Bolivia muestra hoy, de forma extrema, cómo la disputa por el poder ya no se juega únicamente en los partidos o en las calles, sino también en los algoritmos, las narrativas digitales y la capacidad de moldear emocionalmente el malestar social.
La política latinoamericana atraviesa una transformación profunda. Durante buena parte del siglo XX, los sistemas políticos de la región estuvieron organizados alrededor de partidos nacionales, sindicatos, movimientos sociales y mediaciones institucionales relativamente estables. Sin embargo, la expansión de las plataformas digitales, la crisis de representación y la creciente internacionalización de las disputas ideológicas favorecieron la emergencia de redes transnacionales de consultoría política, comunicación estratégica y producción de narrativas.
Estas redes articulan consultores, think tanks, operadores digitales, fundaciones, plataformas mediáticas y actores políticos que operan regionalmente con enorme flexibilidad. El fenómeno no se limita a las nuevas derechas latinoamericanas, aunque éstas han mostrado una notable capacidad de adaptación al entorno digital contemporáneo. También los progresismos y las izquierdas consolidaron espacios transnacionales de articulación política y construcción narrativa.
Diversos estudios han señalado que la globalización neoliberal y la revolución digital debilitaron las formas clásicas de mediación política y fortalecieron nuevas estructuras flexibles de producción ideológica y comunicación política. Manuel Castells sostiene que el poder contemporáneo se ejerce crecientemente mediante la capacidad de construir redes de comunicación capaces de moldear percepciones, emociones y legitimidades sociales.
En América Latina, este fenómeno se expresa en la creciente relevancia de consultores políticos transnacionales que participan simultáneamente en campañas electorales, gobiernos, think tanks y plataformas mediáticas. La figura del “consultor internacional” no es nueva en la región, pero la etapa actual presenta características distintas: fuerte digitalización, articulación entre comunicación política y guerra cultural, y debilitamiento de las estructuras partidarias tradicionales.
En ese contexto, con el ascenso de las nuevas derechas latinoamericanas y la consolidación de ecosistemas digitales de comunicación política, el consultor argentino Fernando Cerimedo adquirió notoriedad pública por su participación en campañas vinculadas al bolsonarismo brasileño y posteriormente al espacio político de Javier Milei. En Bolivia su nombre volvió a aparecer recientemente asociado al entorno presidencial de Rodrigo Paz Pereira.
Diversos análisis señalan que estas nuevas derechas desarrollaron una fuerte capacidad para operar en entornos algorítmicos mediante producción masiva de contenido, emocionalización del conflicto, polarización e intensa ocupación de redes sociales. Más que consultores tradicionales, muchos de estos actores funcionan como operadores de circulación emocional y producción narrativa permanente. La política se desplaza así desde la deliberación programática hacia formas de movilización afectiva altamente mediatizadas.
Andy Rivas representa un perfil diferente pero complementario dentro de este ecosistema. Sus intervenciones públicas muestran vínculos con espacios de formación política conservadora hemisférica y redes de planificación estratégica internacional. El propio Rivas reconoció la influencia de Gustavo Ferrari Wolfenson en su formación profesional, un consultor históricamente vinculado a campañas políticas en México y Centroamérica.
Estos vínculos sugieren la existencia de corrientes regionales de consultoría política que combinan lobby internacional, asesoría geopolítica, comunicación electoral y redes empresariales transnacionales.
Otra parte importante de este ecosistema se articula alrededor de think tanks y fundaciones internacionales. En el caso de las nuevas derechas, organizaciones como The Heritage Foundation o Atlas Network funcionan como espacios de producción ideológica, networking y legitimación política.
Sin embargo, el poder contemporáneo no reside únicamente en los grupos de pensamiento tradicionales. La creciente centralidad de las grandes corporaciones tecnológicas generó una nueva configuración de élites globales. Empresarios vinculados a inteligencia artificial, redes sociales, minería de datos, criptomonedas y plataformas digitales han adquirido niveles de influencia política comparables —e incluso superiores— a muchos Estados nacionales.
La autora Shoshana Zuboff describe este proceso como el surgimiento de un “capitalismo de vigilancia”, donde los datos personales y el comportamiento humano se convierten en materia prima de acumulación económica y control social.
Al mismo tiempo, estas corporaciones participan crecientemente en disputas por recursos estratégicos indispensables para la transición tecnológica: litio, tierras raras, cobre, energía e infraestructura digital. América Latina, y Bolivia en particular, ocupan un lugar central en esta disputa global debido a sus reservas de minerales críticos y biodiversidad estratégica.
La circulación transnacional de ideas políticas no es exclusiva de las derechas. Las izquierdas latinoamericanas también desarrollaron durante décadas estructuras regionales de articulación ideológica e intelectual. Espacios como Foro de São Paulo, Grupo de Puebla y CLACSO desempeñaron un papel importante en la circulación regional de ideas y estrategias políticas.
La diferencia contemporánea parece residir menos en la existencia de redes transnacionales —que siempre existieron— y más en la velocidad, flexibilidad y centralidad que adquieren hoy las plataformas digitales y los algoritmos en la disputa política.
En Bolivia, esta transformación se vuelve particularmente visible. La crisis actual no puede explicarse únicamente como una disputa entre oficialismo y oposición, ni como el simple resultado de una operación digital organizada desde el exterior. Lo que emerge en las calles es una combinación más compleja entre crisis económica, desgaste de las mediaciones políticas tradicionales y amplificación algorítmica del malestar social.
Las consignas que hoy se repiten pidiendo la renuncia presidencial condensan frustraciones reales —escasez, incertidumbre, pérdida de expectativas y agotamiento del modelo económico—, pero al mismo tiempo son potenciadas por ecosistemas digitales y narrativas polarizadas que transforman las tradicionales movilizaciones sociales en movilizaciones marcadas por emociones políticas inmediatas y virales.
En este escenario también reaparece una fuerte presencia de corresponsales y medios argentinos. La cercanía histórica y política entre ambos países explica el interés periodístico por la crisis boliviana. Sin embargo, la creciente parcialización de ciertas coberturas permite suponer que algunos actores están utilizando el conflicto boliviano como una extensión simbólica de la disputa política argentina entre el mileísmo y el kirchnerismo.
De este modo, las movilizaciones, la figura de Evo Morales o de la fragilidad del gobierno boliviano terminan reinterpretadas a través de categorías y polarizaciones importadas desde Argentina. En ambos casos, Bolivia corre el riesgo de dejar de ser comprendida en su propia complejidad histórica, económica y social para convertirse en escenario que proyecta una batalla ideológica regional que muchas veces busca simplificar más que explicar la realidad.
Bolivia se convierte así en una experiencia extrema de las nuevas formas de disputa contemporánea, donde movilización territorial, redes sociales, intereses económicos e influencias transnacionales se entrecruzan permanentemente. En este escenario, la gobernabilidad depende cada vez menos de las antiguas estructuras partidarias y cada vez más de la capacidad —todavía incierta— de reconstruir horizontes colectivos en medio de una sociedad atravesada por la confrontación, el miedo, la violencia y la incertidumbre.
Javier Gómez es economista

