Windsor Hernani Limarino
Una de las herencias más nocivas que dejó la llamada “diplomacia de los pueblos” fue la demolición sistemática del servicio exterior boliviano. Bajo el disfraz de inclusión, soberanía y retórica revolucionaria, se instaló un modelo donde la improvisación sustituyó a la formación, la lealtad política desplazó al mérito y la diplomacia pasó a ser simplemente un botín personal y circunstancial de los allegados al poder.
Ante ese escenario, surge la necesidad de reconstruir, y con ese propósito, observar el funcionamiento de la carrera diplomática brasileña puede resultar ilustrativo.
La fortaleza del servicio exterior brasileño descansa en una sólida institucionalidad, cuyo pilar central es el Instituto de Rio Branco, (la academia diplomática del Brasil) responsable de la selección, formación y desarrollo profesional de los diplomáticos. Fundado en 1946, el Instituto constituye la única puerta de ingreso a la carrera diplomática. No existen atajos, excepciones ni mecanismos paralelos, como invitaciones personales a supuestos meritorios profesionales, favores políticos, vínculos familiares o afinidades partidarias.
Brasil, con una población aproximada de 212,8 millones de habitantes, cuenta con cerca de 21,3 millones de jóvenes entre 18 y 26 años. De ese universo potencialmente aspirante, solo unas pocas decenas logran superar el proceso de selección, comparable al de las instituciones académicas más prestigiosas del mundo. El mensaje del Estado brasileño a su juventud es claro, directo e inequívoco: quien aspire al honor de representar al país debe hacerlo exclusivamente a través del mérito.
Los que superan el exigente concurso público y aprueban el Curso de Preparación de Diplomáticos inician su carrera en el rango de Tercer Secretario. A partir de allí, y únicamente en función del mérito, la evaluación constante y el cumplimiento de requisitos estrictos, pueden ascender secuencialmente a Segundo Secretario, Primer Secretario, Consejero, Ministro y, finalmente, Embajador. No existen ascensos automáticos, ni discrecionales, “saltos milagrosos”, ni promociones exprés. La carrera se construye paso a paso, es gradual, reglada y verificable.
El respeto a la estricta secuencia jerárquica en los ascensos, evita que un funcionario de carrera eche mano de vínculos políticos o familiares o recurra a la hipócrita zalamería para con las autoridades, para alterar la progresión natural, en Itamaraty. El ascenso es estrictamente progresivo, incluso los diplomáticos más prometedores deben demostrar su competencia y el cumplimiento de los requisitos que exige cada etapa antes de acceder al siguiente nivel.
Esta lógica evita el absurdo lamentable de ver diplomáticos, que si bien tienen academia, no tienen trayectoria, experiencia ni formación suficiente, ocupando cargos que requieren solvencia técnica, madurez y conocimiento profundo; y a la inversa diplomáticos que ocupan altos cargos por el simple hecho de ser antiguos. La jerarquía no se improvisa, se construye; y el mérito no se proclama, se demuestra.
Si bien formalmente la designación de embajadores es una atribución del Presidente, sujeta a la aprobación del Senado, este mecanismo, en teoría, podría abrir un resquicio para la politización de los nombramientos. Sin embargo, en la práctica ocurre lo contrario: el peso de la institucionalidad y la fortaleza del cuerpo diplomático han hecho que cerca del 90 % de las embajadas brasileñas —en especial las estratégicas, como Estados Unidos, el Reino Unido, China o las misiones ante la ONU— estén encabezadas por diplomáticos de carrera.
Un episodio revelador fue el intento del entonces presidente Jair Bolsonaro de designar a su hijo como embajador en Washington. La reacción fue inmediata: la prensa, amplios sectores de la sociedad y, principalmente, el Senado —instancia encargada de la ratificación— rechazaron la pretensión. La carrera diplomática se defendió. El mensaje fue claro: ni siquiera el poder presidencial está por encima del mérito profesional.
Otro pilar fundamental del sistema brasileño es la rotación obligatoria de los diplomáticos para cumplir alternadamente funciones en la sede central y en misiones en el exterior. Los diplomáticos son destinados a embajadas, consulados y representaciones ante organismos multilaterales por períodos definidos, con límites claros mínimos y máximos de permanencia y luego retornan a la capital. Esta rotación no solo fortalece la experiencia operativa y promueve la versatilidad profesional, sino que garantiza una comprensión profunda y dinámica de los distintos escenarios internacionales.
Se trata de servir al Estado, no de servirse de él, para convertir la diplomacia en un cómodo mecanismo de turismo institucional, prolongar estancias en destinos privilegiados y confundir la representación nacional con un estilo de vida financiado por los contribuyentes. La rotación evita la apropiación personal de los cargos; dar trabajo a personas que tienen residencia o negocios fuera del país y buscan el estatus diplomático para utilizarlo en beneficio personal; desalienta prácticas clientelares; y reafirma que la función diplomática es un servicio público, no un privilegio privado.
La diplomacia de Itamaraty ha demostrado que sí es posible construir y sostener institucionalidad, profesionalismo y eficacia en el servicio exterior. Puede no ser un modelo perfecto, pero es instructivo para cumplir la obligación que tiene el gobierno boliviano de construir una política exterior de Estado, donde la diplomacia profesional no es un lujo, sino una condición mínima para actuar con dignidad y eficacia en el sistema internacional.
Windsor Hernani Limarino es economista y diplomático.

