El libro Filosofía de la pandemia del catedrático, Blithz Lozada Pereira, constituye un ambicioso y riguroso esfuerzo por pensar filosóficamente un acontecimiento que marcó a la humanidad entera: la pandemia del Covid-19. Publicado con el apoyo del Instituto de Estudios Bolivianos de la UMSA en julio de 2025, el volumen condensa una investigación de largo aliento que integra disciplinas diversas como la historia de la medicina, la filosofía de la historia, la bioética, la arquitectura, las políticas públicas y las teorías contemporáneas sobre el conocimiento y la verdad.
Uno de los mayores méritos del libro es su estructura en tres partes, que permite articular grandes dimensiones del pensamiento frente a la pandemia: 1°, lo que podrían haber dicho los filósofos clásicos, si hubiesen vivido esta crisis; 2°, los modelos filosófico-históricos que ayudan a comprender sus implicaciones; y 3°, la genealogía de las pandemias analizadas en su “larga duración”, incluyendo sugerencias propositivas sobre urbanismo, educación y salud pública.
En la primera parte, Lozada despliega un ejercicio interpretativo lúcido y bastante provocador, al inferir lo que pensadores como Heráclito, Platón, Rousseau, Kant, Arendt, Sartre o Foucault habrían dicho sobre el virus, cuáles serían sus efectos sociales y las reacciones humanas. Estas lecturas no son meros juegos de erudición: revelan cómo las categorías filosóficas siguen iluminando el presente, incluso en condiciones tan inéditas como una pandemia global. La crítica a los filósofos contemporáneos como Giorgio Agamben, Slavoj Žižek, Judith Butler o Byung-Chul Han, por sus posturas apresuradas o infundadas, resulta contundente y oportuna, sobre todo frente al fenómeno de la posverdad.
En la segunda parte, el libro introduce los grandes paradigmas de la filosofía de la historia —teleológico, utópico, distópico y cíclico— como lentes para interpretar la pandemia. Aquí se muestra cómo la historia, lejos de ser una simple crónica del pasado, se vuelve clave para comprender los miedos, esperanzas y políticas del presente. La lectura de San Agustín, Voltaire, Hegel y otros autores históricos aporta una densidad teórica que muy rara vez se encuentra en los debates sobre Covid-19
La tercera parte, dedicada a la genealogía de las pandemias, aporta una perspectiva de largo plazo, que permite relativizar la excepcionalidad del coronavirus para ponerlo en una línea de tiempo, que va desde las plagas antiguas, hasta los desafíos contemporáneos. Al hacerlo, el autor no solamente proporciona información médica y filosófica, sino también orientaciones concretas sobre la necesidad de preparar mejores sistemas educativos, urbanos y sanitarios frente a futuras emergencias.
El estilo de Lozada es muy académico pero didáctico, erudito y comprometido con el esclarecimiento de dudas en torno a las consecuencias de la pandemia. El libro combina teoría y acción, crítica y propuesta, mostrando que la filosofía no es un adorno teórico, sino una herramienta vital para enfrentar la incertidumbre y el sufrimiento. La inclusión de recomendaciones concretas sobre políticas públicas, la importancia de la educación y la necesidad de combatir la desinformación, refuerza el carácter propositivo de la obra.
En suma, Filosofía de la pandemia es una obra prácticamente monumental, de aquellas que quedarán como el testimonio intelectual de una época. Su enfoque interdisciplinario y su profundidad crítica, la convierten en un hito destacado en la producción académica boliviana, además de ser un referente para futuros estudios sobre la pandemia y sus múltiples significados. Es un libro que no solo se lee, sino que interpela y trata de transformar las conductas y reflexiones sobre situaciones que atentan contra la extinción del género humano, frente a las incertidumbres de siempre: ¿pueden los ciudadanos de a pie acomodarse, sobrevivir y adaptarse a riesgos mortales y, posteriormente, reconstruir sus vidas dentro de una lógica de múltiples sentidos?
LAS CICATRICES DESPUÉS DE LA PANDEMIA
A lo largo de las reflexiones de Lozada Pereira, podemos recordar con calma el comienzo de 2020 y, al mismo tiempo, seguimos sintiendo el miedo penetrante durante la llegada de la pandemia. Todo el mundo temblaba y los muertos, en masa, empezaban a aterrorizar desde las pantallas y la publicación de noticias terribles sobre los efectos catastróficos del Covid-19. Cinco años después, Filosofía de la pandemia, contribuye a comprender mejor las cicatrices de aquel dramático evento que nos empujó fuertemente contra las cuerdas de una mayor incertidumbre y rencor. Después de los miedos y la recuperación difícil, todavía observamos que la salud continúa estando en las peores condiciones. Los servicios de salud siguen atravesados por la masificación, son deficientes y en los casos de la atención privada, la salud es un lujo muy caro.
La pandemia dejó tremendas consecuencias, sobre todo en lo que se refiere a una crisis de los “derechos humanos”, pues nadie está completamente seguro en los sistemas de salud ineficaces y deshumanizados. Es aquí donde Lozada Pereira ayuda a pensar mejor sobre cómo las empresas farmacéuticas y algunos médicos, en gran medida, solamente quieren hacer dinero con el tratamiento de dolencias y miedos. Esta deshumanización converge con la crisis de las democracias, que son víctimas de retrocesos autoritarios y se remontan a los siglos XIX y XX, pues la filosofía se detiene a pensar en cómo la deshumanización representa una derrota de los seres humanos al estar atrapados por fuerzas que rebasan su capacidad de reacción y se descubren en su pequeñez, frente a golpes extremos como el Covid-19.
La gente está, cada vez más, en contra de la política y el ámbito privado tampoco ofrece alternativas para una mejor convivencia porque está sometido al beneficio económico y a lógicas particulares. El Índice de Desarrollo Humano lleva dos años consecutivos disminuyendo a escala mundial, revirtiendo los logros alcanzados durante el periodo 2017-2022. Casi todos los estados, tanto en los países desarrollados, como de ingreso medio y los estados pobres, tienen que estimular una mayor inversión, mejorar el mercado de los seguros para una atención integral de la salud y fomentar la innovación.
Una mayor inversión implica que el Estado invertirá en identificar energías renovables, la preparación para enfrentar nuevas pandemias y peligros naturales extremos, aliviando las presiones sobre la explotación irracional de los recursos del planeta y preparando a las sociedades para controlar mejor las “crisis mundiales” como el Covid-19. Incluso la arquitectura es fundamental para repensar cómo enfrentar probables nuevas pandemias.
Lozada afirma de forma clara que: “La Filosofía descubre que la Arquitectura y la política deben fijar condiciones de construcción, de modo que las demandas de salud que surjan de improviso sean satisfechas suficientemente. Se trata de responder a las necesidades de miles de personas que requieren atención médica y de crear las condiciones para adecuar las funciones de las urbes a situaciones extraordinarias como la cuarentena rígida, la conversión de recintos diversos en ambiente de salud y la adecuación de casas y departamentos para atender a los enfermos y facilitar el teletrabajo”.
Simultáneamente, los seguros de salud ayudarán a proteger a la población de las contingencias en un mundo incierto. Un ejemplo es la necesidad mundial de protección social a un costo accesible y con subvenciones creativas para combatir las consecuencias del Covid-19 y nuevas epidemias graves.
La innovación en sus diferentes formas, sea tecnológica, económica o cultural, resultará esencial para responder a los desafíos desconocidos que enfrenta la humanidad frente a las amenazas de otras enfermedades. Filosofía de la pandemia sugiere que la educación y las universidades, como siempre, deberán esforzarse más para repensar el “futuro”. Pero qué es el futuro, cuál es su contenido y cuáles son las innovaciones que se requieren pensar para retomar la confianza en lo que está por venir. ¿Sabemos hacia dónde estamos yendo? ¿Es racionalmente probable que los Estados y las economías reaccionen de manera más humana y eficiente frente al impacto mortífero de nuevas enfermedades? Acertadamente, Lozada Pereira afirma que “(…) ante la calamidad de salud que golpeaba a cualquier ser humano y quedando frente a la muerte que arrolla de súbito ―de manera similar a la pandemia de la Covid-19 en el siglo XXI- ningún individuo, por muy ilustrado que sea y se considere a sí mismo, renuncia a recurrir a subterfugios sobrenaturales, creencias mágicas, contenidos religiosos, conjuras místicas y otros artilugios similares, cuestionables racionalmente”. La Razón, como indicador fundamental de la modernidad y la cultura contemporánea, se derrite frente al embate de cualquier pandemia y el Covid-19 nos encerró, precisamente, en un callejón sin salida ni soluciones, durante más de tres años (2020-2023).
Por otra parte, uno de los aspectos importantes es afrontar el “antropoceno”. Esta era es un conjunto de transformaciones sociales intencionadas, generadas por el ser humano, con efectos como la destrucción de la naturaleza y acciones que incrementan las desigualdades socio-económicas. Esto aumenta la creciente polarización: conflictos entre pobres y ricos, entre regímenes autoritarios y luchas de democratización, entre la lógica del mercado y la demanda por mayor protección social para erradicar la pobreza. La llegada del Covid-19, probablemente, tiene como causa una serie de experimentos en laboratorio que salieron de control. Si fue así, entonces, el antropoceno es una fuerza que deberán ser enfrentada con mayor decisión.
El uso de la tecnología es un arma de doble filo ya que las potentes nuevas tecnologías de la información, bases de datos y comunicación, podrían empeorar las vidas inestables de millones de ciudadanos e incrementar la incertidumbre. Desde las noticias, las mercancías y la publicidad, hasta las relaciones que forjamos en línea y en la vida real, nuestras vidas están cada vez más determinadas por controles tecnológicos como los algoritmos y, en particular, por todo tipo de inteligencia artificial.
Para las personas que se conectan a Internet, cada aspecto de sus vidas se convierte en datos que se pueden “vender”, lo que plantea interrogantes sobre quién tiene acceso a qué información, especialmente a la información personal sensible y cómo se utiliza, muchas veces para aprovecharse de las personas y manipularlas. Las redes sociales son escenarios de acoso, desinformación y abuso desmedido, confundiendo a los ciudadanos y generando problemas de salud mental como la ansiedad o la distorsión de la realidad.
En el caso de América Latina, la región enfrenta una crisis social prolongada que empeoró por un contexto de incertidumbre a lo largo de la pandemia. Los más afectados fueron los niños, las familias pobres, indígenas, afrodescendientes, las mujeres jefas de hogar y las personas de la tercera edad. En general, los más desprotegidos. Esta preocupante realidad despierta muchas dudas, sobre todo porque la pandemia mostró de forma descarnada que ya no es posible confiar en las democracias.
Asimismo, los Estados latinoamericanos que no supieron enfrentar el Covid-19, tampoco estuvieron preparados para tomar buenas decisiones que realmente beneficien a la población. Después de la pandemia, permaneció la desconfianza e, incluso, cierto odio hacia la democracia que nunca supo ofrecer alternativas materiales y efectivas para enfrentar crisis agudas y el deterioro progresivo de las condiciones de vida.
UN PRESENTE INCIERTO
El continente latinoamericano continúa expuesto a un inestable escenario geopolítico y económico que, lamentablemente, ha empeorado debido a la guerra en Ucrania, la franja de Gaza y los conflictos en Siria. Este escenario sigue llevando hacia una desaceleración del crecimiento económico y una lenta generación de empleo. Hoy día, no hay empleos de calidad y existe una inflación que no deja de incrementar los precios de la energía y los alimentos. Esta situación conduce a América Latina hacia un retroceso en su desarrollo social y a una “inestabilidad” en los planos social, económico y político. El efecto inmediato, es un sentido de desprotección que sienten millones de personas porque no encuentran opciones para garantizar su bienestar y el ejercicio de sus derechos.
Lozada Pereira también aporta profundamente al análisis porque, en medio de tantos tropiezos, temores y perplejidad, “Hasta ahora, se cuenta con información relevante, desplegándose posiciones y pensamiento crítico con enfoque multi-disciplinar, focalizándose el objeto de estudio cognoscible y sujeto a gestión. Se han dado aportes intelectuales desde perspectivas diversas que analizan e interpretan la temática con medios teóricos y metodológicos fértiles y variados. El objetivo del despliegue multidisciplinar y crítico de conocimiento sobre la pandemia, viéndola como un objeto de estudio en la inmediatez histórica, con pasado reciente, vívido y tumultuoso, se ha consumado; aunque sigue siendo una tarea en proceso, diseñar pautas y políticas que prevengan en qué condiciones se enfrentarán los nuevos brotes de emergencia sanitaria en el futuro”.
En otro ámbito, el impacto de la pandemia en el sector educativo también fue tremendo, generándose una crisis silenciosa como consecuencia de la prolongada interrupción de la educación presencial y la pérdida de varios aprendizajes. La educación no tuvo una respuesta inmediata durante la crisis, lo que aumentó las desigualdades educativas preexistentes. Toda una generación de niñas, niños, adolescentes y jóvenes sufrieron (todavía sufren) el llamado “efecto cicatriz” que destruye las oportunidades de desarrollo en América Latina y el Caribe.
Durante la pandemia, las cicatrices preexistentes como la pobreza, la discriminación de los grupos vulnerables, la deficiencia de los servicios de salud y educación, se agravaron todavía más. Las cicatrices sociales, culturales, políticas y económicas permanecen, o se han abierto nuevas heridas como la violencia contra los niños y las mujeres. El efecto cicatriz se ha convertido en una especie de “crisis estructural”, que no va a poder ser solucionada durante mucho tiempo.
Frente a las cicatrices de América Latina, la educación digital y las transformaciones tecnológicas para ayudar a los aprendizajes que surgieron luego de la pandemia, no están funcionando como se esperaba porque lo que ahora se necesita, es la generación de más fuentes estables de empleo con calidad para millones de nuevos profesionales y jóvenes que ingresan al mercado de trabajo. De lo contrario, las cicatrices de la pobreza y la desigualdad van a perpetuarse. Esto es lo que Blithz Lozada critica de forma muy coherente y lúcida, indicando que los bachilleres en Bolivia tienen una “deplorable preparación”; de esta manera: “Si la educación que se imparte en las unidades educativas carece de nivel científico; si en los docentes no prevalece una visión del mundo que explique las enfermedades como parte de los procesos naturales que aparecen en la historia; si no se difunde confianza en el conocimiento y la investigación esperando enfrentar y derrotar al coronavirus; si no existe una actitud moderna, está claro que se reforzarán en el aula y se multiplicarán por la familia, los prejuicios, las creencias, la fe en las curas milagrosas y el conjunto diverso de conductas, desde las teleológicas amparadas en la religión, por poner el caso, hasta las actitudes de gestos distópicos que concibieron la pandemia como el preámbulo del apocalipsis y el fin del mundo”. Estas cicatrices, rara vez se borran o superan.
La interrupción de las clases presenciales creó una gran discontinuidad en los estudios y cuando hubo la posibilidad de acceso por vía remota a través de Internet, las desigualdades también fueron enormes. Los estudiantes de clases medias y altas accedieron y acceden a equipos como tabletas, computadoras o celulares, mientras que los estudiantes de clases populares y pobres, ni siquiera tienen con qué estudiar y menos pueden pagar de manera regular el servicio de Internet para las clases virtuales.
Así surge la pérdida de oportunidades de aprendizaje y el aumento del abandono escolar. Con la pandemia se debilitó la protección de los derechos esenciales de las niñas, niños y adolescentes, incluida su exposición a la violencia, que también se incrementó en los periodos de encierro, agregándose los problemas de salud mental, debido a situaciones de zozobra, abandono y ausencia de soluciones estables para miles de familias.
Finalmente, el libro Filosofía de la pandemia, asevera: “Durante los 1151 días que duró la pandemia de Covid-19, hubo seis millones doscientas mil personas que murieron por la enfermedad; en tanto que se calcula que alrededor de 15 millones de personas perecieron por causas originadas indirectamente por la pandemia; por ejemplo, la sobrecarga de los sistemas de salud que no dio lugar a que se atendiera de modo conveniente la emergencia sanitaria, debido a la demanda disparada y por la oferta que fue restringida. Hasta hoy [hace referencia a 2025], la cifra creció a más de siete millones de decesos directos por la pandemia, en tanto que las indirectas, llamadas también muertes en exceso, son equivalentes al 0,2% de la población mundial”. Todo en nuestra vida se convirtió en un océano de incertidumbres, motivo por el que, es casi imposible enfrentar acertadamente las tremendas consecuencias del Covid-19, entre ellas, el deterioro socio-económico.
El problema en el decaimiento del desarrollo humano, radica en las soluciones que, hoy en día, son opacas y tampoco se sabe cómo rearmar una “ruta clara”, cómo ser más eficaces o cómo romper con las dinámicas polarizadas durante algunos conflictos armados y situaciones sociales que acrecientan las rupturas insalvables entre pobres y ricos. El embarque “hacia la deriva” al cual fuimos sometidos con la pandemia se mantendrá, probablemente, incluso en los próximos 30 años. ¿Quiénes y cómo sobreviviremos?, no se sabe, pero las ideas de Lozada Pereira nos acompañan de forma eficaz porque el pensamiento y la filosofía seguirán, impenitentes, analizando y observando cuáles serán los nuevos rumbos para combatir todo tipo de amenazas que atingen a la subsistencia del género humano. Filosofía de la pandemia es un indudable aporte que dará mucho de qué hablar y debatir, durante un largo tiempo.
Franco Gamboa nació en La Paz. Se educó en Bolivia, en la UMSA, la Licenciatura en Sociología; después realizó una Maestría en Políticas para el Desarrollo Internacional en Duke University, Estados Unidos y, finalmente, en Inglaterra estudió un doctorado en Administración Pública y Relaciones Internacionales en London School of Economics and Political Science. Es miembro de Yale World Fellows Program en Yale University. Posee una reconocida experiencia en periodismo político de investigación, gerencia de resultados para el desarrollo sostenible, planificación estratégica, sistemas de gestión de calidad y especialista en política exterior. Ha publicado doce libros y fue reconocido como catedrático Fulbright para enseñar en Marymount University, Arlington, Virginia y Georgetown University de 2022 a 2024. Es columnista de los portales digitales Visón 360 Grados, Guardiana, Datápolis, Inmediaciones y Urgente.BO. Su más reciente libro es El sistema internacional más allá del caos. Pensando la política en tiempos de globalización. Fue investigador del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales, del Instituto Francés de Estudios Andinos y del Programa de Investigación Estratégica en Bolivia.