América Yujra – La ficción en política: una táctica peligrosa

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A lo largo de nuestra historia, muchas acciones y representaciones culturales se han nutrido de un ingrediente determinante: la ficción. Con él, escritores, pintores, entre otros artistas lograron dar rienda suelta a su imaginación para crear mundos o realidades inverosímiles. ¿Con qué objetivo? Por simple entretenimiento, para escapar de la cotidianeidad, para explicar (o disimular) el estado actual de contextos determinados, o para retratarlos de manera creativa.

Al provenir del latín fictus (inventado), la ficción puede clasificarse en: realista, ciencia ficción y fantástica. La primera no implica una invención compleja, pues se agota con la imaginación de una realidad diferente, sin cambios o elucubraciones exageradas o inauditas. La ciencia ficción incluye el carácter científico y tecnológico para relatos o narraciones futurísticas. Mientras tanto, la ficción fantástica es la más rupturista de todas, dado que echa mano de mitos, magia, fuerzas sobrenaturales u otros recursos irreales para construir (o representar) mundos fantásticos.

Ahora bien, toda narración (escrita o verbalizada) de ficción debe estructurarse en torno a una trama, entendida como un plan o conjunto de acciones a desarrollarse en tiempo y espacio específicos.

Ése plan consta[1] de: 1) antecedentes o planteamiento: presentación de personajes, escenarios (espaciales y temporales) e ideas generales de la trama; 2) incidentes: introducción de problemas y situaciones; 3) desarrollo de la (s) acción (es): descripción ampliada de los incidentes; 4) clímax o culminación de la historia: resolución de los conflictos o eventos; 5) término de la acción: es lo inmediato a la culminación, el cierre o final de la narración con una reflexión o mensaje final.

Pese a usar recursos extravagantes, una narración de ficción no es una construcción improvisada. Requiere ésos cinco elementos, aún con variaciones en su orden, sin prescindir de un hilo lógico y cronotópico (espacio/tiempo). Es un conjunto de decisiones dirigidas a un objetivo. En consecuencia, muestra las intenciones, la personalidad y las concepciones de su (s) autor (es).

¿Cómo una ficción logra tener éxito? No basta con una trama sólida; debe desafiar el entendimiento de quienes la reciben, debe generar emociones que les permitan identificarse con los personajes o las situaciones descritas en la narración. Así, una ficción no sólo produce curiosidad o incentiva la imaginación, también suscita acciones de crítica, aceptación, comprensión o recusación.

Michael Ende, prolífico escritor del género fantástico —con obras como La historia interminable o Momo—, señaló que “la literatura y la mentira están hechas de la misma sustancia: la ficción. Esta sustancia puede ser una medicina o un veneno, dependiendo de las manos en las que caiga”. Dados los objetivos que una ficción puede lograr (entretener, explicar o disimular escenarios, transformar realidades), no es de extrañar que sea usada en el ámbito político, cuyas “manos” no son precisamente las adecuadas para elaborar “remedios”.

Si actores político-partidarios tienen como estrategia desviar la atención de crisis o conflictos en ciernes por inexistencia de soluciones o sólo para no afrontarlas, una táctica será recurrir a líneas discursivas que incorporen nuevos tópicos en la mesa de discusión. Y es así que la ficción se convierte en la materia prima imprescindible en ésta labor.

En política, ésa construcción discursiva parte de un planteamiento de personajes y contextos identificados, describe hechos y recurre a una configuración antagónica de figuras internas y externas (del partido, del gobierno, del Estado, etc.) a quienes se les endilga responsabilidades sobre eventos actuales (demandas insatisfechas, por ejemplo) o futuros (ingobernabilidad o estancamiento de la maquinaria gubernamental).

Asimismo, tanto en la presentación como en el desarrollo de personajes, establece una clasificación dicotómica de exclusión-inclusión (ellos vs nosotros), que, a la vez, genera dos acciones que refuerzan los grados de polarización y conflictividad: agrupación-agresión. Esta cimentación táctica añade la ficción mediante una inventiva de hechos, de “mártires” y “enemigos, de “golpes” o planes de desestabilización.

La clase política gobernante, es decir, “arcistas” y “evistas”, recurren continuamente a ésa construcción narrativa de ficción, incluso del tipo fantástico al añadir sucesos sobrenaturales o de misterio.

Hace algunos días, Luis Arce señaló: “En la actualidad, muchas fuerzas oscuras y antipatrióticas externas e internas conspiran contra la integridad de la patria, a través de operaciones híbridas como golpes suaves, el sabotaje a la economía, mediante siembra de zozobras, rumores y percepciones (…)”.

La narración de ficción que el “arcismo” construyó —y refuerza continuamente— tiene por trama un escenario de desestabilización a un gobierno que “escucha y trabaja por el pueblo” mas todos sus esfuerzos por satisfacer demandas sociales son bloqueados por “enemigos” internos y por “la derecha” tanto vieja como nueva.

Por su lado, el “evismo”, la facción del autodenominado “líder de los humildes”, pregona una narrativa de traición al “Proceso de cambio” y al “jefe histórico” por parte de los “derechizados” (“arcistas”), quienes urdieron un “Plan Negro” para proscribir a su partido y eliminar a Evo Morales de toda carrera electoral futura.

¿Qué pretende el “arcismo” con su historia? Desviar la atención y desconocer una crisis económica que va encrudeciéndose cada vez más. Está claro, Luis Arce y su facción no quieren ver la realidad del pueblo que dicen representar; no quieren admitir que su gestión está más cerca del fracaso que de una reelección. Quieren mostrar una imagen positiva que evidentemente no existe. ¿Y qué busca el “evismo”? Revivir la figura del caudillo, aprovechando el desastre político y de gestión del “arcismo”.

Pese a sus esfuerzos discursivos, sus construcciones narrativas no son exitosas porque no generan ni reconocimiento ni identificación en grupos sociales ajenos a sus facciones. Además, parten de obstinadas convicciones —Arce cree que la ciudadanía respalda su gobierno, Morales cree que puede volver a ocupar el armatoste de plaza Murillo— que ni bajo el lente de la ficción logran ser posibles.

Independientemente de la infructuosidad, el uso de narraciones de ficción en política puede generar circunstancias que afecten al sistema democrático. Por ejemplo, la invención de un antagonismo reducido a dos bandos plantea un desconocimiento del pluralismo político, característica esencial de las democracias modernas. Así también, la caracterización de las oposiciones políticas como personajes hostiles a ser “combatidos y derrotados” pone en duda la vigencia de los derechos de libertad ideológica, política y de expresión.

A la par de ello, el uso de la ficción en política hace que sus actores actúen a fin de materializar sus mentiras, exageraciones o invenciones discursivas. Para que todas éstas sean o parezcan “reales”, es necesario transformar el exterior, lo visible ante la opinión pública. Muchas veces, ésta conversión menoscaba instituciones democráticas y merma progresivamente la vigencia del Estado de Derecho.

Sin embargo, el sistema democrático y sus instituciones no son los únicos en peligro. Las construcciones narrativas de ficción pueden afectar a la ciudadanía: habrá personas que creerán ciegamente; otras lo harán para no dejar sus incertidumbres sin respuestas; algunos individuos seguirán actuando por adulación; y otros continuarán rehusándose a pensar por sí mismos y aceptarán cualquier argumento.

En todo caso, cualquiera de ésas personas se convertirá en un peligro para la estabilidad democrática y en una herramienta funcional al poder político-partidario. Hannah Arendt[2] ya identificó este riesgo cuando señaló lo siguiente: “El súbdito ideal del régimen totalitario no es el nazi o el comunista convencido, sino el hombre para el que ya no existe distinción entre hecho y ficción, entre verdadero y falso”.

El masismo y sus facciones seguirán usando ficciones como tácticas para mantenerse en el poder. No es posible controlar la construcción de sus estrategias discursivas, pero sí podemos evitar que éstas condicionen nuestras concepciones de la realidad, de las crisis que a diario se sufren en los mercados, en los hospitales, en las escuelas, en las cárceles, en los tribunales, en las calles… Porque quizá las mentiras y las ficciones puedan disfrazar, simular o modificar la verdad, pero jamás podrán reemplazarla. La derrota del régimen requiere ciudadanos conscientes de ello.

América Yujra Chambi es abogada.

[1] Instituto Cervantes., Rico, E., Cruz, J., Rodríguez, F. (2012). Saber narrar. Aguilar Grupo Santillana.

[2] Arendt, H. (1998). Los orígenes del totalitarismo. Taurus.

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