Imaginemos el día en que nació Bolivia.
¿El habitante de Curahuara de Carangas se habrá enterado que desde ese día era boliviano? ¿La mujer que vivía por Abapó-Izozog habrá izado esa mañana una bandera para celebrar su nueva nacionalidad? ¿El poblador de uno de los ríos del Beni habrá sabido que ahora pertenecía a una república llamada Bolivia?
Estoy convencido de que no.
En aquel tiempo, la comunicación avanzaba a la velocidad del caballo o del caminante. Las noticias tardaban semanas e incluso meses en recorrer el territorio. Del millón de personas que habitaban estas tierras en 1825, apenas una pequeña minoría sabía leer y escribir. La inmensa mayoría jamás leyó el Acta de Independencia ni escuchó hablar del nuevo Estado.
Bolivia había nacido jurídicamente, pero la bolivianidad todavía no había nacido en la conciencia de sus habitantes.
Entonces, ¿qué cohesionaba a los habitantes del nuevo país?
Difícilmente podía hablarse de una nación en el sentido moderno del término. En este territorio convivían ayoreos, chimanes, guaraníes, quechuas, aymaras, mojeños y muchos otros pueblos que apenas mantenían contacto entre sí. Los quechuas del norte de Potosí probablemente desconocían la existencia de los ayoreos. Mucho menos podían imaginar que compartían un mismo destino político.
¿Existía una cultura común?
No plenamente.
Criollos, mestizos, indígenas y españoles ocupaban posiciones sociales distintas y, con frecuencia, perseguían intereses contrapuestos. No existía todavía un mito nacional compartido capaz de integrar a todos los habitantes del nuevo Estado. Tampoco una memoria colectiva suficientemente amplia ni un sistema de valores que los hiciera reconocerse como parte de una misma comunidad política.
En otras palabras, Bolivia nació sin un «nosotros» nacional.
Nació como un Estado que aún debía construir su propia nación.
No era una nación en busca de un Estado; era un Estado en busca de una nación.
Esa fue la gran misión histórica de la República.
Durante décadas, ese proceso avanzó lentamente. Sin embargo, la Guerra del Chaco aceleró, como ningún otro acontecimiento, la construcción de una conciencia nacional. Miles de bolivianos provenientes de regiones que nunca habían interactuado compartieron trincheras, sufrimientos y sacrificios. Muchos descubrieron por primera vez que peleaban junto a personas diferentes, pero por un mismo país llamado Bolivia.
Fue allí donde comenzó a consolidarse un destino compartido.
Así puede entenderse la aparición de Razón de Patria (RADEPA) y, posteriormente, del Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR). No proponían un nacionalismo basado en la sangre o la etnia, sino un nacionalismo cívico, donde el ciudadano debía convertirse en el principal sujeto político por encima de las diferencias regionales o culturales.
Los intelectuales del MNR elaboraron un nuevo marco interpretativo: la nación no era un hecho biológico ni un accidente histórico. Era una construcción política permanente.
En el fondo, buscaban dotar al Estado boliviano de un alma. Ese principio espiritual tenía un nombre: Nación Boliviana.
Décadas después, la Ley de Participación Popular amplió la presencia política de los municipios y permitió el surgimiento de nuevos liderazgos sociales e indígenas. Muchos de esos dirigentes adquirieron experiencia política en el ámbito local hasta convertirse, años más tarde, en protagonistas del poder nacional.
Con ellos también cambió el marco interpretativo.
El nacionalismo cívico fue reemplazado progresivamente por una concepción plurinacional de inspiración étnica. El reconocimiento constitucional de las distintas naciones indígenas representó un avance en materia de derechos históricos; sin embargo, el discurso político comenzó a privilegiar cada vez más las identidades particulares sobre la identidad común.
La pregunta dejó de ser qué nos une y pasó a ser qué nos diferencia.
Así nació el Estado Plurinacional.
Y, con él, comenzaron a levantarse nuevas fronteras simbólicas entre bolivianos.
Paradójicamente ocurrió un fenómeno digno de reflexión.
Mientras el discurso oficial insistía en la plurinacionalidad, la idea de Nación Boliviana parecía fortalecerse en amplios sectores de la sociedad.
Una posible explicación es que, después de dos siglos de historia compartida, Bolivia ya había acumulado los elementos que en 1825 aún no existían: recuerdos comunes, héroes comunes, derrotas comunes, victorias comunes, una lengua ampliamente compartida y, sobre todo, una experiencia colectiva de convivencia que terminó siendo más fuerte que cualquier intento de fragmentación.
Hoy el desafío ya no consiste en elegir entre nación o diversidad.
El verdadero desafío consiste en construir la nación de naciones.
No una suma de comunidades aisladas, sino una comunidad política que haga compatibles todas las identidades culturales bajo un mismo proyecto nacional.
Una nación edificada sobre el deseo compartido de vivir juntos.
Los últimos veinte años dejaron una enseñanza inesperada.
El intento de organizar la política alrededor de identidades étnicas terminó provocando una reacción inversa. Las crisis de 2019 y la reciente resistencia ciudadana durante los 53 días de bloqueo demostraron que, cuando Bolivia enfrenta amenazas profundas, los múltiples «ellos» descubren que, en realidad, existe un «nosotros» mucho más fuerte.
Existe voluntad de existencia política.
Ese debería ser el punto de partida de una nueva visión de país.
Boliviano antes que quechua.
Boliviana antes que guaraní.
No porque una identidad deba sustituir a la otra, sino porque la ciudadanía compartida hace posible la convivencia entre todas ellas.
Una nación política que respete las lenguas, las culturas y las tradiciones sin convertirlas en fronteras.
Una comunidad de ciudadanos libres donde el individuo fortalezca a la comunidad y la comunidad proteja al individuo.
Una nación con un Estado capaz de garantizar prosperidad económica, derechos, libertades y oportunidades para todos.
A doscientos años de vida republicana existe un elemento que hoy nos cohesiona con mucha más fuerza que en 1825: el «yo boliviano».
Y cuando millones de esos «yo» deciden caminar juntos, dejan de ser una simple suma de individuos para convertirse en un verdadero «nosotros» nacional.
Dos siglos de historia nos han dejado victorias y derrotas compartidas; héroes, tragedias y esperanzas comunes. Hemos construido un valioso capital simbólico de identidad nacional.
Y, quizás lo más importante, cada vez que Bolivia atravesó sus horas más difíciles, los bolivianos demostramos algo que ninguna Constitución puede decretar: nuestro deseo de seguir viviendo juntos.
Andrés Gómez Vela es periodista y abogado

