Muchas interrogantes, pero también certezas acumuladas caracterizan la política exterior de los países latinoamericanos y caribeños en estos tiempos tambaleantes que los obligan a (re)acomodarse, (re)pensándose desde los no-lugares que transitan en las turbulencias de las relaciones internacionales contemporáneas. Como pocas veces en la historia, la relación entre política exterior y políticas nacionales y regionales se están externalizando a los quehaceres decisorios de poderes mundiales que tienden a reconfigurar el orden internacional.
El (des)orden mundial
No es posible -todavía- hablar de un Nuevo Orden Mundial, estamos aún en el tiempo del desordenamiento con atisbo de posibles alternativas. Estamos viviendo un tiempo de (des)orden mundial, un tiempo de transición con desmontaje de las certezas para encaminar rumbos a otros horizontes que se avizoran pero no se legitiman. Este es un tiempo liminal, de transición turbulenta, incierta, ambigua de reescrituras estructurales de una historia que (re)comienza y otra que no sabe, o que tardará en irse.
En estas condiciones, la política exterior no se define ya sólo en su sentido clásico como reflejo de las proyecciones de la política interna de los países centrada en sus intereses y aspiraciones. En la realidad actual, la política exterior, recobrando autonomía parcial de las políticas nacionales a las que reelabora, se teje desde los caminares de las acciones internacionales en dinámicas predominantes de afuera hacia adentro. Ese afuera, externalizado al liderazgo de los poderes mundiales, incide no sólo en los adentros regionales y nacionales, sino también en el sistema multipolar y en la institucionalidad de consenso multilateral.
Un lugar común en las interpretaciones sobre el (des)orden mundial, es aquel que afirma que el orden internacional post segunda guerra mundial, basado en reglas e instituciones multilaterales, está en crisis, a la par de la policrisis planetaria que es económica, política, jurídica, ambiental, social y cultural y es parte también de una crisis notoria del capitalismo. Esta combinación múltiple, condiciona que la política internacional en estridente reelaboración de la arquitetura mundial con intereses expansionistas, de reparto y de reconcentración, sea también multifacética en sus prioridades, activando factores comerciales, políticos, militares, ambientales, jurídicos, ideológicos y de cultura civilizatoria.
Diversos síntomas acumulativos fueron poniendo en evidencia esta situación de erosión institucional y desarraigo normativo. Por ejemplo, en el ámbito político, la poca capacidad de decisión demostrada por el Consejo de Seguridad de la ONU para el mantenimiento y búsqueda de paz en un mundo que está naturalizando la violencia como rasgo cotidiano, la invasión y el cerco como señal de poder y la guerra como hecho admisible. Son tiempos en los que el recurso de la confrontación es más evidente y más accesible que las alternativas de paz. En el plano comercial, la fragilidad institucional de la Organización Mundial del Comercio (OMC) y de su sistema de regulación del comercio internacional da paso a la liberalización desregulada de los intercambios legitimando las asimetrías de un mundo desigual. En un mundo que se desordena sin entes ni reglas claras, no extraña la ocurrente política de imposición de aranceles por el régimen Trump, que no sólo alimenta la crisis múltiple, sino que abona al desordenamiento mundial, deslegitimando el derecho internacional, los acuerdos multilaterales y las sociedades de derechos.
Liminalidad multipolar – bipolar
Se podría afirmar que tanto las interpretaciones como las estrategias de rediseño del orden mundial, están abriendo paso a formas no uniformes de disputa, confrontando un sistema de poder tradicional trazado en la limitación bipolar de bloques, que está comandado por la Doctrina “Donroe” y el régimen Trump, y otro poder de constitución descentrada, expresado en los andares de la China, que asoma rediseñando las formas de dualidad sin las polarizaciones clásicas de la guerra fría, sino y parangonando la Ley de Tucídides, contraponiéndose a los poderes tradicionales desde espacios emergentes y desterritorializados.
Estas tensiones ocurren en un paradójico sistema comercial internacional resiliente, que ha alcanzado cifras récord en el último año, sin aparentemente dejarse afectar por el (des)orden mundial. Entre los factores reconocidos para este proceso están: la expansión del comercio Sur-Sur, entre economías en desarrollo, particularmente por el dinamismo asiático y emergencia latinoamericana; la reconfiguración de cadenas internacionales de valor en busca de mayor seguridad generando desplazamientos de mercados desterritorializados; la revolución tecnológica que energiza el intercambio suprafronterizo de manufacturas, de conocimiento y de identidades; y el avance en la cantidad de acuerdos comerciales regionales (como la CAN y MERCOSUR) que integran mercados eliminando o reduciendo dificultades para el intercambio comercial. Este rasgo de nuestros tiempos, que define que el comercio internacional no detiene su crecimiento, no puede analizarse sin recordar que el mundo es productor de una riqueza mal distribuida. Aquí, en esta realidad desigualadora, germina el quid de la cuestión para la definición de la política internacional de nuestros países.
Una perspectiva, que se arroga un sentido libertario nacido en la cuna de un renovado populismo de derecha, está reavivando prácticas de dominación política para instalar una narrativa de supresión del orden internacional, como se puede apreciar en las palabras del Secretario de Estado de los Estados Unidos, Marco Rubio, quien asegura que se habría acabado el mundo basado en reglas, es decir el orden mundial basado en normas universalmente aceptadas y reguladas por organismos multilaterales que también entran en crisis como instituciones y como sistema. En el fondo de este remezón histórico, el régimen Trump le impone al mundo prácticas de imposición militar que so pretexto de lucha contra el narcotráfico y de legitimación de la democracia, no duda en intervenir países, cambiar gobiernos, pasar por alto los acuerdos de no injerencia, ignorar los derechos de los migrantes, dividir países entre sus amigos y el resto, desconocer y/o fracturar acuerdos regionales, y someter sociedades a situaciones de hambre como medida para cambios políticos. Vivimos un curioso episodio histórico que convierte a organismos multilaterales y países en espectadores del desmantelamiento de las seguridades mundiales, mientras un juez supremo decide que la geoestrategia de estos tiempos es la recomposición de un Occidente que debería contrastarse con el poder emergente y creciente de la China y su área de influencia desterritorializada en un denominado Sur Global.
Otra perspectiva, con predominio de la expansión de la ruta de la seda, reconoce que el mundo multipolar ha permitido la reconfiguración de las alianzas a nivel global en distintas direcciones, como las relaciones China – USA, con acuerdos de mutua conveniencia; o los acuerdos China – Rusia, sin límites; o China – India con canales de cooperación interfronteriza y de defensa; o China – América Latina en relaciones bilaterales con cada país, hasta convertirse en el factor de relación comercial más importante para muchos. Esta alternativa incluye el diseño de alianzas y disputas con esquemas multivariados y emergentes como los BRICS+, que no tiene la figura polarizadora de los bloques, sino la de tejidos de redes múltiples y dispersas, sosteniendo una estrategia política de contención del polo de las economías del Occidente, el Atlántico Norte y sus asociados del Pacífico Oriental.
¿Qué hacer?
No hay ninguna evidencia que sustente que la multipolaridad del futuro vaya a ser benigna y menos para los países en condición periférica porque estamos en un territorio de altas vulnerabilidades. Definir política internacional en países como el nuestro, supone el doble ejercicio de situarnos en la dinámica internacional de la incertidumbre que está condicionando los andamiajes del mundo y, en ese ejercicio, definir sus articulaciones con las políticas nacionales que siguen arrastrando objetivos de desarrollo sostenible, inclusión, superación de la pobreza y justicia. Este ejercicio tiene que saber combinar acciones de realización inmediata sentando las bases para visiones y encaramientos estratégicos.
Una primera tarea a cumplir es la transformación del patrón de acumulación, debemos dar el salto de la diversificación, la tecnologización y la transformación productiva. Difícil desafío en un contexto que nos empuja a la reprimarización. Que la incorporación de nuestro país en la economía nuclear y la explotación de tierras raras no repita la historia colonial del saqueo de nuestras riquezas con empobrecimiento de nuestras regiones. Que esta y otras alternativas sean la piedra angular para nuestro despegue y desarrollo.
Otra tarea necesaria es el fortalecimiento de la cooperación Sur – Sur y de nuestros esquemas regionales y subregionales de integración. Para nuestro país la integración no es una opción, es una obligación en la que además de proyectarnos al mundo con la fuerza de la hermandad regional, podremos dinamizar nuestra privilegiada situación geográfica, que nos convierte en bisagra articuladora del Atlántico y el Pacífico, del sur y el norte de la región, la convergencia y complementación entre la Comunidad Andina (CAN) y el Mercado Común del Sur (MERCOSUR) y el desarrollo conjunto de acciones integracionistas con los países vecinos.
Pero la integración, en su sentido multidimensional, es también un espacio de trabajo compartido para la superación de las asimetrías entre países, con alternativas de inversión productiva, de infraestructura y de políticas sociales y ambientales, así como hermanamientos interfronterizos y consagración de los derechos ciudadanos. Es el tiempo para fortalecer las iniciativas regionales de inversión para el desarrollo, como son el Banco de Desarrollo Latinoamericano y del Caribe (CAF), el Fondo Financiero para los Países de la Cuenca del Río de la Plata (FONPLATA), el Fondo de Convergencia Estructural del Mercosur (FOCEM), el Programa para Países de Menor Desarrollo en ALADI (PMDR), y otros.
La multipolaridad y el multilateralismo son apuestas estratégicas que van a reconducir el funcionamiento de entidades de convergencia mundial como el sistema de Naciones Unidas, dándoles pertinencia actual y futura. Nuestros países requieren espacios de superación conjunta de las vulnerabilidades, encaminando formas organizativas y de decisión que les permitan enfrentar las dinámicas del (des)orden internacional, por ejemplo, la debilidad política que no permite retaliar ni negociar la imposición de aranceles. No se puede quitar de la naturaleza de la política internacional el sentido de la soberanía, que nos haga participes de la historia, superando la tendencia actual de imposición del (des)orden internacional desde los poderes mundiales.
La participación en acuerdos regionales, supranacionales, bilaterales y movimientos multilaterales contribuye también a la definición de acuerdos nacionales, superando las dinámicas disgregadoras, de fragmentación y de polarización. Para ello los esquemas regionales tienen que ganar en innovación, superar el inmediatismo para encarar estrategias globales, abrir fronteras con relaciones biregionales, e implementar arquitecturas organizativas más flexibles, de distintas velocidades y con menos rigideces proteccionistas.
En un tiempo de (re)construcción cultural y civilizatoria, la educación es una línea estratégica fundamental tanto para el desarrollo de las naciones como para la apropiación, definición y (re)conducción del orden internacional. La profesionalización adecuada a la cultura digital, la ciencia con tecnología, la inclusión universal, la comunicación constructora de sentidos de humanidad y del bien común, son partes fundamentales de toda política nacional e internacional.
Como se ve, vivimos un tiempo liminal de (des)orden mundial que condiciona una lógica de pensar la política exterior desde su externalización en las dinámicas internacionales reguladas por los poderes mundiales, pero con la tarea paralela de alinear las tareas pendientes del desarrollo sostenible con políticas nacionales que nos hagan protagonistas en la historia.
Adalid Contreras es sociólogo

