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¿Reconciliación y/o coexistencia?
Opinión

¿Reconciliación y/o coexistencia? 

Por: Adalid Contreras Baspineiro

En el continente se vienen impulsando importantes experiencias de reconciliación que buscan que el encuentro y la concordia suplan los elementos que debilitan el tejido social y convierten a las sociedades en escenarios propicios para el conflicto, la intolerancia o el racismo. El desafío planteado es sumamente complejo y no se están pudiendo alcanzar, todavía, resultados significativos, entre otras razones porque el término reconciliación está sobrecargado de elementos altruistas que hacen difícil, cuando no imposible, su realización; y también porque se considera a la reconciliación tanto como la realidad a ser lograda, así como el proceso para llegar a este nuevo estado.

Decimos que el concepto está sobrecargado, porque el “reconciliatio” que significa “la acción y el efecto de volver a unirse”, se ha llenado de atributos o principios difíciles de operativizarse en prácticas cotidianas. Reconciliación se ha convertido en un concepto abstracto arropado de criterios como la paz, el perdón, la justicia, la verdad, la reparación, garantías de no repetición y desarrollo. Apreciarán las y los lectores las dificultades que llevan implícitas para reflejarse en prácticas sociales, más aún, considerando que son criterios que están entrelazados, y que su resolución se hace en correspondencia con los otros factores.

Es así que la paz sin justicia es un acto de no violencia que, si bien de suyo es ya una conquista, para la reconciliación se requiere, además, que la ausencia de violencia se complemente con recomposiciones legales y éticas. Del mismo modo, un acto de justicia requerirá de demostraciones objetivas de perdón, que más que un acto religioso de constricción es el reconocimiento de la dignidad y el cumplimiento de derechos, superando la lógica de la culpa, la disculpa o el castigo. A su vez esto guarda relación con la verdad, esclareciendo qué verdad, amén de constituirse en un acto de sanación, de reparación y de confianza entre las partes en conflicto.

Muchas experiencias trabajan en la búsqueda de una cultura del perdón, planteando que para garantizar que no se repitan violencias en el futuro es necesario hacer justicia sobre los delitos del pasado. Por eso se dice que el perdón no supone olvido ni resignación, sino la reinvención de prácticas de proximidad y de convivencia en las que se potencia la participación en igualdad de condiciones y derechos.

Por esta complejidad conceptual y procedimental, algunas experiencias, de manera pragmática, a título de reconciliación, no enfrentan los temas en conflicto, sino las causas de las situaciones de discordia, tales como el empleo, la salud o el hábitat. Por lo general, al no tomar el toro por las astas, estos procedimientos se diluyen en el entorno de problemas que viven en el inconsciente colectivo, y que despiertan cada vez que lo remueve algún acontecimiento. Esto es muy común en el caso de las diferencias étnicas que se expresan como desencuentros en las superficies y como violencias encubiertas en las profundidades.

Más allá de estas configuraciones abstractas, en sus búsquedas, las estrategias de reconciliación han encontrado algunos caminos más realizables. Uno de ellos es la identificación de reconciliación con relación y la apropiación de la coexistencia como camino para la reconciliación, desarrollando acciones que transitan entre un pasado dividido y un futuro compartido, y que potencian el encuentro, el diálogo y la cooperación en causas comunes.

Se afirma que forjar estas relaciones implica el desarrollo de un proceso largo, profundo, amplio y duradero que va más allá de elementos intrapersonales como el daño, el dolor, la venganza, el arrepentimiento o las disculpas, puesto que la reconciliación política, además de la intimidad, requiere reglas del juego claras para desempeños colectivos de coexistencia pacífica entre distintos y opuestos, con corresponsabilidades en las consecuencias de las acciones individuales y colectivas; y también porque la coexistencia cultural requiere de prácticas cotidianas de inclusión.

El compromiso de fondo de la convivencia es la transición de las coexistencias negativas que tienen sus límites en la tolerancia, hacia las coexistencias positivas que implican valores compartidos, interacción, respeto, confianza y cooperación. Así, la coexistencia viene a ser el camino hacia la reconciliación con acciones de manejo de los conflictos desde una perspectiva restauradora y dialógica. Esto supone trabajar narrativas, imaginarios, actitudes y sentipensamientos colaborativos para el reencuentro comunitario.

El mismo sentido tiene el Jiwasa aymara, que significa “sólo soy yo en cuanto somos nosotros”. Este sentido relacional conecta personas y comunidades en identidades de pertenencia reconociendo las diversidades, para desde allí promover situaciones de convivencia colaborativa y comunitaria con complementariedades, reciprocidades y solidaridades integracionistas. En tiempos de crisis multidimensional que agudizan las actitudes anómicas, tenemos que recorrer los caminos del reencuentro.

Adalid Contreras es sociólogo y comunicólogo boliviano

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