América Yujra – ¿Qué hace falta? 

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La realidad mata ilusiones y esperanzas; o simplemente se encarga de confirmar la inexistencia o artificialidad de éstas. Sea cual sea la premisa, hay algo tristemente evidente: a medida que pasa el tiempo son pocas las ilusiones y esperanzas que dinamizan nuestras vidas. Pueden estrellarse ante verdades impensadas, ser desgarradas por viles cálculos ajenos a nuestra voluntad; o, lo que es peor, sostenerse espuriamente gracias a simulaciones e hipocresías. 

Mucho de lo anterior repercute en mí cada seis de agosto. No porque haya perdido ciertas esperanzas e ilusiones —quizá algunas, debo admitir— sobre nuestra maltrecha Bolivia, o porque rechace celebrar su aniversario, sino por los grotescos espectáculos de un exacerbado “amor por la patria” que surge en muchos individuos sólo cada 365 días.  

Banderitas tricolores aquí y allá. Nuestros queridísimos políticos y “legítimos” representantes nacionales/departamentales luciendo vistosas bandas en las transmisiones televisivas y en sus redes con la soberbia propia de quien, pese a innumerables razones éticas y legales, se siente digno merecedor de llamarse “autoridad electa por el pueblo”. Dirigentes y sus “bases” (sociales, obreras, sindicales, mineras y demás conveniencias) levantando sus estandartes y carteles que no hace mucho los usaban mientras ejercían su superpoderoso derecho a la protesta en alguna que otra calle o carretera. Toda una puesta en escena “por la patria” en su aniversario. 

La guinda del “show patrio” de este año llegó gracias a la actuación de dos antagonistas en la mismísima Casa de la Libertad en Sucre. Mítico lugar donde, en 1825, 48 personas firmaron el fin de la dominación española del entonces Alto Perú y discutieron el rumbo que debería tomar el nuevo Estado creado. 201 años después, éste Estado, apodado ahora “plurinacional”, tiene más del triple de autoridades y aún carece de un puerto-visión al cual dirigirse.  

Esos dos individuos tragicómicos —uno más funesto que chusco, y viceversa— son los actuales (des)gobernantes: Rodrigo Paz y Edmand Lara. El amnésico y bipolar vicepresidente se mandó un discursito colmado de indirectas y evasivas sobre su investidura. Por su parte, Paz expresó un reeditado de su alocución del 8 de noviembre de 2025 con añadidos propios de su tibieza y precariedad política: inexistente autocrítica, anuncios tardíos, datos dudosos (como la cantidad de droga secuestrada, la supuesta “socialización” de proyectos de ley), autocomplacencia y autosuficiencia.  

Personalmente, no esperaba otra cosa de Lara. Un sujeto conflictivo y tan corto de entendimiento sólo podía lanzar negaciones y amenazas. De Paz, quizás sí; al menos un poco de madurez política, sobre todo después de sus 50 días de inercia frente a los asedios que sufrimos miles de bolivianos y que mermaron considerablemente su fortuita legitimidad.  

A pesar de sus diferencias, ambos coinciden en dos cosas. Reconocen el desastre económico y energético heredado del régimen masista. E identifican como solución una especie de nacionalismo de bases conservadoras que ambos, tanto Paz como Lara, disfrazan de “amor a Bolivia”, cuya ausencia —según ellos— en los “azules” fue la causa de las crisis que hoy nos ahogan. No por nada Rodrigo Paz preguntó al inicio de su discurso: ¿qué hace falta para que todos podamos amar a la patria? 

Sobran las evidencias fácticas para afirmar sin duda alguna que Evo Morales junto a toda su cúpula y sus bases amaron sólo el poder. Sin embargo, las causas del atraso social-políticoeconómico-industrial de Bolivia no pertenecen a un sentimiento patriótico ni a un espacio temporal específico. Las raíces del estancamiento de nuestro desarrollo fueron plantadas mucho antes de la llegada del masismo. Que éste nefasto régimen las haya usado como herramientas para instalarse en el poder es otra cuestión. 

¿Cuáles son, pues, ésas raíces, hoy causas de nuestras desgracias? La inexistencia de una “identidad-nación” sólida y de una “visión país” clara y acorde a los contextos sociopolíticos vividos, tanto pasados como coyunturales.  

La construcción y la consolidación de un Estado requieren mucho más que un espacio geográfico delimitado o un conjunto de símbolos que desempolvamos cada aniversario patrio. Un Estado necesita de una “identidad nación”, entendida como la extensión del pacto de convivencia que firmamos tácitamente para garantizar nuestra existencia, a pesar de las diferencias que tenemos unos con otros. Ésta identidad pertenece a la dimensión interna de cada persona, por ende, no surge por imposición o mandato externo. Debe partir de una respuesta personal a las preguntas: ¿quién soy dentro de ésta nación?, ¿qué derechos me reconoce y qué deberes me exige?, ¿cómo debo actuar en su favor? 

Pero además de una “identidad”, un Estado necesita una “visión” o “proyecto” a largo plazo. Éste, en la mayoría de los casos, parte también de una identificación nacional: es necesario reconocer y establecer un nosotros para edificar toda la estructura institucional que sostendrá las esferas de acción y desarrollo (económica, social, política, etc.). El problema se origina cuando ésa identificación nacional se desvirtúa y se convierte en un “nacionalismo excluyente”, cuando al pronombre de construcción se le opone otro (“ellos”). 

En su albor, el nacionalismo fue una fuerza ideológica que sostenía la unidad política y profundizaba la identidad nacional de los miembros de un Estado. Dados los antecedentes históricos de la humanidad, deben reconocerse dos tipos: 1) cívico (o liberal) y 2) étnico. El primero fortalece la democracia al construir la ciudadanía con el reconocimiento de derechos individuales fundamentales. En cambio, el segundo ahonda la polarización y posibilita el establecimiento de hegemonías.  

Al revisar detenidamente los escenarios determinantes de nuestra historia luego de ése trascendental episodio de 1825, vemos que no se han construido ni una “identidad-nación” ni una “visión-país” benignas para Bolivia. Los viejos desencuentros u odios sociales o de clase y egoísmos político-partidarios han ido incubando, primero, un nacionalismo negativo, excluyente y clasista; luego, un nacionalismo identitario que desembocó en un neonacionalismo étnico de izquierda que dio paso a un modelo autoritario cuyo líder autodenominado “pueblo” fue arropado y vanagloriado por facciones elitistas plurales (indígenas, clases populares, media y alta) que se arrogaban ser “la reserva moral” del país; un modelo que se constituyó en un régimen que gobernó durante casi dos décadas, conduciendo a Bolivia a uno de los momentos más oscuros de su historia.  

Destronado ése modelo populista, hoy tenemos un gobierno carente de propuestas y estructura político-partidaria, por lo que, recurre a la exacerbación de un sentimiento de “amor patriótico” que se asemeja más a un nacionalismo conservador basado en un mantra peligroso: “Dios, patria, familia”. Quizá no sea tan nocivo como el empleado por los “azules”, es decir, que derive en un autoritarismo duro; pero sí puede ahondar la polarización y azuzar los viejos resentimientos regionales y de clase. 

Reformulemos la conmovedora pregunta de Rodrigo Paz: ¿qué nos hace falta para transformar Bolivia y evitar caer en ese abismo catastrófico que nos amenaza? 

No basta un “amor patriótico”. No necesitamos la imposición pasiva de nuevas formas de nacionalismo. Nos falta —y urge— construir una identidad nacional que no mire el pasado ni el presente con resentimiento. Nos falta una visión-país, es decir, un acuerdo nacional, social y políticamente plural, de largo plazo; que trascienda todos los gobiernos próximos, independientemente de su línea ideológica; que priorice objetivos como políticas de Estado, no como propuestas partidistas de gobierno. Pero, sobre todo, nos falta consciencia y respeto. En los gobernantes, para que sepan los roles que ocupan, para que reconozcan el lugar y el tiempo históricos en el que se encuentran —cosa que Rodrigo Paz y su gobierno no hacen—; para que den seguridad y certidumbre a la ciudadanía, sin forzarla a resistir crueldades. En los ciudadanos, para que desechemos los lamentos coloniales, para que nos reconozcamos como diferentes más unidos en objetivos comunes, para que nuestras acciones no afecten ni la estabilidad democrática ni la convivencia social. 

Hace falta un montón de decisiones y acciones. Complicadas todas mas no irrealizables. No repetiré el tono hiperbólico de Rodrigo Paz. Antes de pensar en el tricentenario, encaminemos los siguientes diez años de Bolivia. Empecemos con eso. Luego, quienes queden, vayan por los próximos quince, veinte, y así sucesivamente. Por lo pronto, espero que el próximo 6 de agosto de 2027, ciudadanía y gobernantes tengamos más sólidas las esperanzas, la identidad nacional y el proyecto país, y que no abunde un falso “amor por la patria” que, claramente, muchos ciudadanos, autoridades y “representantes” no sienten.  

América Yujra Chambi es abogada.

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