Estaban “condenados a la libertad”, diría Jean-Paul Sastre. ¿Quiénes? Los “doctorcitos” criollos. No estaban libres de ser libres, señalaría Fernando Savater, pues, tenían las condiciones para respirar libertad. Nunca fueron esclavos, ni pongos, ni conducidos por la fuerza a las minas, ni obligados a arar la tierra ni sus mujeres fueron violadas ni obligadas a parir para el patrón.
Materializaron su libertad en independencia. Le dieron un norte a su libertad, tras beneficiarse de 15 años de guerra de independentistas patriotas como Juan Azurduy de Padilla, Moto Mendez, etc.
Si la libertad consiste, como escribe Victoria Camps, en la desregulación, en la ausencia de normas y coacciones, en la capacidad para hacer lo que uno quiere, sin que nadie lo impida. ¿Qué tipo de libertad gritaron, aquella primera vez, los doctorcitos chuquisaqueños si estaban condenados a ser libres? Eran tan libres, que Casimiro Olañeta se pasó de las filas realistas a las independentistas.
Dan la vida por la libertad los excluidos de ella. Aquel entonces, los indios. Bajo esta lógica histórica, María Paola Parolo señala que muchos estudiosos reconocen el período comprendido entre 1742-1782 como una «era de insurrección», cristalizada en los levantamientos de campesinos indígenas y motines que buscaban transformar el orden colonial andino en aspectos fundamentales. Los trabajos de Steve Stern (1990); Marta Moscoso (1993); Tristán Platt (1982) y Martha Iruzozqui Victoriano (1997) -entre muchos otros- realizaron importantes aportes teóricos y metodológicos para el análisis y la comprensión del fenómeno insurreccional andino, dice Parolo. Sinclair Thomson ubica en 1771, en Ambana y Chulumani, movimientos insurreccionales.
Sergio Serulnikov investiga el levantamiento liderado por Tomás Katari en la provincia Chayanta (Pocoata), Norte de Potosí, y lo compara con los levantamientos de Cuzco (liderado por Túpac Amaru) y de La Paz (dirigido por Túpac Katari). Serulnikov demuestra que el movimiento de Chayanta fue un proceso gradual de movilización colectiva a diferencia de los movimientos de Cuzco y La Paz, donde los indígenas parecieron perseguir una abrupta ruptura con las instituciones y la sociedad colonial.
Al leer a Serulnikov llegas a la conclusión de que los excluidos de la libertad son los únicos que pueden echar el primer grito libertario porque lo necesitan para recobrar su condición y dignidad humanas. La historia nos demuestra que la Independencia, que supuestamente comenzó el 25 de mayo de 1809, no trajo libertad para los indios, sino autonomía para los doctorcitos respecto a sus padres y abuelos de la Corona Española.
Sergio Serulnikov, en su libro Conflictos sociales e insurrección en el mundo colonial andino; el norte de Potosí en el siglo XVIII (Fondo de Cultura Económica), te lleva a la conclusión de que la insurrección política contra la corona española comenzó en Chayanta (Pocoata) el Norte de Potosí, entre 1776 y 1782, como resultado del proceso que arrancó en 1742. En términos históricos, la cuna del primer grito libertario o si usted quiere de la libertad a secas es el Norte de Potosí por la perspectiva política de la insurrección y las posteriores repercusiones con Túpac Amaru y Túpac Katari, quien precisamente tomó el nombre de Katari en homenaje a tomás Katari.
Norte de Potosí, cuna de la libertad
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