Hola Marcelo, te hablo hoy, domingo, como mi madre, Adela, lo hace cada lunes con sus familiares que se fueron a otra dimensión, pero sin habernos dejado definitivamente.¿Sabes? Desde que te asesinaron aquel 17 de julio de 1980 han pasado muchas cosas. Ni te imaginas, tu obra y tu muerte te han abierto una página dorada en la historia, te han inmortalizado, eres un muerto vivo. Prueba de ello es que aunque tú ni te enteraste de mi existencia, yo sí sé muchas cosas de ti y, por eso, te escribo. Tus asesinos están en la cárcel de Chonchocoro (pero aún faltan los autores materiales), han sido sentenciados a 30 años de cárcel. Me refiero a García Meza, ¿recuerdas? Aquel que te amenazó públicamente cuando denunciaste que se venía un golpe de Estado. Y Luís Arce Gómez, el “narcoministro”. El dictador Hugo Banzer, a quien quisiste enjuiciar por haber saqueado Bolivia e imponer un régimen sangriento, murió hace casi 10 años. Tal vez lo viste por ahí vagando. No lo vas creer, pero éste militar volvió a Palacio de Gobierno tras ganar en las urnas. Era como para desbautizarse al ver al tirano convertido en demócrata. No sólo eso, conservó el poder desde 1985 hasta el 2000. ¿Cómo? Fácil. Tras el retorno de la democracia en 1982, políticos como Víctor Paz, Jaime Paz y otros inventaron reglas para gobernar el país con poca votación; se dividieron en partidos para hacer creer que eran diferentes y apenas conocían los resultados sumaban sus votos, construían puentes para cruzar ríos de sangre, armaban megacoaliciones y tomaban Palacio. Parafraseándote, unían sus fuerzas para saquear Bolivia. Mi hermano, Antonio, decía que si hubieras vivido no les habrías dejado rifar el país, que ibas a ganar unas elecciones y hubieras sido el gran Presidente que necesita Bolivia. Pero te segaron la vida de una manera cobarde y nos dejaron sin esperanzas por un buen tiempo. Desde el 2000 al 2003, el país vivió una era de rebelión y derrocó al presidente más nefasto de la era neoliberal, Gonzalo Sánchez de Lozada, quien huyó del país tras masacrar al pueblo alteño como en las dictaduras. Marcelo, lo que sembraste comenzó a dar frutos. Tu muerte no fue en vano, así suene a consuelo. Desde el 2005, vivimos un tiempo interesante, lo han bautizado como “proceso de cambio”. Gobierna un presidente indígena, Evo Morales Ayma, me parece honesto, aunque muy ególatra, a veces hasta algo megalómano, pero es buen tipo, al menos por ahora. Se declaró “guevarista” a tal punto que obligó a las FFAA a adoptar el lema que gritaba el Che: Patria o Muerte. Dice que te admira mucho, a tal punto que la Ley de Lucha Contra la Corrupción lleva tu nombre, pese a que tu familia se opuso. El pasado 17 de julio, recordamos los 30 años de tu asesinato; justo ese día, Evo dijo que se dio cuenta “que las decisiones de los ex comandantes no fueron tomadas porque ellos querían, sino que estaban sometidos a las decisiones de los políticos o el imperialismo norteamericano”. ¿Qué tal? Vale decir, García Meza y sus esbirros no te mataron porque quisieron, sólo cumplieron órdenes. Nos quedamos fríos tras escuchar esa declaración. Pero los ojos de la razón abrieron la mente. Bajo es lógica, Evo Morales sólo debe ordenar a los militares a revelar el lugar dónde está tu cuerpo y estos acatarán porque “ellos están sometidos a las decisiones de los políticos”. No me explicó por qué no da la orden hasta ahora. Te han erigido monumentos, bustos, han bautizado plazas, calles, avenidas, colegios con tu nombre. No es suficiente. Queremos saber dónde está tu cuerpo para ir a hablar contigo más seguido en un lugar específico como lo hace mi mamá en el cementerio de mi pueblo con sus familiares.
Carta a Marcelo
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