Javier Gómez – El país de los grises: conflicto, poder y autoengaño en Bolivia

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La coyuntura boliviana actual expresa con nitidez una crisis más profunda que la simple disputa entre sectores movilizados y un gobierno debilitado. Los recientes conflictos con el magisterio, las presiones de transportistas, cooperativistas mineros, gremialistas y diversos sectores corporativos con un fuerte aditamento político partidario, muestran no solo el agotamiento de la capacidad estatal para arbitrar intereses, sino también la fragilidad de un modelo político construido sobre la administración permanente de demandas sectoriales antes que sobre una estrategia estatal de desarrollo.

La escasez de divisas, la presión sobre los combustibles, la inflación contenida artificialmente, el deterioro de la confianza institucional y la creciente percepción de ausencia de conducción política han convertido cada conflicto en una potencial crisis de gobernabilidad. En este escenario, el gobierno no logra construir autoridad ni horizonte; apenas administra urgencias, responde de manera fragmentada y posterga decisiones estructurales.

Sin embargo, una lectura crítica de esta situación obliga también a desmontar una de las simplificaciones más persistentes del debate político reciente: la idea de una confrontación lineal entre “pueblo” y “empresariado”, donde todo actor no empresarial aparece automáticamente investido de una legitimidad popular y progresiva.

En términos estrictamente estructurales, las organizaciones obreras y sindicales clásicas —particularmente aquellas vinculadas al trabajo asalariado formal— representan hoy una fracción minoritaria de la población económicamente activa. La clase trabajadora organizada en sindicatos tradicionales difícilmente alcanza el 10% de la PEA. La desindustrialización relativa, la expansión del sector informal y la transformación del patrón de acumulación desplazaron el viejo eje obrero-industrial como sujeto hegemónico de la representación popular.

En su lugar emergieron organizaciones corporativas de composición profundamente heterogénea: cooperativistas mineros, transportistas, gremialistas, interculturales, cocaleros y múltiples formas de economía popular urbana y rural. Pero estas estructuras no expresan automáticamente intereses de clase homogéneos ni necesariamente populares en sentido redistributivo. En ellas conviven grandes propietarios con pequeños productores, asalariados precarizados con empleadores informales, rentistas con trabajadores semiproletarizados. Muchas veces sus demandas están más cerca de la defensa de privilegios sectoriales, subsidios cruzados, acceso preferencial a recursos públicos o exenciones regulatorias que de una agenda de transformación igualitaria.

El caso de las cooperativas mineras es particularmente ilustrativo: bajo una narrativa de economía popular y resistencia comunitaria, operan en numerosos casos formas altamente concentradas de apropiación privada, relaciones laborales precarias, prácticas depredadoras del medio ambiente y una fuerte resistencia a la tributación y a la regulación estatal. Algo similar ocurre con sectores del transporte sindicalizado o del gremialismo urbano, donde la defensa corporativa de rentas específicas puede entrar en abierta contradicción con los intereses del conjunto de las clases populares urbanas.

Sin embargo, buena parte de la izquierda boliviana ha evitado una crítica frontal a estas contradicciones. En parte por cálculo político, en parte por una lectura racializada y paternalista que tiende a equiparar origen indígena-popular con contenido político emancipador. La presencia aimara o quechua en estas organizaciones se convierte así en un blindaje simbólico que impide discutir la naturaleza concreta de sus intereses materiales. La crítica de clase queda subordinada a una lectura identitaria simplificada.

Paradójicamente, esta omisión es reforzada por las vocerías más conservadoras del empresariado cruceño, cuya retórica altisonante y frecuentemente racista alimenta la falsa polarización entre “oriente empresarial” y “occidente popular”. Esa narrativa beneficia a ambos extremos: legitima a dirigencias corporativas rentistas como representantes naturales del pueblo y permite a élites empresariales presentarse como únicas defensoras de la modernización económica.

El resultado es una política atrapada entre corporativismos enfrentados, sin proyecto nacional de largo plazo. Un gobierno sin capacidad estratégica, con liderazgo débil y administración reactiva, termina gestionando presiones sectoriales más que construyendo una visión de país. La expansión del rentismo estatal —subsidios energéticos, acceso privilegiado a divisas, captura de excedentes públicos, tolerancia regulatoria selectiva— consolidó la expectativa de que el Estado existe para distribuir beneficios corporativos antes que para ordenar un proceso de desarrollo.

En ese contexto, toda protesta sectorial puede convertirse en una crisis de gobernabilidad. No porque toda demanda sea legítima en términos nacionales, sino porque el sistema político perdió la capacidad de jerarquizar intereses y construir autoridad. La calle sustituye a la estrategia; el bloqueo reemplaza a la deliberación; la presión sectorial se vuelve el principal mecanismo de negociación.

Así, Bolivia no enfrenta únicamente una crisis económica o institucional, sino una crisis de representación social y de imaginación política. Persistir en la ficción de un “campo popular” homogéneo solo profundiza la incapacidad de construir una salida. Sin una revisión crítica de quiénes son realmente los actores sociales, qué intereses defienden y qué proyecto de país sostienen, cualquier promesa de estabilidad será apenas una tregua precaria.

Los recientes acuerdos alcanzados con el magisterio urbano ilustran precisamente esta lógica. Después de semanas de movilización, marchas y presión sostenida, el gobierno respondió con compromisos parciales vinculados a la creación de un nuevo bono, la nivelación de horas, creación de ítems, atención presupuestaria y mesas técnicas para revisar demandas estructurales del sector.

De manera similar, otros sectores —transportistas, cooperativistas y gremialistas— obtienen regularmente respuestas fragmentadas: postergación de medidas regulatorias, flexibilización tributaria, acceso preferencial a combustibles, garantías de no fiscalización inmediata o compromisos de nuevas negociaciones.

No se trata de soluciones estructurales sino de administraciones coyunturales del conflicto. Son acuerdos que desactivan momentáneamente la protesta, pero no resuelven ni el problema fiscal del Estado ni la ausencia de una estrategia productiva de largo plazo. El gobierno compra tiempo; los sectores preservan privilegios; el país posterga nuevamente las decisiones fundamentales.

Y quizá allí reside la mayor amenaza: no en el conflicto mismo, sino en la renuncia colectiva a pensar estratégicamente Bolivia más allá de la administración del colapso.

Javier Gómez es economista

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