Adalid Contreras – La ciudad del retorno permanente

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Su nombre original, prehispánico, es Chuquiago Marka, derivado del aymara Chuqiyawu que significa chacra de oro, y Marka, que es un conjunto de ayllus o comunidades, sallqas o naturaleza viva y huacas o Pachamama y lugares sagrados. Más que un lugar es un sistema de vida, un pueblo, un territorio donde en su mero centro, en el que confluyen las laderas que bordean el Choqueyapu, se erige la ciudad de Nuestra Señora de La Paz con sus iglesias y campanarios.

La ciudad se expande tendiendo sus tentáculos que bajan zigzagueantes el curso del río, trepan en desorden las montañas desplazando Chuquiago Marka a las laderas y levantan edificios que se emparentan con el cielo. El resultado urbanístico en una topografía escarpada de terrenos frágiles como terrones de azúcar, es el diseño de una estructura atípica que rompe con el molde clásico de las ciudades españolas que semejan un tablero cuadriculado o damero colonial, para acogerse a un trazo original donde las líneas rectas se trastocan en curvaturas que suben y bajan multicolores. La Paz es como una gigantesca pollera de chola, llena de encajes, pliegues, brillos y matices que se cimbran con elegancia al ritmo del viento, luciendo altiva su sombrero de plata, el majestuoso Illimani, su guía, su ajayu y su sereno.

En este proceso, Chuquiago Marka se configura como un anillo que rodea el centro en un sistema sociocultural de cerco histórico con un impulso incontenible de retorno permanente al futuro. Con el tiempo, las relaciones entre las dos ciudades, Chuquiago Marka y La Paz se entremezclan, trashumantes, desplazándose en idas y venidas sin haberse ido, para procrearse en un curioso fenómeno de inclusión-excluyente, para unos y para otros, con una territorialidad abigarrada donde conviven respirando el mismo aire y compartiendo el mismo ajayu.

Con la globalización y acelerado en sus ritmos por la pandemia, Chuquiago Marka sin dejar de serlo, comparte su identidad con las consecuencias de su energía comercial hecha de intercambios formales-informales con criptomonedas en el día, e informales-informales con trueques premonetarios en la ciudad de noche. En convivencia incluyente-excluyente, donde se combinan sus Malls con sus Tambos, sus bailes rockeros con sus kullaguadas y sus Green Tower con sus caseritas vendiendo llauchas en sus puertas marmoleadas, La Paz se convierte en una ciudad-mercado que se toma plazas, avenidas, calles y plazuelas. Por eso la imaginería popular la rebautiza Chuquiago Market.

Ciudad cambiante, mutante, migrante, cosmokollita y cosmopolita, ciudad ch´enko, enrevesada, ciudad hermosa e indescifrable donde lo único inmutable es su altura, que le hace darse cuenta al nativo y al visitante que para vivir se necesita un corazón gigante. “Me cautiva La Paz -me dijo una apreciada amiga venida del nivel del mar- pero aquí no logro caminar y hablar por celular al mismo tiempo”. Claro, vivir en Chuquiago Marka y transitar Chuquiago Market requiere de un pulmón adicional que sólo lo tiene la propia ciudad y su capacidad de resiliencia, lo que la hace resistente a los avatares de su propia historia y proactiva ante los entuertos provenientes de su estatus nacional como sede de gobierno.

En una obligada subida a pie desde la Plaza del Estudiante hasta la Plaza Murillo (donde llegué sin aliento), contabilicé 5 marchas y 3 piquetes con sus respectivos bloqueos y petardos, adosados de bocinazos con eco de los minibuses. Trabajadores de la salud reivindicando mejores condiciones laborales, gremiales clamando asistencia, comunarios de las provincias altas reclamando seguridad ciudadana, padres de familia implorando arreglo de los colegios fiscales, comunarios de provincias de Cochabamba exigiendo frenar las invasiones a sus propiedades, dueños de autos chutos pidiendo legalización, vecinos de Zongo exigiendo cambio de su subalcalde, trabajadores mineros solicitando herramientas de trabajo. Esta es la historia de un día, que se muta con otras rotando y actualizándose permanentemente, en procesiones infaltables de lunes a viernes.

Por esto y más La Paz es también Chuquiago Mártir, la ciudad donde confluyen todas las demandas, de todos los confines, con todos los discordes. Ciudad mártir ganada por la inseguridad ciudadana que, pasada la pandemia en un marco de vulnerabilidades humanas, confronta crecientes casos de trata, de feminicidios, de choros y de acosadores que merodean las puertas de los colegios. Ciudad mártir donde los loteadores se dan modos para levantar construcciones ilícitas que derivan en deslizamientos sembradores de tragedias. Ciudad incomunicada donde algunos informativos de televisión se han convertido en telepoliciales. Ciudad inexplicable donde algunas de sus calles no le pertenecen porque son de otros municipios, aunque radican en Chuquiago.

La Paz es una ciudad de calles estrechas donde el caos vehicular convierte su centro en un embudo por el que entra la vida de la ciudad entera y sale por goteo. Así también entra la política, dispersa, desde las distintas regiones del país diverso, para estrujarse en su centro administrativo presidencial, congresista, ministerial y municipal y salir ilusionada con integrar y jalonar Bolivia hacia el futuro.

Chuquiago Market por su comercio descontrolado y Chuquiago Mártir por su sino administrativo y sociopolítico, y otras posibles derivaciones más, nunca dejarán de ser Chuquiago Marka, pueblo de gentes trabajadoras, indomables, creativos constructores de futuro en un territorio zurcido de retazos que tejen con hilos de esperanza la ciudad maravilla y, para la que, palabras más, palabras menos, recupero el sentido de un grafiti que lució por años su mensaje en una de sus paredes: “Esta ciudad necesita que le hagan el amor, con altura”.

Adalid Contreras es sociólogo y comunicólogo boliviano. Director de la Fundación Latinoamericana Communicare

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