Para alguien que busca comprender la realidad de la minería boliviana, entre muchos textos de lectura obligada la obra de Roberto Querejazu Llallagua: Historia de una montaña o Trono del “Rey del Estaño” (1977), es una de las más importantes, ya que ésta representa una de las crónicas más lúcidas y completas sobre el fenómeno minero en Bolivia, que narra la metamorfosis del cerro “Espíritu Santo” en el norte de Potosí, en el yacimiento de estaño más importante del mundo durante la primera mitad del siglo XX.
Querejazu logra amalgamar la precisión técnica de la industria con la sensibilidad de la narrativa histórica, comenzando desde los tiempos en que la montaña era apenas un paraje desolado hasta convertirse en el epicentro de un imperio global. Este libro no es solo un relato cronológico, sino un estudio profundo sobre cómo el hallazgo de la veta “La Salvadora” por parte de Simón I. Patiño alteró para siempre la estructura económica y política de Bolivia.
El núcleo de la narrativa se encuentra en la figura de Patiño, cuya ambición y visión estratégica permitieron transformar una explotación precaria en una maquinaria industrial de vanguardia. El autor detalla cómo se desplazó al capital extranjero (chileno) y se consolidó una administración centralizada, que no sólo dominó el subsuelo boliviano, sino que, influyó en los mercados de Londres y Nueva York. Sin embargo, la obra no se limita al éxito empresarial; describe con la misma intensidad la evolución de los campamentos de Uncía y Llallagua, donde la modernidad tecnológica de las plantas de concentración contrastaba drásticamente con la dureza de la vida en el socavón y las precarias condiciones de salud de los trabajadores, además, desde la perspectiva del análisis social, la obra es fundamental porque documenta el nacimiento del sindicalismo minero y el surgimiento de una conciencia de clase que desafío el poder de los «Barones del Estaño».
La obra de Querejazu expone cómo la falta de una gestión social equitativa y la desconexión entre la alta gerencia y las bases sociales sembraron las semillas de conflictos históricos, como las masacres de Uncía y Catavi. Estos eventos, descritos con una objetividad desgarradora, explican la fractura social que dio lugar a la Tesis de Pulacayo y, posteriormente, a la Nacionalización de las Minas en 1952. En los hechos, la montaña deja de ser solo una fuente de mineral para convertirse en un actor político que derriba y levanta gobiernos.
En el libro Querejazu nos recuerda que la riqueza minera es efímera, si no se traduce en desarrollo humano y estabilidad social.
El autor evita definir a Simón Patiño, sea como villano emprendedor, o como un mero filántropo, prefiere caracterizarlo como el arquitecto de un imperio que puso a Bolivia en el mapa industrial del mundo, pero que no supo (o no quiso) gestionar el impacto social de su éxito para todo el país. Para sacar una conclusión sobre el rol de Patiño es menester leer otras obras como: “Patiño, Rey del estaño” de Charles Geddes, “Metal del Diablo” de Augusto Céspedes, “El precio del estaño” de Néstor Taboada Terán, “Patiño y el Conflicto del Chaco” de Raúl Rivero, «Historia del Movimiento Obrero Boliviano» de Guillermo Lora, y otras.
Esta obra que ofrece Querejazu, motiva recordar a los tomadores de decisiones que “Llallagua” es el retrato de una montaña que fue bendición y condena, y cuyo legado sigue resonando en cada proyecto que emprendemos hoy en el sector extractivo boliviano como ejemplo de lo que fue y lo que pudo ser.
Alfredo Zaconeta es periodista e investigador especializado en temática minera

