar al borde del colapso al ser excluido del sistema SWIFT que rige las transacciones internacionales.

¿Cómo se ven afectados los aliados de Putin tras la invasión de Ucrania?

Los presidentes de China y Rusia se reúnen por videollamada. (Mikhail Metzel\TASS via Getty Images)

Ante la previsible activación de las sanciones internacionales, es posible intuir que Rusia se preparó con antelación para este escenario reforzando la alianza económica con China para asegurar un ‘viraje geopolítico asiático’ para Putin, completado con sus fluidas relaciones con India, Pakistán, Irán y el Sureste Asiático.

Por otro lado, las sanciones que afectan el mercado energético europeo para Rusia pueden ser momentáneamente suplantadas a través de ese giro asiático de Putin hacia China, segunda potencia económica mundial y principal consumidor energético, así como con India, economía emergente a nivel global.

La desconexión rusa del sistema financiero internacional bien podría haber persuadido a Putin a activar con China un nuevo modelo de financiación vía criptomonedas, tomando en cuenta la potencialidad en este sector que tienen aliados de Moscú como la propia China y Kazajistán.

Esa misma perspectiva parece planear en aliados de Putin como Venezuela, Azerbaiyán, Armenia, Georgia y Brasil, entre otros, bien sea por su situación de dependencia energética de Moscú o también por los importantes acuerdos de cooperación económica con Rusia en materias primas como la minería y el complejo agroindustrial (trigo, cereales, soja).

En perspectiva, e independientemente de la intensidad de sus relaciones con Moscú, la guerra de Ucrania afecta directa o indirectamente a la posición de los aliados irrestrictos o neutrales de Putin. Por otro lado, esas alianzas también pueden significar un oxígeno para Rusia ante las sanciones internacionales y, muy probablemente en el caso de China, las expectativas de constituirse en un interlocutor decisivo para la desescalada del conflicto armado en Ucrania y la recomposición de las dañadas relaciones ruso-occidentales.

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