Mauricio Medinaceli – Un, dos, tres… tres precios políticos

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¿Qué es un precio? ¿Es simplemente un número que nos dice el valor de algo? ¿Es un número que nos duele cuando sube y nos alegra cuando baja? ¿Qué es un precio?

Yo soy de los economistas que consideran al precio como una de las variables más importantes dentro una economía. ¿Por qué? Porque nos dan algo tan útil, tan importante, tan necesario, tan vital. Nos dan información. Usted quizás pensará y ¿eso a mí qué me importa? Sin embargo, hay precios por todas partes, desde que despertamos, hasta que dormimos… incluso en nuestros sueños.

Cuando despierta y ve la hora en su celular, usted está preocupado por el precio del tiempo. ¿Puedo dormir un poco más? ¿Ya debo levantarme? Usted comienza valorando horas de sueño versus obligaciones. En épocas de vacas flacas, cuando usted desayuna algo muy simple, piensa en el precio de los alimentos ricos, caros y, de seguro, poco saludables… luego suspira. Si no tiene auto, sale al trabajo y piensa en el precio del transporte, si usted salió tarde quizás comience a pensar en el precio de un taxi. Llega la hora del almuerzo y los precios comienzan a danzar en su cabeza ¿Algo rico y caro? ¿Algo rico y barato? (¿hay eso?). Llega la noche y si usted es soltero, quizás se anime a salir con los amigos o la pareja y nuevamente le atacan los precios ¿será caro? ¿será barato?

Si a usted le ofrecen un trabajo, un precio le viene a la mente… su salario. Si usted es un emprendedor quizás no deba explicarle lo importante que son los precios, de los insumos, sus precios de venta, etc. Si usted decide casarse, piensa en el precio de la boda. Si decide tener un hijo, piensa en los precios de traer este niño al mundo. Si decide compra un auto, piensa en el precio de compra, el precio de la gasolina, el precio de reventa. Si decide comprar una casa, piensa en el precio de la casa, el precio de mantener la casa, el precio de los servicios (luz, agua, etc.) de la casa. Si decide ir al fútbol, piensa en el precio de la entrada. Si decide ir al cine, piensa en el precio de la entrada, las pipocas, la coca cola y el transporte. Aún si usted es millonario, piensa en el precio de esa joya, del auto último modelo, el precio del tiempo.

Entonces, si una variable es tan importante, tan vital, tan central en nuestra vida, una pregunta debiera asomar a nuestra cabeza ¿quién fija el precio? Le cuento que mucha tinta, muchos libros, furibundos debates sucedieron (y aún lo hacen) con relación a esta pregunta, que parece tan inocente pero, en realidad, es un como un monstruo capaz de devorar todo argumento que se le ponga al frente. Yo soy del grupo de economistas que piensa que los precios obedecen a los gustos de las personas, las necesidades humanas, los caprichos de la naturaleza, las instituciones, la tecnología, los caprichos políticos y otras variables más. Al ser una variable tan compleja, hay muchos factores por detrás; sin embargo, cuando los precios responden a situaciones reales, entonces son excelente fuente de información, veamos algunos ejemplos.

  • Si el precio de las camisetas con la 10 de Messi sube, ello indica que hay un cambio de gustos en las personas… en simple, como muchos chicos adoran a Messi entonces están dispuestos a pagar bastante por la camiseta, entonces los precios suben. En este caso los precios responden a cambios en los gustos de las personas.
  • Imagine que el agua potable es cada vez más escasa, entonces los costos de procesamiento (para hacerla bebible) suben, por tanto, los precios del agua se elevan. En este caso los precios responden a mayores costos de producción. En este ejemplo quiero detenerme. Alguien dirá que es una barbaridad que el precio del agua suba, porque el “agua es un derecho de las personas”. Eso está bien. Pero fíjese en la señal. Si los precios del agua suben, quizás la gente comienza a tener más cuidado en su uso, las empresas la utilizan de forma más eficiente y todos trataríamos de contaminar menos. Esa es la parte “bonita” de la economía.

Pero (como siempre el pero) hay quienes opinan que un precio del agua elevado daña a los más pobres, porque justamente el agua se hace más cara. Entonces, surgen protestas, “guerras del agua” y otros problemas que finalmente obligan a bajar los precios del agua. ¿Es esta una victoria? ¿Estamos enviando la señal correcta? Mi respuesta es: no. La señal correcta que debe enviar el precio del agua es que el agua es escasa y, por tanto, su precio debiera ser alto, para que la gente la use con prudencia. Si a usted (como a todos) le preocupan los pobres, la solución no viene con un precio del agua bajo, viene (en general) otorgando los instrumentos a los pobres para que puedan pagar un precio del agua que refleje su escasez. Imagine el caso contrario, si por ayudar a los pobres fijamos un precio del agua igual a cero, entonces es fácil anticipar que el despilfarro sería monumental.

* Un último ejemplo. Hasta hace 30 años, tener una línea telefónica en Bolivia era caro. Para los lectores más jóvenes les cuento que había que comprar una línea, aproximadamente en dos mil dólares para poder conectar la casa con la red telefónica. Hoy en día los precios de conexión son cero, es decir, los precios bajaron gracias a una mejora en la tecnología.

Así mi estimado lector, los precios son fuente de información inagotable, por ello, cuando son manipulados por objetivos político – partidarios, entonces dejan de otorgar la información correcta y todo se descontrola. Así nacen los “precios políticos”. Este concepto lo acuñó mi buen amigo Pablo R. cuando, en un café, discutíamos el tema de los subsidios.

Un precio político no responde a los gustos de las personas, cambios en la tecnología, los costos de producción y/o la escasez de un producto. Un precio político responde a objetivos políticos: reelección, mejora en las encuestas, ayuda a los amigos, etc. Por eso, en general, los precios políticos no están alineados con aquellos precios que la gente necesita, están alineados con intereses político-partidarios, que también son válidos (desde alguna perspectiva) pero no siempre ayudan a resolver problemas económicos.

En Bolivia identifico al menos tres precios políticos: el precio de la gasolina, el precio del pan y el precio del dólar. Creo que dos de estos tres precios, la gasolina y el dólar, envían las señales incorrectas a las personas y empresas.

¿Por qué señales incorrectas? Porque otorgan la sensación de abundancia. Dan la impresión de que en la economía boliviana abundan los dólares y nos sobra la gasolina, cosa que no es cierta. Gracias a la política de hidrocarburos adoptada desde el año 2006, en este momento la producción de petróleo y gas natural está en declinación y por tanto, debemos importar los llamados “carburantes” … la gasolina no es abundante. Gracias también a las políticas del pasado, que no favoreció las exportaciones (la llegada de dólares a la economía) entonces ahora nos faltan dólares.

Pero los precios actuales de la gasolina y el dólar no reflejan esta escasez. Es como si el papá tratase de ocultar que tiene problemas de dinero en casa y por ello, aún hace regalos generosos a la familia, digamos, celulares caros y lujosos. Como los chicos solo ven esa señal, no saben de los problemas financieros del papá, hasta tienen el lujo de maltratar el celular que tienen con el afán de tener el último modelo… entonces ¿es culpa de los chicos por pedir celulares? O ¿es problema del papá? Quien no manda las señales correctas a los chicos, a su economía.

El contraargumento clásico a esta postura es la afectación a los pobres. “Claro Mauricio, pides que eliminen el subsidio y los que sufren serán los pobres”; “Claro, nuevamente un neoliberal que quiere lastimar a los pobres”; “Nuevamente, la derecha atacando al modelo comunitario, tan noble y bueno”. Desde mi perspectiva, la ayuda a los pobres no viene a través de precios incorrectos, viene a través de genuinas políticas que ayuden a ellos… a los pobres. No le pida al papá que siga mintiendo (enviando las señales incorrectas), pídale al papá que cuente a la familia sobre los problemas de casa para que encuentren una solución. Porque, mi querido lector, un dólar barato y una gasolina subsidiada termina afectando a los más pobres. ¿Quién tiene más problemas para conseguir dólares hoy en día? ¿El millonario con dinero o la señora que trae chocolates (de contrabando) desde Argentina o Perú?

¿Soluciones? Las hay, pero serán motivo de otro post… que este ya salió demasiado largo.

Un abrazo a la distancia, como diría Bono “faraway, so close”.

Mauricio Medinaceli Monrroy

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