El opinador o la opinadora se autoelige, pero habla en nombre de los electores. Se hace llamar analista, aunque a veces antepone la emoción a la razón. Se realiza en su plenitud cuando circula como moneda universal en el mercado de los medios.
Hay de todo tipo, desde esos que vienen del lado oscuro de la política hasta aquéllos que se erigieron sobre el cimiento honorable y consecuente de sus ideas. Son de diferente pelaje: izquierdistas, derechistas, fachos, indigenistas, indianistas, racistas. Por sus condiciones de producción pueden ser clasificados en opinadores a sueldo, libre pensadores, pseudofuncionarios públicos y periodistas.
Buceando en el océano de sus palabras y la talla de su ego, podemos diferenciarlos entre los antisocráticos, quienes creen que “sólo saben que saben todo” y que aquel que piensa diferente es un imbécil; y los socráticos, quienes “sólo saben que nada saben” y enriquecen sus ideas con ideas contrarias.
Esta curiosa especie de seres públicos alimenta su opinión en diferentes fuentes: unos se nutren de las ideas de otros y son simples altoparlantes o portavoces; algunos se beben en serio las ideas que van y vienen entre los vinos de honor y el cocktail y son meros reproductores de los pensamientos de la élite alcoholizada; hay también de los que toman como fuente obligatoria a sus empleadores o patrones y desgranan pletóricos “sus” ideaschip; existen, por supuesto, los que basan sus palabras en el manantial de sus resentimientos políticos por haber sido ignorados por el poder o congelados por los poderosos; aparecen los que se alimentan de la anorexia mediática; y, finalmente, están los que descubren opiniones en los rincones sociales y políticos más recónditos o menos imaginados y viven en permanente contacto con la realidad.
En estos días de desfile patrio, opinadoras y opinadores -usted os ubicará por sus palabras en la clasificación señalada en el párrafo anterior- interpretaron un terrorífico futuro posible respecto a la marcha indígena-militar desarrollada en Santa Cruz. Fabricaron un ambiente de guerra, de zozobra, de invasión en propio territorio boliviano, de toma militar, de mitos, de inventos, de mentiras. Provocaron y fracasaron. Los oráculos de la desgracia no leyeron bien el futuro. ¿Por qué? Porque sus fuentes de información para nutrir sus opiniones no fueron producto del intercambio de ideas con el vecino que toma el micro cada día en el segundo anillo de Santa Cruz, la señora que vende o come en el mercado Los Pozos, menos con el joven que trabaja en el restaurante de la avenida Cañoto, tampoco con la pelada que baila cada fin de semana en la Cabaña del Camba, ubicada en el cuarto anillo, esquina Vallegrande. Opinaron a partir de sus deseos o de los deseos que exhalan los círculos racistas.
La opinión pública rebasa la mediocracia y la sondeocracia. Los oráculos frustrados no saben que para gobernar la opinión pública hay que ser gobernados, precisamente, por ella. Y lo último: un reciente sondeo dice que baja la popularidad de ciertos opinadores en las charlas de café, de bar, de sala y de espacios de deporte, donde realmente se define el curso de la opinión social antes que en los set de televisión, radio, páginas editoriales de los diarios o vinos de honor.
El fracaso de los opinadores de la desgracia
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