Los medios de comunicación deben ser a las audiencias como los santos a Dios: devotos y respetuosos. Pues, su origen se lo deben a ellas. Sin audiencias, no existirían. Por esa razón es una falacia decir: “si no están de acuerdo con una radio, cambie de dial; si no les gusta un canal de TV, recurran al control; y si no les agrada un periódico, no lo compren”. Equivale a decir: si Dios no me quiere, que cambie de hijo.
Dadas así las cosas, los medios y los periodistas no pueden ni deben ignorar la fuente de su vida, más aún cuando para su existencia utilizan tres recursos que no les pertenecen:
Primer recurso: La información. La doctrina jurídica, en cualquier parte del mundo, define la información como un bien público por tanto es de derecho público, lo que significa que debe ser protegido por el Estado, la propia sociedad, y no puede ser privatizado o comercializado libremente por una empresa de radio, televisión o prensa. Por ello, el derecho y la ética comprenden a los medios como instituciones de servicio público y a los periodistas como servidores públicos.
Segundo recurso: La frecuencia. El aire o espacio por donde viajan las ondas hertzianas, las señales de radio, de televisión, de Internet son de la sociedad, de cada uno de nosotros, por tanto es de propiedad pública y como tal debe ser protegido y bien administrado por el Estado, que es diferente a gobierno, para prevenir a las audiencias de posibles daños.
Tercer recurso: Las audiencias. Los destinatarios de los postulados de informar, entretener y educar somos nosotros mismos. Vale decir, que somos causa y consecuencia de los medios. Causa porque somos la fuente de su origen. Consecuencia porque somos producto de la infointoxicación generada por alguna de nuestras criaturas y con nuestros mismos bienes: la información y la frecuencia. ¡Herejia y traición! No conformes con ello, nos venden como cifra o en paquete a los publicistas. “Te ofrezco mi audiencia de dos millones de personas, de todas las edades y sexos y en todo el país, ¿cuánto pagas por ella para “publicitar” tu producto?”. En resumen les insuflamos vida, nos infointoxican y nos venden como su medio de vida.
Entonces, no basta decir si no les gusta apaguen la tele o cambien de dial. Sabiamente el derecho reconoce a la persona universal como el principal titular del derecho a la información y la libertad de expresión, lo que significa que no es potestad privativa del periodista o propietario del medio.
Con esta lógica, el código de ética de los periodistas suizos y el de la Comunidad Económica Europea coinciden en que el periodista es responsable, primero, ante el público y sólo después ante los poderes públicos y en último término ante el dueño del medio de comunicación.
“Los dueños de medios, convertidos en empresarios, han dejado la información en un lugar secundario y le dieron a la gestión económica un primer lugar, de modo que el periodista le da a su empresa la máxima prioridad” y “deja de lado su lealtad al lector”, escribe el maestro Javier Darío Restrepo para defender el derecho de las audiencias y lectores a exigir a los medios -porque es un derecho y un deber- un buen contenido.
Además, si los medios se creen fiscalizadores de los poderes, guías y educadores de la sociedad, deben aceptar ser fiscalizados, controlados, criticados y educados por el Quinto Poder, pero sin violencias, sino a través de la sana crítica.
¡Apague o cambie de canal!
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