El espejismo del 50/50: Rodrigo Paz, sin aliados y contra el tiempo

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Miroslava Fernández Guevara

Bolivia despertó el lunes 23 de marzo con un mapa político que es, en esencia, un rompecabezas roto. Los datos del SIREPRE no solo dibujan la caída de liderazgos tradicionales como el de Luis Fernando Camacho en Santa Cruz o el resurgimiento estratégico del evismo en Cochabamba con Leonardo Loza; dibujan, sobre todo, la soledad política del presidente Rodrigo Paz.

El Partido Demócrata Cristiano (PDC) enfrentó su primer test territorial y el resultado es una señal de alerta. Sin victorias contundentes en las subnacionales, el Gobierno central se convierte en una isla rodeada de feudos opositores o fragmentados. Pero el verdadero nudo gordiano no está solo en las urnas, sino en la promesa que llevó a Paz al Palacio: la ambiciosa propuesta del «50/50».

Este modelo, que plantea una redistribución equitativa de los recursos y responsabilidades entre el nivel central y las regiones, nace herido de gravedad por dos frentes. Primero, el económico: Bolivia arrastra un déficit fiscal del 12%, producto de un gasto público elevado e inercial. Intentar descentralizar la mitad del presupuesto nacional mientras las arcas están críticas no es solo un desafío técnico, es un acto de equilibrismo financiero. ¿Cómo ceder recursos cuando no alcanza ni para cubrir el gasto corriente del Estado?

El segundo frente es el político. El «50/50» y la profundización de las autonomías requieren de un Pacto Fiscal que hoy parece una utopía. Rodrigo Paz deberá negociar la transferencia de recursos con gobernadores y alcaldes que, tras los resultados de ayer, no le deben lealtad alguna. Sin el control de las regiones, el Presidente podría verse obligado a entregar el volante del presupuesto a una oposición territorial que, con seguridad, usará esos fondos para consolidar sus propios proyectos políticos de cara al 2030, y no necesariamente para salvar la gestión nacional.

Al oficialismo le espera una carrera de obstáculos casi en la penumbra. El evismo, el domingo demostró que sigue respirando, y acecha desde las bases aprovechando el desgaste de un modelo que terminó devorado por sus propias contradicciones. Si Paz no logra implementar su ingeniería del 50/50 con éxito, o si el déficit fiscal termina incendiando la estabilidad social, el nuevo ciclo político podría ser el más complejo y desafiante.

El volante del país está en manos de Paz, pero el tanque está en reserva y el mapa muestra caminos bloqueados. Bolivia con su voto decidió que su dignidad no es negociable, pero también nos recuerda que, sin mayorías nítidas y con una economía en rojo, la autonomía puede ser el último refugio de la libertad o el primer paso hacia el caos.

Miroslava Fernández Guevara es periodista y politóloga

www.miroslavafernandez.com

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