Andrés Gómez – La luna de miel terminó: comienza la etapa más difícil para Rodrigo Paz

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Los datos de Ipsos CIESMORI muestran que la luna de miel política del gobierno de Rodrigo Paz se rompió. Y lo hizo con una rapidez inusual. En noviembre de 2025, el Presidente gozaba de un 65% de aprobación; ocho meses después, ese respaldo cayó al 32%, mientras la desaprobación escaló del 18% al 55%.

El deterioro es todavía más evidente en el estado de ánimo colectivo. En enero de 2026, el 68% creía que el país iba por el camino correcto. Hoy ocurre exactamente lo contrario: tres de cada cuatro habitantes del eje troncal (74%) consideran que Bolivia va en dirección equivocada. Ese indicador es más profundo que la aprobación presidencial porque refleja el clima emocional de la sociedad, no solo la evaluación de un gobernante.

Los bloqueos que exigían la renuncia del Presidente tampoco fortalecieron su imagen. Si la ciudadanía hubiera interpretado que el gobierno salió fortalecido, la aprobación habría subido después del conflicto. Ocurrió lo contrario. La gente parece haber diferenciado dos cosas: una es rechazar que un gobierno sea derribado mediante bloqueos; otra, muy distinta, es estar satisfecha con su gestión. El Estado de Excepción no produjo el llamado «efecto bandera», ese fenómeno por el cual una crisis suele cerrar filas en torno al gobernante.

¿Por qué cae el gobierno? La propia encuesta ofrece pistas. Entre las principales razones de desaprobación aparecen la falta de firmeza para tomar decisiones (12%), la corrupción (12%), el manejo de la economía (10%) y los problemas con los combustibles (10%). La corrupción erosiona la confianza porque instala la percepción de que el Estado no evita el robo, no lo investiga con eficacia o no castiga a los responsables.

A ello se suma un problema de liderazgo. El gobierno parece haber perdido el marco narrativo: la ciudadanía ya no sabe hacia dónde conduce el Presidente. Hasta Ulises tenía claro su destino: Ítaca. Un gobierno sin rumbo reconocible transmite incertidumbre.

Las interminables filas por diésel y gasolina alimentan el enojo cotidiano. El alza del dólar y de los precios refuerza la sensación de que nadie controla la economía. Aunque los indicadores macroeconómicos importan, la percepción ciudadana se construye, sobre todo, en el mercado, en la estación de servicio y en el bolsillo.

En síntesis, el gobierno parece haber perdido tres activos fundamentales: la esperanza, la confianza y el beneficio de la duda. También ha perdido un relato dominante que explique hacia dónde va y por qué los ciudadanos deberían seguir creyendo en él.

En política hay una regla casi universal: desmoronarse puede tomar pocos meses; reconstruir la confianza suele tomar mucho más tiempo.

Andrés Gómez Vela es periodista y abogado

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