Gonzalo Espinoza – El poder camaleónico que nos condena

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La política se ha convertido en un refugio perfecto para los camaleones. Esos personajes que cambian de color según la conveniencia, que transitan con la misma naturalidad por la izquierda, la derecha, el centro, o cualquier matiz intermedio, sin el más mínimo sonrojo ni compromiso con principios estables. No hablamos de una evolución ideológica legítima, sino de una metamorfosis calculada cuyo único propósito es no perder el poder o las prebendas que otorga su proximidad.

Hoy, cualquier ciudadano que se detenga a mirar la lista de candidatos a la Asamblea Legislativa Plurinacional se encuentra con la misma fotografía repetida: rostros conocidos por su oficio de saltar de partido en partido. Gente que en la última década ya ha recorrido todo el arco cromático de la política: desde el blanco pulcro del discurso moralista hasta el negro turbio de las alianzas con el poder económico, pasando por todos los colores primarios y combinaciones posibles. Esta es la cruda normalidad de la política boliviana: la flexibilidad moral como estrategia de supervivencia.

El problema no es solamente ético. Es también práctico. La ausencia total de filtros dentro de los partidos políticos —la inexistencia de comisiones de vigilancia que auditen la idoneidad y el historial de cada candidato— ha convertido al sistema electoral en un desfile de oportunistas que se aseguran un escaño en una franja de seguridad, gane o pierda su agrupación. Es el premio garantizado al más hábil en el arte de traicionar siglas y aliarse con el adversario de turno.

Quien busque un ejemplo no necesita indagar mucho. Tenemos candidatos que han ocupado cargos con la izquierda, que luego migraron a la derecha y ahora regresan disfrazados de centro democrático, todo mientras acumulan procesos judiciales, observaciones de corrupción y expedientes que misteriosamente se extravían justo antes del cierre del registro electoral. ¿Y quién los denuncia? Nadie. Porque ningún partido está limpio. La complicidad es transversal: quien no incurre directamente en estas prácticas, las tolera porque sabe que en la vereda de enfrente los suyos hacen lo mismo.

Así, la política deja de ser un ejercicio de servicio público y se degrada en un mercado persa donde se negocian postulaciones, se intercambian apoyos y se ofrecen prebendas. Los líderes sindicales y los caudillos de movimientos sociales, que deberían representar la dignidad de la participación popular, terminan convertidos en piezas de un ajedrez clientelar. Basta con ver cómo algunos se garantizan un escaño únicamente por haber encabezado una manifestación o controlado un comité de base. El mérito ya no es el conocimiento, la formación ni la integridad, sino la capacidad de disciplinar un bloque de votantes cautivos.

Todo esto sucede frente a nuestros ojos, mientras la sociedad se divide entre quienes normalizan el cinismo y quienes se fanatizan. Porque otra de las tragedias es el fenómeno del fanático político: ese ciudadano que se enamora de un candidato con la devoción irracional con la que se sigue a un ídolo pop, y que vota sin importar antecedentes, denuncias ni pruebas de corrupción. El fanatismo es un refugio cómodo: exime de pensar y de asumir responsabilidades cívicas.

El resultado está a la vista. Tenemos un parlamento que presume de ser multicultural, pero donde el nivel intelectual promedio roza la mediocridad, donde la solidez técnica y el pensamiento estratégico escasean. La política se ha deteriorado tanto que hoy el debate público parece un campo de juego de improvisados y mercenarios. No sorprende que hayamos llegado a las ruinas institucionales en las que estamos.

Si de verdad queremos empezar a reconstruir la confianza en el sistema democrático, hace falta mucho más que discursos de regeneración moral. Los partidos tienen la responsabilidad histórica de ejercer un control extremo sobre a quiénes postulan. Deben investigar todo: patrimonio, trayectoria, vínculos con el narcotráfico, causas penales abiertas o archivadas a conveniencia, compromisos con poderes fácticos. Nada de esto debería dejarse a la fe ciega o a la simulación.

Mientras el poder siga siendo un escenario abierto a los camaleones, la política boliviana continuará degradándose hasta un punto de no retorno. Hoy estamos al borde de ese precipicio. Y la responsabilidad de no dar un paso más en falso es, sobre todo, de quienes diseñan las listas y permiten que la falta de escrúpulos sea la verdadera ideología dominante.

Gonzalo Espinoza Cortez

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