Promesas y propuestas en política, ¿resistencia o sobrevivencia?

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América Yujra Chambi

En la ciencia politológica, existe un consenso casi unánime al considerar que la política es el ejercicio del poder. El consenso es categórico al apuntar que tanto un candidato como un presidente en funciones necesitan medios o herramientas para llegar a él y ejercerlo realmente. Entre éstos mecanismos se encuentran, sin lugar a dudas, las promesas o propuestas proselitistas y/o gubernamentales. Dos de ellas han generado controversias y viralización mundial en recientes días. 

Horacio Fernández, candidato a intendente de Itauguá, en Paraguay, prometió a sus electores acceso libre a moteles durante 24 horas si conseguía ganar por una ventaja de diez mil votos en las Elecciones Municipales del próximo 4 de octubre. 

En otro despliegue proselitista populista, aunque sin el tono sicalíptico, el autócrata naranja ofreció el “dividendo Trump”, un cheque de 5.000 dólares para cada estadounidense adulto, siempre y cuando el partido Republicano gane el control del Congreso en las elecciones de medio término, donde se disputa con los demócratas 435 escaños en la Cámara de Representantes y 35 en el Senado.  

Los actuales “gobernantes” de nuestro país también llegaron al poder con propuestas y promesas controversiales, imposibles y populistas: duplicar las pensiones de jubilación, “capitalismo para todos”, salario universal para amas de casa, “cierre total” de la Aduana Nacional, “bono dignidad” de Bs. 2.000, “agenda 50/50” o descentralización inmediata. Otras promesas que conviene remarcar: Rodrigo Paz y su frase “ningún boliviano volverá a hacer fila por combustible”; Edmand Lara y su aceptación a ser colgado en Plaza Murillo si fallara como “garantía” de fiscalización y gobierno. 

Diez meses después, y ya en el gobierno, Paz mantiene algunas de ésas propuestas y añade nuevas. Solicitó la aprobación de la Asamblea Legislativa Plurinacional para extender el estado de excepción por otros 90 días, prometiendo tomar medidas para: enfrentar la crisis económica; asegurar el abastecimiento de alimentos, combustibles y otros; combatir a los cárteles instalados en la frontera con Brasil; y mantener el orden interno.

Como señalé al inicio, las promesas o propuestas electorales y/o de gobierno son necesarias para que un candidato acceda a un cargo de poder y para que un presidente ejecute sus atribuciones. Ambos actores políticos deben usar esas herramientas para sobrevivir y resistir su tránsito ya sea hacia el poder o en él. La diferencia está, sin duda, en las acciones desplegadas y el tono de sus medios.  

En el caso de los candidatos, depende del porcentaje que obtenga en las encuestas previas al proceso electoral. Si un candidato ostenta un primer lugar, puede optar resistir ante las demás opciones. En ese caso, las herramientas que emplea deberán mantener su contenido y efecto. Por el contrario, si el candidato pretende asegurar una victoria o aumentar su porcentaje, tendrá que sobrevivir al resto; para ello, una vía —ni la única ni la más ética, por cierto— es “llamar la atención” de los electores a través de propuestas inéditas, controversiales, demagógicas, absurdas y, en último término, populistas.

¿Qué sucede con los actores en ejercicio del poder? Maquiavelo sostuvo que el principal objetivo de un gobernante (príncipe) es mantener el poder y el dominio del Estado, ya sea usando fuerza o un pragmatismo moral recurrente. En el mismo sentido, el profesor norteamericano Bruce Bueno de la Mesquita señala que la primera regla de cualquier líder —sea democrático o autoritario— es sobrevivir en su puesto, generando coaliciones o adhesiones que le garanticen permanencia más allá de su mandato. 

Para un presidente, sobrevivir en política implica tener la capacidad para mantenerse en el poder, para sostenerse políticamente. Los medios para ello son varios: negociaciones, alianzas, promesas, concesiones a oposiciones o demandas populares. Si el gobernante tiene una agenda programática definida y seria, es posible la ejecución de políticas y proyectos públicos que, en un futuro, robustecerán su legitimidad. Por el contrario, una mera sobrevivencia, sostenida en oportunismos, presiones, chantajes o —peor aún— improvisaciones, genera pérdida de poder, imagen, confianza y certidumbre. 

Resistir en política no es mantener el poder; es defender un proyecto (de gobierno y/o de Estado) acorde a los mandatos normativos y demandas ciudadanas, ante cualquier tipo ataques u oposiciones que pretendan obstaculizar su ejercicio o ejecución. 

Con todo lo anterior, podemos concluir que: 

  • la promesa del candidato paraguayo es una sobrevivencia electoral innecesaria, dado que, actualmente, es el favorito en las encuestas, su reelección está casi garantizada;
  • el “dividendo Trump” es una movida desesperada de sobrevivencia política. Las encuestas le dan una probabilidad alta de derrota y, gracias a sus exabruptos e incoherencias, la aprobación de su gobierno se encuentra por debajo de 30%;
  • Rodrigo Paz, al pretender instalar la idea de que el estado de excepción es la única vía para ejecutar decisiones políticas, sólo busca una sobrevivencia a base de improvisaciones. Al ser un presidente sin madurez ni iniciativa propia, su gobierno puede —y quizá podrá— sostenerse únicamente con contenciones excepcionales como decretos o acciones “parche” que son producto más de la improvisación que de una planificación gubernamental. Un gobierno estéril en medio de una transición urgente.

Entonces, ¿puede existir un equilibrio entre sobrevivencia y resistencia? Sí, sobre todo en el ejercicio del poder. Cualquier gobernante —no sólo para el éxito de su gestión, también para la trascendencia de su proyecto político y de su reducto partidario— deberá sobrevivir para mantener la estabilidad del país y evitar el recrudecimiento de la conflictividad sociopolítica habitual; deberá resistir cuando el proyecto país definido, los derechos fundamentales de los ciudadanos y el mismo Estado son amenazados. Un presidente que sólo “resiste” para sí, puede quedar aislado. Un gobernante que sólo se dedica a “sobrevivir” genera su propia ingobernabilidad, se convierte en un ser endeble, sin visión ni decisión claras, una marioneta de grupos sindicales, empresariales, partidarios, civiles, que se mueve por los hilos de sus presiones. 

Ante propuestas o promesas políticas conviene analizar no sólo su efecto inmediato, sino si éstas acompañan a una oferta programática clara o a un coherente norte de gobierno. El resultado que obtengamos resolverá la disyuntiva cuestionada en el título del presente artículo.

América Yujra Chambi es abogada.

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