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Comunicación y nueva normalidad

Por: Adalid Contreras Baspineiro*

“Nueva normalidad” es un concepto adoptado para designar hechos y formas de organización y de socialización que emergen como respuestas a situaciones de crisis extrema, y que trastocan las pautas de comportamiento habituales, instaurando otras que tienden a hacerse socioculturalmente comunes.

La denominada “nueva normalidad” que estamos viviendo en tiempos de pandemia tiene que ser entendida en un triple contexto. Primero, en las características de Covid-19 todavía desconocida en muchos aspectos. Por otra parte, en el entorno de una crisis multidimensional que tiene carácter sanitario, económico, social, cultural, organizativo, ambiental, geopolítico y comunicacional. Finalmente, en el contexto amplio del cambio de época del Holoceno al Antropoceno, que se caracteriza por el impacto de las actividades humanas sobre el ecosistema, con una preocupante y acelerada pérdida de la biodiversidad, extinción de especies y calentamiento global.

Con estos antecedentes, en este escrito, desde la perspectiva de la comunicación, abrimos el debate sobre si lo que vivimos es una nueva normalidad o la profundización de una anormalidad sistémica.

Entre la transformación y la adaptación

La pandemia vino al mundo para alterar la tradicional (a)normalidad de nuestras sociedades del bullicio, de nuestras alteridades de la casi comunicación segmentadas en burbujas sociales digitales y materiales, de nuestros encuentros en aglomeraciones y estrujamientos sociales, de nuestras relaciones al paso, siempre al paso, en presuroso andar de un presente concebido como el único tiempo de un capitalismo salvaje depredador de la naturaleza y generador de desigualdades.

Reconocemos con Lipovetsky que la génesis del virus está relacionada con el empobrecimiento de la biodiversidad que rompe el equilibrio natural de las especies y hace posible la aparición de nuevos virus. En consecuencia, hay que cuestionar el sistema de producción y consumo que causa el calentamiento global y la desaparición de especies, así como la carrera desmedida por un progreso que empobrece la tierra y las sociedades, y también el desequilibrio social que la pandemia confirma afectando a todos, sin distinción de clase, raza, edad, sexo ni nacionalidad, pero con mayor inclemencia a los más vulnerables.

Por tanto, resistir la pandemia en la “nueva normalidad”, además de adoptar individual y colectivamente pautas centradas en las normas de bioseguridad, consiste también en resistir la anormalidad ambiental y social inequitativa, en un proceso combinado y contradictorio de adaptación y transformación, porque se trata de dinamizar sobre la marcha nuevas formas de ser, estar y habitar el mundo, como dice Yuval Noah Harari ahora y en el futuro, porque no existe una sola alternativa para enfrentar la crisis y lo que definamos hoy decidirá nuestra vida en décadas y reconfigurará el planeta.

Hablar de normalidad en el proceso largo de un estado de anormalidad y crisis sistémica, agravada con la situación de alteración social que supone la pandemia, resulta un artilugio, porque analizando las condiciones de reproducción social de estos tiempos, caracterizadas por la articulación entre la pandemia, la economía de mercado y conductas gregarias, estamos en presencia de una situación de crisis que se monta sobre una tradición de anormalidad estructural agravada en sus condiciones de desigualdad, precariedad de los sistemas de salud, predominio del capital por sobre el ser humano, desempleo e infoxicación que podrían naturalizar un horizonte apocalíptico.

En países con predominio de economía informal, su ciudadanía tiene que trabajar en las calles. En sociedades donde los servicios médicos son insuficientes, la población tiene que hacer filas para ser atendida. En realidades donde la enorme mayoría de la población se traslada en transporte público, se obliga a viajar con el virus. En estas condiciones, en las que los poderes públicos y las empresas cumplen a medias sus responsabilidades en la promoción, aseguramiento y control de las normas de bioseguridad, la responsabilidad por el uso de las mascarillas, el cuidado de la distancia social y la higiene pareciera que tendría que recaer expresamente sobre las espaldas de “la gente” (como se suele denominar a las ciudadanías)
Esta es la normalidad de la incertidumbre con vulnerabilidad, que por sus características no puede pretender acoger socializaciones sin rebeldías. No es el camino correcto adaptarse a esta realidad cuya novedad son los mayores índices de pobreza, sin exigir condiciones de vida digna como un derecho. Material y virtualmente se tiene que transitar hacia la realidad inexistente de la incertidumbre con esperanzas. Necesitamos que los imaginarios inventen otros mundos y que las narrativas expresen otras sociedades, las de las ilusiones por la vida que son la negación de las inseguridades y los miedos. Esta es tarea central de la comunicación y obligación de los poderes.

Necesitamos (re)organizar el mundo con corresponsabilidades entre gobiernos nacional, regionales y locales, medios de comunicación, academia, gremios y ciudadanía, con Estados más presentes en las vidas y un sentido común más compartido en esta situación de emergencia, que requiere de medios de comunicación más conectados a la cotidianeidad y a los sentipensamientos con esperanza de las ciudadanías. En tiempos de aislamiento necesitamos tejer formas de acercamiento, de participación y de unidad para que la marca de nuestra época sea por una parte la de adaptación a las normas para la resistencia a la pandemia y, por otra, de transformación de las maneras de sobrevivir el presente e imaginarnos y convivir el futuro.

Con las crisis extremas las cosas cambian y debemos (re)crear formas de convivencia mediante el establecimiento de formas de socialización con cambios adaptativos y de transformación que son al mismo tiempo subjetivos, espirituales, mentales, actitudinales, materiales y corporales. Estos cambios conllevan rasgos de renuncia y de aceptación, así como de superación de costumbres arraigadas para construir otras costumbres basadas en otros usos y pensares.

Resumiendo, en una situación de desordenamiento estructural, la denominada “nueva normalidad”, en apariencia ordenadora-conservadora (adaptar), conlleva una dimensión vitalmente ordenadora-renovadora (transformar), en un proceso que camina incesantemente (transitar) El desafío que queda planteado en el mundo que habitamos, es reconducir este proceso de adaptación – transformación a lo que el Papa Francisco llama una “nueva realidad”, cumpliendo tres exigencias éticas: amar la verdad, poner la comunicación al servicio del encuentro y asegurar el respeto a la dignidad humana.

Transiciones en situación de pandemia

Con la llegada de la pandemia, la “nueva normalidad” ha supuesto tres grandes transiciones en su doble sentido de transformación y de adaptación: i) de las aglomeraciones en las calles al aislamiento en los hogares; ii) del confinamiento hogareño a las calles en un retorno para vivir con nuevas reglas del juego; y iii) de los imaginarios de sobrevivencia a los del diseño de un futuro con vida.

La primera transición ocurre abruptamente, con la mutación de la tradicional agitada y bulliciosa vida en las calles, a otra forma de convivencia en los hogares, donde hemos tenido que aprender a desarrollar nuevas formas de sociabilidad cotidiana, con una naturaleza del hogar que se transforma desde el núcleo familiar en una compartida forma de lugar de trabajo, lugar de estudio, trinchera de resistencia, espacio de sobrevivencia, lugar de reconexión con el mundo y lugar de proyección a la vida y al futuro.

¿Cuánto han aportado las políticas gubernamentales, las propuestas de comunicación y las prácticas ciudadanas a viabilizar este proceso de socialización casa adentro? ¿Se ha contado con una línea discursiva oficial o los sentipensamientos han sido inventados en cada experiencia de vida? ¿Las políticas estatales han sido además de adecuadas, suficientes para asumir la vida en cautiverio? ¿Los medios de comunicación han contribuido a la socialización de la vida en cuarentena, articulándose a la nueva cotidianeidad en incertidumbre esperanzadora? ¿Las familias han encontrado respuestas a las interrogantes que les plantea esta obligada forma de vida? ¿Las experiencias vividas han sido de aislamiento con soledad o de aislamiento con integración?
La segunda transición ocurre con las medidas de flexibilización y el retorno a las calles salvando los encapsulamientos y las cuarentenas rígidas. Este retorno tiene otras condiciones de relacionamiento corpóreo articuladas en torno a normas de bioseguridad obligatorios, tales como el uso del barbijo, la distancia social, las formas de expresar afectos con los codos, y los modos de resignificación de los mensajes que se reciben y se expresan con códigos gestuales. Definitivamente, son tan distintas las condiciones y maneras de ser, estar y habitar los lugares de siempre, como las oficinas, los mercados, los medios de transporte y las calles, que la normalidad anterior de la vida movilizada y agolpada en conglomerados humanos, es ahora el prototipo de la anomia a ser superada.

Acaso ésta sea la transición más atendida por procesos de adaptación en base a pautas que permiten socializaciones individuales y colectivas. Las guías han sido las normas de bioseguridad universales que han permitido formas comunicacionales tutoriales o de orientación. Los incumplimientos a las normas han merecido condenas sociales, comunicacionales y públicas; pero también han puesto en escena autoritarismos gubernamentales y complicidades comunicacionales más cercanos a la incapacidad para generar apropiaciones de formas de conducta, que a la capacidad para conducir los diseños a la carrera de las nuevas maneras de sobrevivir.

La tercera transición es de corte más espiritual y emocional, porque se desenvuelve en el ámbito de los deseos, de las esperanzas y de las miradas post-Covid, interrogándose: ¿y después de la pandemia qué…?, ¿el mundo seguirá siendo el mismo?, ¿volveremos a las rutinas de siempre o tenemos que fundar otras nuevas?, ¿asumiremos que en esta época de los humanos (Antropoceno) las crisis son nuestra obra?, ¿nos empeñaremos colectivamente por un mundo con futuro?, ¿cuánto aportan las políticas estatales y las propuestas comunicacionales para avizorar futuro con esperanzas?

Las convicciones y los comportamientos son dos partes de un mismo hecho, que podrían derivar en acciones de adaptación o de transformación. Complejo dilema que no se resuelve por inercia, sino por procesos de aceptación de las nuevas reglas del juego si es que se crean las condiciones materiales para que se cumplan. En la realidad de nuestros países, en los que hoy por hoy se han relajado los comportamientos, los controles y las orientaciones, en lugar de adaptaciones pasivas se activan dinámicas capaces de crear otras normalidades y otras formas de resistir a la pandemia.

Y esto es precisamente lo que estamos viviendo en países de mayoritaria economía informal que obliga a las familias a salir cotidianamente a las calles a buscarse su sustento. Aunque quisieran, porque saben que de ello depende su vida, no pueden guardarse si no se les crea las condiciones para el confinamiento. Los bonos han sido una contribución importante, pero no son la solución. Muchas familias se someten al dilema de morir por Covid o de hambre y, siguiendo una tradición de inequidad societal, viven arriesgando sus vidas. ¿Es esto una expresión de resistencia a la nueva normalidad o el arrastre de una anormalidad estructural?

La “nueva normalidad” en la primera arremetida de la pandemia se simbolizó por el aislamiento en los hogares que fue un factor de contención decisivo, que sin embargo tuvo su contrapeso en el cierre de fábricas, desempleo, violencia intrafamiliar y sentimientos de vulnerabilidad e incertidumbre. Han habido luces y sombras que tienen que ser profundizadas o superadas, respectivamente. ¿Las políticas estatales y las acciones comunicacionales están contribuyendo a estas condiciones de existencia, más allá de la exposición y demanda por el cumplimiento responsable de las normas de bioseguridad?

En cada sociedad, las ciudadanías han desarrollado formas de resistencia que tienen que ser recuperadas, sistematizadas y valoradas en sus posibilidades de sumarse a las alternativas de resistencia. Un caso ejemplificador es la recuperación de la medicina tradicional, otro el incentivo de la producción y consumo de alimentos propios, acercados a las viviendas por iniciativas municipales. En muchos contextos se renovaron solidaridades con las ollas comunes. En muchos las redes sociales oficiaron de contactos solidarios. También tienen que encararse soluciones urgentes a carencias como la conectividad en condiciones apropiadas para la población mayoritaria desconectada en un mundo hiperconectado. Definitivamente, la “nueva normalidad” por efecto del coronavirus no es una realidad acabada, sino una eventual forma de vivir, hecha para seguir construyendo en el marco de una nueva normativa cultural que legitima la vida social en permanente rebeldía.
La “nueva normalidad” que se empieza a vivir con el rebrote del coronavirus, muy posiblemente ya no pueda repetir la fórmula de la cuarentena rígida, por lo que los modos de socialización tendrán que constituirse en aprendizajes, reglas y comportamientos para saber convivir con la pandemia resistiéndola en los hogares, en los lugares de trabajo, en las calles y en el transporte, siguiendo estrictas medidas de bioseguridad, pero también contando para ello con las condiciones materiales de prevención y de solución para transitar la vida.
Los gobiernos tienen que cumplir con la otorgación de medidas básicas; y los medios de comunicación tienen que interpelarlos para que las cumplan. Las ciudadanías tienen que asumir la convivencia con responsabilidad individual y colectiva; y las acciones de comunicación tienen que promover y estimular estas socializaciones. La adaptación transformadora en la “nueva normalidad”, es cuestión de corresponsabilidades.

Comunicación en un mundo conmovido

El terreno en el que se desenvuelven los procesos de comunicación en tiempos del coronavirus, es por decirlo en términos cotidianos, raro, porque la situación de pandemia es un espacio todavía por conocerse, y las formas adecuadas de producción, circulación y consumo de mensajes son un proceso por hacerse en el marco de nuevas condiciones de reproducción, en un mundo que está conmovido porque lo inesperado y lo impredecible siguen rebrotando en situaciones que condicionan temores individuales y colectivos.

El mundo ha cambiado, pero curiosamente una parte de los procesos de comunicación se sigue reproduciendo en sus clásicos estilos heredados de un sistema mercantilizado en el que la publicidad, el sensacionalismo, los fake news y la sobreinformación acaban funcionalizándose al avance arrasador de Covid-19, generando así otra pandemia que también debe ser erradicada: la pandemia informativa que demuestra que la comunicación no siempre se conmueve en un mundo que está conmovido.

Lo escrito, nos lleva a afirmar que en los procesos de comunicación en tiempos de pandemia, además de recuperar las loables experiencias de comunicación que operan con respeto de la ética periodística, amén asimismo de la vocación de profesionales que se juegan la vida educomunicando e informando, para la producción discursiva es necesaria una combinación crítica entre lo semiótico y lo simbiótico. Como sabemos, lo semiótico trata de las propiedades generales de los sistemas de signos para la comprensión de la actividad humana, en tanto lo simbiótico hace referencia a la interacción, como relación solidaria estrecha y persistente entre grupos y colectividades.

Lo semiótico, en las condiciones de aislamiento social que vivimos, recupera la importancia de los signos con nuevas significaciones. El codo a codo, la expresión con los ojos, o la versatilidad de los diálogos con señas se convierten en nuevas prácticas significantes que recuperan la importancia de la semántica, es decir de la relación entre los signos y las cosas, hechos o realidades que designan. También se activan la sintaxis o relación entre signos y la pragmática o relación entre los signos y sus condiciones de uso para su traducción en textos. La semiótica no es la única forma de expresión humana, pero es una importante forma de resocialización en las nuevas condiciones de relacionamiento. Estamos resignificando el mundo con otros códigos.

En estrecha relación, marchando encadenados, los elementos simbióticos se hacen parte de las nuevas socializaciones transformadoras por las asociaciones que generan como condiciones para la convivencia, así como también porque conllevan beneficios que se conectan con las formas de resistencia individual y colectiva a la expansión de la pandemia, Lo simbiótico, destacando el sentido de comunidad, permite encaminar, con responsabilidad social creativa, procesos solidarios de resiliencia social.

Hacer comunicación en tiempos de coronavirus y de una “nueva normalidad” adaptativa y transformadora, requiere desarrollar procesos de interacción a la par de formas de gestión. La gestión de la comunicación requiere de un punto de referencia oficial. Es tarea central de la comunicación estatal, lo que supone que cuente con mecanismos de seguimiento para una lectura adecuada de la realidad cambiante. También debe desarrollar procesos de planificación sistemáticos y rigurosos que permitan organizar las construcciones discursivas en función de propósitos bien definidos según las etapas de previsión, prevención o solución que se esté viviendo en la resistencia a la pandemia. Y en estrecha relación con estos factores está la transparencia, en el doble sentido de rendición de cuentas y de constitución de niveles de confianza interactuando con las sociedades.

En la fase de previsión, los esfuerzos comunicacionales están dirigidos a reducir las incertidumbres y vulnerabilidades que consisten en estados de miedo, de alta inseguridad, ansiedad y a veces de pánico. Una buena y oportuna información, así como orientación adecuada garantizan su realización.

La fase de prevención, que da respuesta a la transmisión local de la pandemia y su paso a la transmisión comunitaria, tiene comunicacionalmente la finalidad de que las personas, individualmente, en familia, y en sociedad, asuman con alta responsabilidad las medidas de higiene, distancia social y aislamiento, para contener la expansión del virus.

Esto implica trabajar en mediaciones con los sentipensamientos de las personas y sus situaciones de comunicación, básicamente desarrollando en la vida familiar la responsabilidad individual y social en el cumplimiento de las medidas, así como la manifestación de expresiones de solidaridad que contribuyan a la contención de la pandemia, asumiendo que, si no se logra este resultado, el paso a la siguiente fase de contagio podría tener consecuencias calamitosas.

Finalmente, la fase comunicacional y de políticas públicas de la solución, que se relaciona con la transmisión comunitaria y desborde de la pandemia, busca la promoción de soluciones y esperanzas, con niveles de confianza individual y colectiva. La acción comunicacional se complejiza en una realidad que se altera con situaciones como las que hemos observado de hospitales desbordados, profesionales trabajando sin las mínimas condiciones de bioseguridad, o muertos en las calles.

En esta situación, los aportes de la comunicación están fuertemente supeditados a las condiciones de salud y respuestas médicas a la pandemia, tanto como de las decisiones políticas. La experiencia muestra que la comunicación se desborda del mismo modo que la pandemia, moviéndose en oscilantes fronteras con el sensacionalismo si no se saben manejar adecuadamente las vistas impactantes y las noticias alarmantes y desoladoras. Como en estas condiciones se activan los sentimientos de vulnerabilidad por la vivencia directa o cercana del daño, la comunicación es la llamada a construir esperanzas.

La articulación de las distintas fases, con sus procedimientos y resultados particulares, contribuyen, en su conjunto y de manera interrelacionada, a un objetivo comunicacional mayor, que es la construcción de sentidos para que la ciudadanía en su condición de individuo y de sociedad, asuma compromisos comunes para una causa global que depende de la entrega de todos. La construcción de un pacto por la vida digna, es el objetivo central que le compete a la comunicación en estos tiempos de anormalidad sistémica y de búsqueda de una “nueva realidad”.

*Adalid Contreras Baspineiro es sociólogo y comunicólogo boliviano. Experto en estrategias de comunicación.

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