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Pichicateros en tiempos de dictadura 

El 17 de julio de 1980, las botas de un militar irrumpieron en la sede de Gobierno. La entonces presidenta Lidia Gueiler Tejada no pudo hacer frente a tal hecho impulsado por nada menos que su primo. Otro golpe militar se acopiaba en la historia de la entonces República de Bolivia. El olor a coca de aquellas botas parecía no ser percibido por los ciudadanos que salían del chaki electoral que los había dejado afónicos unos días antes. “Siles, Siles, Siles…”, gritaron muchos de ellos la noche anterior. El golpe, más allá de sus denotaciones políticas, había agudizado un problema que no podía ser resuelto por los gobiernos anteriores: la pobreza. Las familias llegaban y llegaban a las ciudades porque las comunidades de las que provenían estaban sumergidas en la más amplia pobreza; la familia Cota Choque era una de ellas. 
Llegaron al altiplano paceño entre el frío y la fragancia a tierra seca que choca con violencia a las mejillas de los que la visitan. Eran los años 70. Volvían de Oruro cabizbajos, no les había ido nada bien. Fermín junto a su hijo mayor, Dionisio, regresaban de una vieja mina, en Sayana, de donde intentaron sacar el poco mineral que quedaba a punta de combo y martillo; después de unos meses entendieron por qué la habían abandonado otros. Berta, cargando un bebé en la espalda cual bultito fuera miraba el horizonte con los ojos ceñidos de preocupación, llegaba del campo, la tierra parecía haberles negado incluso el derecho a comer. Muy atrás los seguían los pequeños de la familia, Germán y Dora, no entendían qué pasaba mas su felicidad era grande, sus padres por fin los recogieron de la casa de la tía donde habían sido dejados hace varios meses atrás y que los había maltratado tanto que preferían olvidar todo lo que debían olvidar. De esta forma llegó la familia Cota Choque a la entonces inexistente ciudad de El Alto con la esperanza de mejorar la vida que no podía empeorar aun más. 
Al cabo de algún tiempo los hijos ya iban a la escuela; donde más que aprender tuvieron que entender, entender que la sociedad boliviana tenía muchos prejuicios contra los más pobres que por azares de la vida sólo sabían hablar aymara. Fermín había aprendido carpintería, le había ido muy bien. Todos los jueves y domingos iba a vender muebles a la Feria 16 de Julio. Tiempo después pudieron comprar su propia casa en la carretera La Paz – Oruro. 
Los problemas económicos aparecieron en los años 80, el país que parecía conquistar su democracia caía nuevamente por la pugna de poderes. El asesinato de renombrados líderes sindicales del momento ensombrecía el panorama. Una bomba había acortado la vida de varios de ellos en las oficinas de la Central Obrera Bolivia (COB). El miedo agobiaba a la población y fue muy bien aprovechado por el último dictador que conoció Bolivia. Bastaron unos meses para que se establezca el “toque de queda”, la población sumergida en el más hondo empobrecimiento por las bajas en el mercado comenzaban a buscar alternativas económicas que les permita vivir. 
Avanzados los años, Dionisio comenzaba a dirigir la familia mientras Fermín se liberaba de los brazos del alcohol. Entre voces y voces el preocupado hijo había conocido de un trabajo bien remunerado en Cochabamba, sólo tenía que sumergirse en las llanuras acaloradas del Chapare para “pisar coca”. Le fue bien, tan bien que tiempo después se llevó a su papá y a su hermana. 
La pequeña ciudad construida para la producción de cocaína era impresionante. Habían casas, vías de acceso y un mercado, la gente compraba todo lo que podía o quería sin regatear en el precio. También se hacían pedidos especiales; los relojes, ropa o joyas más requeridas del momento llegaban por arte de magia a aquellas llanuras. Todos estaban felices, mientras el país se caía en pedazos existía un lugar donde nadie sentía la violencia de las botas de aquella dictadura. Dionisio, conocido por todos como “El Siles” por llevar una gorra similar al exiliado Presidente, era muy respetado por cumplir el rol de un caporal. Controlaba la producción y recogía el dinero de los aviones que llegaban al Aeropuerto Internacional Jorge Wilstermann, en Cochabamba, con un equipo de seguridad parecido a la de un embajador europeo, después de todo gozaban de todos los privilegios dados por el entonces Ministerio del Interior. 
Fermín junto a su hija Dora regresaron a La Paz años después. Dionisio se había quedado en el Chapare, un rara enfermedad segó su vida y fue enterrado entre los cocales. A su llegada la desgastada Berta los miró y al notar aquella ausencia que no requirió más explicación que las lágrimas de su esposo e hija comenzó a llorar. Nadie quiso tocar el tema nunca más. Decidieron olvidar para tan sólo retomaron la vida que habían dejado años atrás. 
“El Siles” fue olvidado como muchos otros que vivieron la dictadura y hoy buscan justicia a través de los pocos familiares que les queda. Luis García Meza murió hace poco y Luis Arce Gómez permanece en el penal de alta seguridad de Chonchocoro fotocopiando documentos por Bs 1, al menos eso indica el pequeño letrero de su celda.

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