Quién controla la fuente del poder controla el poder. El Palacio no lo es todo, es un símbolo insuficiente. La Ley es apenas una parte. Las armas son meros fierros sin fuerzas. El conocimiento auxilia, pero no controla. Los votos duran poco si la fuente del poder está en otro poder.
Thomas Hobbes señaló, “en primer lugar, como inclinación general de la humanidad entera, un perpetuo e incesante afán de poder, que cesa solamente con la muerte”. ¿Cuál el motivo? El deseo de tomar para sí lo que los otros hombres desean, dice el inglés. Bajo este pensamiento, el fundamento de la política es la ambición. El gobierno ambiciona reproducirse en el poder y prefectos y cívicos opositores, no perder su fuente de poder.
Este marco teórico nos conduce a comprender el escenario real en el cual se desarrolla la pugna entre gobierno y prefectos. Es un proceso que tiene como fin restar poder al otro. En resguardo, prefectos y cívicos, que antes administraban todo, menos los sueños de justicia de los bolivianos, reducen sus espacios de poder a su departamentos y arman un escudo con el apelativo de Autonomía. Perdieron el todo en las urnas y se resisten a perder la parte, refugiándose en las leyes que ellos articularon en la niñez y adolescencia de la democracia.
¿Y cuál es esa fuente de poder de la extrema derecha? La tierra. Ante esta realidad, el gobierno razona como James Harrington en 1651, cuando escribió que “el número de propietarios de tierra es fundamental; si una gran parte de la tierra está en manos de la nobleza, el estado llano tiene que depender económicamente de ésta y, por ende, políticamente también”. Quien controla la tierra, controla la fuente de poder, fundamentalmente en gran parte del Oriente boliviano. Este es el “principio” de las autonomías y el fin de los estatutos autonómicos: controlar la tierra para controlar el poder. Por esta razón proponen en letras decorosamente escondidas que la política agraria sea definida por la primera autoridad del departamento.
En respuesta, el gobierno sigue a Harrington: “si la tierra pasa a manos de muchos miembros del Estado llano, el poder de la nobleza tiene que reducirse en la misma proporción”. Más indígenas con tierras, menos poder para terratenientes. Este pensamiento toma cuerpo en el tema del referéndum dirimitorio: ¿Qué cantidad de tierras debe tener un “noble” boliviano? ¿Cinco mil o 10 mil hectáreas? Si usted tiene apenas 200 metros para vivir, obvio que marcará el cinco. (Valga la aclaración, el país tiene empresarios agroindustriales honestos, que lograron su fortuna con el sudor de su frente; pero también existen de los otros, que acumularon tierras con el sudor de la frente del Estado, en otras palabras, de cada uno de nosotros. Me repudio a estos últimos, a aquellos mis respetos)
¿Será posible un pacto en un escenario político de esta naturaleza? Muy difícil. El gobierno quiere oligarcas sin tierras y éstos, ahogar al MAS en el poder.
Sin embargo, es un imperativo moral y una necesidad pública alcanzar un pacto social. Y para ello debemos recuperar la filosofía de Rousseau: matar los intereses individuales para dar vida a los intereses de la comunidad. Para alcanzar este objetivo, sólo nos queda un camino: aislar a la extrema derecha, simbolizada hoy por Branko Marinkovic.
Tierra, la fuente de poder
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