Dicen que los malos momentos no deben quedarse en nuestra memoria por mucho tiempo. Soltarlos, dicen unos; superarlos, con cierto tinte heroico, otros. Siendo honestos, conviene admitir que ambas recomendaciones nos demandan acciones casi homéricas.
Dicen también que cada mala experiencia nos deja enseñanzas valiosísimas para sobrellevar los días que tenemos por delante. Y aquí aparece una de las tantas paradojas a las que se enfrenta nuestra especie: no se alcanza el bien, la fortaleza o la felicidad si no es recorriendo sinuosos caminos malos, trágicos y desventurados.
Trasladando todo eso al ámbito colectivo, las lecciones se tornan memorables y ciertamente decisivas, tanto así que marcan un antes y un después en la historia de las sociedades humanas. Por tanto, recordar los sucesos conflictivos, de crisis, de desestabilidad y anomia no ayudan sólo a evitar repetir errores pasados, sino a entender el porqué del estado de las cosas, y a vaticinar qué puede ocurrir en futuros próximos.
Al repasar el miserable tira y afloja entre el gobierno de Rodrigo Paz y los trasnochados históricos grupúsculos que creen ser propietarios exclusivos de Bolivia, una frase me reverbera desde la primera vez que la oí en alguno de esos cincuenta días. Fue dicha por el faccioso Nilton Condori en un afán suyo para escarnecer a quienes señala como enemigos.
“Élite ociosa”, así calificó a los miembros de “la vieja política” y a los neoliberales que, según él y sus aliados, saquean el país, discriminan a los indígenas y los relegan del poder. Consultado sobre el significado del adjetivo, manifestó que es “vivir del Estado”.
Según la Real Academia Española, ocioso (a) significa: inútil, sin provecho ni resultado, que no tiene uso en aquello a lo que está destinado. Dicho esto, el senador suplente equivocó tanto la acepción como los destinatarios de la palabra en cuestión. Condori se quedó corto al tachar sólo a los “viejos políticos”. También serían ociosos los “nuevos” que consiguieron un cargo electivo y los restantes actores políticos —incluido él— que se agruparon para medir fuerzas con el gobierno. La ociosidad ha contaminado la política hasta convertirse en una doctrina seguida por muchos, matizada sólo por las diferenciaciones ya conocidas insertas en los cuadrantes ideológicos.
Con los años, la política parece avanzar extraviada, confusa; no a voluntad, obviamente, sino gracias a quienes se encargan de poner en movimiento toda su estructura, pues trastocan cada uno de sus mecanismos con una fuerza destructora conformada a base de odios, soberbia, incapacidad y hasta estupidez.
Muchos de los “políticos” —o, mejor dicho, los que se hacen llamar tales— tienen una exclusiva ambición: lograr el poder para disfrutarlo a placer. No importa el cómo, mucho menos si tienen capacidades mínimas que les permitan comprender la verdadera dimensión del ejercicio del poder. Lo único importante es subir a ése sublime pedestal de omnipotencia del que no querrán bajar independientemente de quién o qué se los exija.
La política contemporánea, en general y la política boliviana, en específico, parecen ser escenarios aptos para que los discursos pomposos, la improvisación, la impostura y el disimulo reemplacen a la coherencia, la honestidad y al oficio. ¿Por qué sucede esto? Porque los rasgos esenciales para el ejercicio de la política —ética, responsabilidad, experiencia, profesionalidad— han sido tan prescindidos que quedaron en desuso.
En etapa electoral, los «políticos» mienten, se ornamentan con disfraces para mostrarse «pluris», originarios; abrazan identidades que poco antes desconocían o negaban; se autocalifican «nuevos» mientras sigilosamente esconden un largo prontuario partidista. Para estos lúcidos políticos —viejos y de pseudorenovación— un poncho, una pollera, un sombrero, un discurso «de pueblo», unas palabritas en idioma nativo son suficientes para convencer a los ciudadanos y conseguir votos. Tristemente, las masas ceden a esos encantos. Pero lo peor es que la farsa —entre políticos y ciudadanos— se mantiene en el tiempo. Las transformaciones «pluris», la perorata popular, las fantasiosas promesas, la ceguedad de los votantes duran un mandato, dos, tres… Y así, elección tras elección.
La clase política boliviana, en su mayoría, está convencida de que para la política y el ejercicio del poder bastan las máscaras, los fingimientos, la fortuna o el simple posicionamiento en la acera contraria de su rival. Ocupan su tiempo en construir medias verdades o narrativas convenientes, en ahondar diferencias antes que construir pactos, en edificar estructuras tan ficticias como sus promesas electorales para cubrir la inexistencia de cuerpos político-partidarios sólidos y propios, en simular tener propuestas serias de gobierno.
Tanto Rodrigo Paz como su gobierno dedicaron gran parte de sus primeros ocho meses de su mandato a esas farsas y oropeles. De ejemplos tenemos la pésima gestión de conflictos y la relación con los demás actores políticos. Probablemente con menor desfachatez, pero manteniendo el sentido peyorativo, desde el gobierno se utiliza la frase “vieja política” para descreditar y menospreciar a sus opositores. En pasados días, Mauricio Zamora, ministro de Obras Públicas, manifestó que Tuto Quiroga, Samuel Doria Medina y “otros políticos” ya “cumplieron su ciclo”. Mientras que Rodrigo Paz “es el nuevo ciclo”, porque al levantar la subvención de hidrocarburos hizo lo que “un viejo político nunca hubiera hecho”. Remató que “necesitamos nuevos liderazgos, gente joven. La gente está cansada de lo mismo”.
Además de compartir una inopia política con esas “mayorías artificiales”, el actual gobierno recurre a conclusiones carentes de sentido para la política contemporánea. Señalar que lo nuevo es inherentemente bueno y lo viejo es todo lo contrario es tan absurdo como decir que la tierra es plana sólo porque el agua de los océanos no se escurre por la parte inferior del planeta. Así pues, los terraplanistas de la política no creen que una buena política y una buena gestión de gobierno dependen más de la ética, la responsabilidad, la profesionalidad y el compromiso de sus actores; no están subordinadas a criterios de novedad o edad.
Hay políticos “nuevos y jóvenes” que desconocen conceptos básicos de democracia, política o poder, y aun así ostentan cargos legislativos o ejecutivos; que son tan corruptos —o más— que un político de larga trayectoria. Hay políticos “viejos” cuya experiencia es más útil que un rostro lozano o transformado. Hay jóvenes que ven a la política como una forma fácil de lograr fama y/o riqueza. Hay adultos con excelente preparación profesional que entienden la política como servicio, pero su edad les limita a entrar en el molde actual de “renovación”. Éstas y otras incoherencias van de izquierda a derecha.
La política exige cualidades que trascienden la mera ambición de poder. No es malo buscarlo, lo aborrecible es fingir aptitudes, virtudes, identidades (ideológicas, sociales, culturales) para conseguir ése alto pedestal. Lamentablemente, la mayoría de los actores políticos ha sucumbido a ésa farsa. Y vemos las consecuencias en cada acción, en cada discurso de políticos, autoridades y dirigentes.
La política ya no parece ser el arte de gobernar ni la democracia parece garantizar que la administración del Estado recaiga en personas idóneas. Ambos se han convertido en espacios ociosos que mantienen a ociosos detentores de privilegios inmerecidos, cortos de entendimiento, sedientos de poder e incapaces de construir nuevos caminos para un mejor país.
La política sin ética termina en corrupción; sin experiencia, en improvisación; sin profesionalidad, en incompetencia; sin responsabilidad ni decisión, en conflicto y desgobierno; sin propuestas o visiones a futuro, en diatribas baladíes. Ocioso el político que carece de decisión y de ética, que dinamita su legitimidad. Ocioso el dirigente que empuja a sus grupos a la violencia y al odio. Ociosismo en estado puro.
Junto a la mentalidad rebaño, el ociosismo integra el diagnóstico de enfermedades políticas que nuestro país padece desde hace tiempo, agravado en las últimas dos décadas. ¿Puede revertirse? Por supuesto, siempre y cuando se recuperen las virtudes políticas; siempre y cuando la ciudadanía elija premiando el esfuerzo, la preparación, el compromiso y la honestidad sin florituras. Así como nuestras vidas, la política debe transitar por caminos infaustos para desprenderse de lo malo. Hasta entonces, las palabras del genio explorador del subsuelo seguirán describiendo nuestras realidades: “Nuestros tiempos son tiempos de mediocridad, de falta de sentimientos, de la pasión por la ignorancia, de pereza, de la incapacidad para empezar a hacer algo y el deseo de tener todo ya hecho”.
América Yujra Chambi es abogada.

