Andrés Gómez – Aporofobia

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La Fundación del Español Urgente (Fundéu) eligió en 2017 el neologismo “aporofobia” como palabra del año. El término fue acuñado por la filósofa española Adela Cortina en su libro “Aporofobia, el rechazo al pobre”; y nombra una realidad incómoda, pero persistente: no rechazamos al otro por ser extranjero o diferente, sino por ser pobre.

Cortina lo explica con claridad: los inmigrantes ricos, los turistas adinerados o los inversionistas suelen ser bien recibidos; en cambio, los pobres generan rechazo. No es la procedencia lo que incomoda, sino la carencia. Se valora a quien puede aportar económicamente y se desprecia a quien no tiene con qué retribuir.

El llamado paquetazo de Rodrigo Paz ha vuelto a dividir a la sociedad. Esta vez, entre quienes apoyan la medida y quienes la rechazan. Para ilustrar el clima de confrontación, reproduzco un breve diálogo que escuchó este viernes mi amigo Luis durante un bloqueo en Achumani, La Paz:

—Es que no había otra. Evo nos ha llevado a esto. Ustedes han votado por Evo. Ustedes venden gasolina de contrabando. Vayan a bloquear a sus casas —dijo una persona que intentaba pasar.
—No, señora. No insultes. No somos delincuentes. Esta subida nos va a perjudicar a todos. Dense cuenta. Pueden darse la vuelta por otra rotonda. El paro es para todos —respondió la persona que sostenía el bloqueo.

Este intercambio parte de un supuesto falso: “todo el que protesta es masista”. Y se apoya en una falacia aún más dura: “todos los pobres son masistas e ignorantes”.

Duele leerlo. Pero es real.

Los seres humanos construimos socialmente la realidad. Somos, en buena medida, lo que hicieron de nosotros: la familia, los amigos, el entorno, la escuela, el barrio. Ahí se forman las creencias, los valores, los prejuicios y los sesgos. Cuando alguien vive encerrado en una burbuja sin ventanas, tiende a reproducir sin filtro lo que circula dentro de ella.

¿Por qué los más vulnerables se oponen con tanta fuerza a este tipo de medidas?

Para responder, vuelvo a un recuerdo de infancia. Una tía mía —una chola hermosa, titi ñawi— decía cada vez que comenzaba clases que la escuela debería desaparecer. Años después entendí por qué: el costo de enviar a clases a sus cuatro hijos era altísimo frente a ingresos mínimos y necesidades urgentes.

Ninguno de mis cuatro primos terminó el bachillerato. Todos ingresaron al mercado laboral antes de la secundaria y luego migraron, cada uno, a distintos lugares para sobrevivir.

Cuando hoy converso con alguno de ellos, percibo desinformación. No por falta de inteligencia, sino por falta de condiciones. Entre quienes viven al día, no solo escasea el alimento; también escasea la información. Y ambas cosas son decisivas: una nutre el cuerpo; la otra, las decisiones.

Informarse exige un bien aún más escaso: tiempo. Leer toma tiempo. Comprender toma tiempo. Contrastar versiones toma tiempo. Informarse es una inversión. Y quienes trabajan de sol a sol, muchas veces, no pueden permitirse ese lujo. Menos, acceder a conocimientos.

¿Pueden acudir a la televisión o a la radio? Sí. Pero allí predomina el periodismo declarativo y la opinión. ¿Y en las redes sociales? La información compite —y suele perder— frente a la desinformación y el entretenimiento.

Lo que consumimos moldea nuestras percepciones; nuestras percepciones orientan nuestras decisiones. La buena información conduce a mejores decisiones. La desinformación, a decisiones erradas, entre ellas, votar por un populista.

La falta de información impide que algunas personas comprendan que el paquetazo de hoy puede mejorar su vida mañana…pero teme que el mañana sea nunca.

Un dato más: las personas actuamos desde nuestras circunstancias. Quien vende pequeños objetos en la calle todo el día y apenas gana para el almuerzo, siente —con razón— que un gasolinazo o un dieselazo le roba el futuro. Decirle “aguanta” es demagogia. Gritarle “masista” es una generalización burda. Despreciarlo por pobre tiene nombre: aporofobia.

No todos usamos los mismos anteojos para mirar la realidad. La posición social condiciona la mirada, las prioridades y los miedos.

¿Y cómo se combate la aporofobia?

Con empatía, con información de calidad, con una cultura del reconocimiento mutuo y, sobre todo, con educación moral. Pero fundamentalmente con un modelo económico y decisiones políticas que amplíen la igualdad de oportunidades.

En la presente coyuntura crítica, no hay diálogo social posible sin entender al otro; y sin diálogo, la fractura social solo se profundiza. Cuidemos las palabras antes de soltarlas. La serenidad evita que nuestra boca dispare armas que pueden acabar con toda posibilidad de cohesión social.

Termino con esta pregunta: ¿Qué culpa tiene un niño de que la lotería de la vida le haya puesto en un hogar pobre? La respuesta no es culparlo (porque sus padres votaron por el MAS), sino demostrar cómo el dieselazo le va a beneficiar.

Andrés Gómez Vela es periodista.

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