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La sentencia con tufo de emperador ha sido dictada: “habrá carretera, quieran o no”. Entonces, ¿para qué ya habrá la consulta (anunciada por un ministro) a los indígenas? ¿Para que elijan entre la guillotina o la horca? ¿Para que conozcan la ira del delegado de la Pachamama? ¿Para que expresen su derecho al pataleo como diría don Víctor Paz?
La historia se repite, escribió Karl Marx, la primera vez como tragedia, la segunda, como comedia. En 1492, llegaron los que trajeron todos los males (aseguran los ingenuos indigenistas) y dictaron con aire real la misma sentencia: “estas tierras son del rey, quieran o no”, y se quedaron con todas sus riquezas. 519 años después se escuchas las mismas palabras del poder, pero esta vez y para sorpresa de todos, las pronuncia su autonombrado líder espiritual, su salvador, su moisés, su mesías.
El llamado proceso de cambio puso por encima de la realidad ideales como la justicia, la igualdad, la libertad, cuando en realidad habían seguido siendo las condiciones materiales las que determinan la ideología y las impresiones que tenemos del mundo. He ahí la explicación de la diferencia de visión entre cocaleros e indígenas. Los primeros quieren acumular riqueza material así tengan que acabar con las otras especies, los segundos quieren preservar su única riqueza: la naturaleza.
Evo Morales es como China, socialista en el discurso, capitalista en la práctica. Su origen étnico es aymara, pero su ADN de clase es cocalera, por tanto liberal y partidario del desarrollo monetario, diría el marxismo. Morales es producto de sus relaciones económicas y víctima de su poder narcisista. Lo acaba de demostrar, el problema no son sus asesores, sino él.
Se repite otra vez la historia, para los invasores españoles los indios no tenían alma; para Morales, no tienen inteligencia, por eso cree que son manejados por las ONGs o por los oenegeros que un día fueron sus amigos; cuando el poder era un medio y no un fin. Eran tiempos de cambio. ¿Cuánto ha cambiado con el tiempo? Está irreconocible.
Los indígenas se lo han tomado en serio la protección de la Madre Tierra y no quieren que le causen una herida de 376 kilómetros. Para nosotros la selva es como un hotel de cinco estrellas para Morales, me dijo la indígena María Saravia.
Otra vez puede repetirse la historia, hace 500 años la cruz sirvió para justificar el mayor genocidio que se recuerde en la historia. Después de siglo y medio, los evangelizadores habían diezmado la población indígena. De 70 millones de seres humanos que vivían en estas tierras, apenas quedaban 3 millones. Hoy están a punto de usar el tractor del desarrollo para cumplir el mismo cometido en una de las reservas más ricas del planeta.
Pero no todo está perdido, apelo a la conciencia ecológica del Presidente para evitar un desastre. Con ese fin le narro un hecho que me contó José Ignacio López Vigil.
En 1988, sesionaba la asamblea constituyente de Brasil. Los pueblos indígenas de la amazonía habían recogido las 30 mil firmas necesarias para presentar una enmienda constitucional sobre el derecho a sus tierras ancestrales. Las galerías estaban repletas de indias e indios con sus torsos desnudos y coronados de plumas. Para sorpresa de todos, el representante de los pueblos nativos apareció impecablemente vestido con traje y corbata. Atravesó el hemiciclo y llegó hasta la tribuna. Le dieron 20 minutos para exponer. El indio se volvió hacia el presidente del congreso como pidiendo autorización para comenzar. Y entonces, en vez de hablar, tomó un bolso donde llevaba una caja de tintes y empezó a engalanarse la cara con los colores guerreros de su tribu. Empleó los 20 minutos previstos para su discurso pintándose la frente, las mejillas, el mentón, después miró desafiante a la audiencia con el rostro más digno del mundo. Sin decir palabra, guardó la caja de tintes de sus antepasados y se retiró del salón del Congreso. Ganaron la enmienda, el artículo 231 de la Constitución del Brasil reconoce el derecho de los pueblos indígenas a ser propietarios a perpetuidad de las tierras que siempre ocuparon.
Si los árboles, las plantas, los animales y los ríos hablaran como en “El bosque animado” de Wenceslao Fernández Flores. ¿Qué le dirían a Morales? “No nos mates, nosotros también somos hijos de la Pachamama”. Morales está a tiempo de cambiar de opinión. Si no, quiera o no, tendrá que irse del poder.

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