Rafael Puente
(Tomado de Página 7)
Después de sorprender al mundo con la afirmación de que los derechos de la Madre Tierra son más importantes que los derechos humanos, y después del éxito que fue la Cumbre Mundial de la Madre Tierra, nos encontramos estos días con noticias harto preocupantes, entre ellas la de que el número de autorizaciones para deforestación ha aumentado este año en un 81% (¡por ahora!), cosa que ya venía anunciándose desde la tristemente famosa Cumbre Agropecuaria de Santa Cruz.
También llegaban informes del Gobierno según los cuales el daño forestal no sería tan grande ni tan exclusivamente en beneficio de los ganaderos, soyeros y cañeros de Santa Cruz. Pero el último golpe ha sido la afirmación de nuestro Presidente de que los demás países del mundo no pueden esperar que nosotros seamos sus guardabosques…
¿Qué debemos entender? A primera vista, lo que ya se nos viene diciendo desde hace cinco años: que si bien tenemos razón en denunciar que los países industrializados vienen destruyendo el planeta, ahora a nosotros nos tienen que permitir que también lo destruyamos un poco (¿para no quedar en desventaja?), una afirmación terriblemente desconcertante y contradictoria (aunque nunca se la formuló en términos tan drásticos).
Y no se ve otra interpretación posible de las palabras del Presidente, tanto más cuanto que ese crecimiento del número de autorizaciones de desbosque parece ir en la misma línea. Porque no parece que ningún país pida formalmente que nosotros vayamos a cuidar sus bosques; lo que sí pueden pedir es que seamos consecuentes con nuestros principios; y entonces pareciera que respondemos que si ellos no son consecuentes nosotros no tenemos por qué serlo…
¿Realmente creemos que con esa argumentación el cambio climático y el calentamiento global nos van a perdonar? ¿No estamos percibiendo que por el contrario nos están asediando cada año de manera más implacable? ¿Alguien puede imaginarse que sin oxígeno y sin agua -o con agua violenta y en exceso- podremos subsistir con sólo explicarle a la Madre Tierra que somos los menos culpables, o por lo menos que hay otros culpables mucho más antiguos y mucho más condenables?
Para colmo se acumulan las noticias respecto de la reanudación del proyecto de carretera por el TIPNIS -¡territorio indígena y parque nacional!-. Al respecto, el nuevo ministro de Obras Públicas ha dicho públicamente, y con toda la razón, que esa carretera está prohibida por ley; pero ha añadido, y esta vez sin razón, que por el otro lado está la consulta realizada a las comunidades indígenas del TIPNIS que sí quieren esa carretera…
Para empezar tenemos datos concretos de cómo esa consulta se manejó mal (ahí están los informes de la Asamblea Nacional de Derechos Humanos y del Defensor del Pueblo). Pero además, aunque no fuera así, ¿quién ha dicho, compañero ministro, que un pueblo indígena puede decidir -vía consulta- que se vulnere una ley, y peor aún que se vulnere la Constitución? Y por lo demás, está claro que la destrucción del TIPNIS contiene otro ataque brutal a nuestra ya escasa masa boscosa, a los pulmones de la Madre Tierra y, por tanto, a la salud de nuestra población.
La cosa es muy seria y no se puede argumentar con ninguna razón de tipo económico, porque es evidente que si los derechos humanos tienen que subordinarse a los derechos de la Madre Tierra, mucho más tienen que subordinarse a éstos los «derechos” económicos, ya sean del Estado o de las oligarquías mencionadas.
Y si la línea de nuestro Estado Plurinacional es realmente ésa, los acuerdos establecidos entre nuestro gabinete y el de Humala son lo mismo que nada…
Rafael Puente es miembro
del Colectivo Urbano por
el Cambio (Cueca) de Cochabamba.