América Yujra – De la teatrocracia a la “histrionicracia”

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En la antigua Grecia, el teatro era una forma de comunicación y también de educación dirigida a los ciudadanos atenienses, principalmente a quienes concebían a la preparación del ser y saber internos como un deber. Por eso, el teatro era uno de los lugares donde se cultivaban las virtudes, la razón y la moralidad, a través de la representación de tragedias y/o comedias cercanas a los ideales y designios de los Dioses.

En el siglo III a.C., llegó a Roma. A diferencia del griego, el teatro romano tenía al entretenimiento como principal función. Apareció el denominativo «histrión» para referirse a los actores que llegaron desde la región de Etruria. Los histriones desarrollaban su actividad actoral con movimientos exagerados y disfraces estrafalarios, usaban mímica y bailes. No tenían buena reputación por su sobreactuación, pero eran reconocidos por divertir al auditorio.

Los ideales griegos del teatro se degeneraron cuando se permitió que la audiencia tenga una participación más activa. Ya no era el demiurgo quien construía las tragedias y las comedias. La estética y la virtud viraron a la decadencia. Las obras sólo mostraban incoherencias, incultas representaciones de seres disolutos. Las audiencias simples (con pocas o nulas virtudes) parecían apreciarlas mejor porque sus vítores estruendosos y aplausos varios abundaban.

Ese ocaso no tardó en trasladarse a la política, y a eso Platón llamó teatrocracia: una forma degenerada de democracia en donde todos creían saber y entenderlo todo, se sentían capaces de hacer y reconocer lo bueno y lo estético. Se perdió el respeto a las reglas morales que dirigían las vidas de los atenienses. Las obras teatrales ya no exhibían virtudes ni denostaban vicios.

Platón decía que, en la teatrocracia, lo político es actuado o representado de forma simulada y condicionada a los requerimientos de un auditorio desordenado o, en palabras de Iris Murdoch (en El fuego y el sol. Porqué Platón desterró a los artistas), indómito. El teatro ya no era un lugar educativo; el ciudadano adoptó indiferencia hacia las virtudes y, por ende, a la política.

Actualmente, la teatrocracia de Platón es usada para criticar la teatralización de la política: autoridades que demuestran acciones dramatizadas a una audiencia pasiva. Empero, Andrea Greppi, profesor de Filosofía del Derecho de la Universidad Carlos III de Madrid, la utiliza como una solución frente a las dificultades que la representación política atraviesa en la actualidad.

En su libro Teatrocracia, Greppi le da un giro positivo a la crítica de Platón. Ve que la analogía entre el teatro y la representación ayudaría a que la actividad política no sólo sea una representación artificial y personal, sino que los espectadores (ciudadanía) asuman un rol de partícipes al inmiscuirse en los libretos que deberán representar los políticos.

Una propuesta interesante, ciertamente; sin embargo, los elementos del teatro y los vicios que trajeron su degeneración son perenes. Bajo esa perspectiva, no es de extrañar que la actividad política o, mejor dicho, el accionar de los políticos esté plagada de engaños, artíficos y retoques de la realidad. La fascinación por el espectáculo atrapó a los actores y a la audiencia. Los primeros porque disfrutan ser el centro de atención; los segundos, por disfrutar del show.

Entonces, la teatrocracia vendría a ser el uso abusivo de la teatralidad en las acciones de representación que son delegadas a los políticos, a través de peroratas exacerbadas, actuaciones irreconciliables con las tramas centrales, el cambio discrecional de los libretos establecidos y la continua búsqueda de beneplácito emotivo de la audiencia con la sobreexposición en medios de comunicación o redes sociales.

A pesar de lo que pensó Platón y la buena intención de Greppi, la analogía con el teatro parece ser correcta. Quienes recibieron la tarea de administrar el Estado y ejercer el poder lo hacen en calidad de representación delegada, es decir, “actúan” por otro (que vendría a ser el pueblo). Éste es el observador principal de las actuaciones de administradores y gobernantes. Por otro lado, las acciones de representación tienen a la Constitución Política del Estado (CPE) y las leyes como libretos.

Nuestras autoridades azules no son ajenas a esa “teatralidad”. En los últimos años, hemos sido testigos de cómo han convertido al Estado en un teatro que representó comedias y tragedias con desenlaces terribles para nuestra democracia. Durante un buen tiempo, lograron “encantar” a gran parte de la audiencia; pero la exageración y la reescritura de los libretos fue tan grosera que sólo provocó aburrimiento y descontento.

La audiencia pidió otros actores. Por un tiempo los tuvimos; pero por errores de éstos, los azules regresaron al escenario. Sin embargo, el retorno tuvo un cambio. Nuestras autoridades han adoptado el papel de histriones, esos actores repudiados en Roma. Ejecutan sus acciones de representación de forma exagerada, ataviados con el disfraz de “democráticos”; buscan empatizar con la audiencia (ciudadanía), pero sólo nos provocan risa.

El Órgano Ejecutivo, que debiese ser un lugar de autoridad y administración del Estado, se transformó en un lugar autorreferencial, de campaña política y de actuaciones ridículas. El Legislativo pasó a ser un lugar de mentiras y antagonismos apócrifos, ya no de deliberación. Y el Tribunal Constitucional (TCP), sigue en su papel de bufón servicial. Veamos los ejemplos más recientes.

  • La actuación de Eduardo Del Castillo, ataviado siempre de camuflaje, en los operativos antidroga difundidos en vídeos muy bien editados. La participación del tiktoker Juandy en un operativo en el Chapare. La función “búsqueda” del narcotraficante Sebastián Marset (que ya lleva más de 110 escenas/allanamientos fallidos).
  • Luis Arce está enfocado en hacer campaña y en proferir discursos fantasiosos, exagerando datos y el tono de su voz. Recolecta, como figuritas, cartas y pronunciamientos de apoyo por parte de organizaciones sociales. Responde a temas importantes con frases obvias: “insto que se investigue”, “insto a tomar acciones inmediatas”.
  • El presidente del TCP, Paúl Franco, sostuvo que la sentencia 084/2017 (que reconoció a la reelección como un derecho humano) sigue vigente y que no conoce de consulta o recurso constitucional alguno que pida su anulación; además, recalcó que las sentencias constitucionales son irrevocables. Actuación jocosa. Olvida que, si bien las Opiniones Consultivas de la Corte Interamericana de Derechos Humanos no tienen una fuerza vinculante directa, sirven de directrices para que el TCP reconduzca su jurisprudencia acorde a la Convención Americana de Derechos Humanos, más aún cuando de eso dependen los principios democráticos. Al parecer, el presidente del TCP desconoce lo establecido en el artículo 28, núm. 15, de la Ley No. 027.
  • La escena “huelga y obstrucción”. Mientras unos (“evistas”) exigían la aprobación de la ley para realizar las elecciones judiciales e incluso pedían el cierre de la Asamblea Legislativa, los otros (“arcistas”) les pedían dejar el show mediático porque “querían trabajar”.

¡Menuda distorsión de papeles y libretos en las autoridades ejecutivas, legislativas y judiciales! No son actores que representan lo que la Constitución y las leyes mandan, mucho menos lo que nosotros esperamos. Apegados al histrionismo, actúan sus roles de forma exagerada y disfrazada, esperando recibir vítores y aplausos de un público que creen conquistado. Piensan que lo hacen bien, que su performance es correcta y del gusto de la audiencia; pero ya no convencen a nadie.

Probablemente la analogía del teatro con la representación/acción política no sea la correcta. Quizá Platón exageró en adjudicar al teatro la degeneración de la democracia. Lo indudable es que la actuación de las autoridades de Estado se adecúa a una forma “agravada” de teatrocracia, a la que me permito denominar “histrionicracia”: un gobierno de histriones que sólo saben de disfraces y exageraciones que sólo provocan repudio y burlas, y están lejos de cumplir los fines que buscaba el teatro griego.

Y si de transiciones hablamos, la risa puede convertirse en llanto; la comedia, en tragedia; el divertimiento del histrionismo puede tornarse en una broma de mal gusto y muy peligrosa para la democracia. ¿Cómo evitar ésta mutación? Siguiendo la analogía teatral, el cambio de actores y la bajada de telón dependen del director de la obra y de la audiencia. Por suerte, ambos roles aún los tenemos nosotros, la ciudadanía.

América Yujra Chambi es abogada.

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