En Bolivia un fantasma recorre por todos los rincones e instituciones: la impunidad. Esa que permite que los que han cometido actos de corrupción en gran escala no sean sometidos a la justicia, ni sean sancionados, ni devuelvan los recursos económicos o desviados o guardados en sus alcancías familiares. Esa que ante la justicia tiene precio y puede comprar sentencias, permitiendo que el acusado goce de libertad y esté feliz.
La impunidad que se refleja en algunos casos concretos y que la memoria colectiva fácilmente va olvidando y el sistema judicial va archivando o a los acusados de grandes hechos los envía a sus hogares, bajo la figura de detención domiciliaria y listo a olvidarse del asunto.
La lista de corruptos y corrupción es larga en Bolivia, pero pregúntese amable lector si en las cárceles bolivianas hay un pez gordo del narcotráfico, de la corrupción, de las estafas, de los pedófilos con sentencia o procesado.
Koffi Annan, que fuera secretario general de la ONU, dijo que “la corrupción es un enemigo poderoso que se alimenta del silencio y la impunidad”, reflexión que se ajusta a la realidad boliviana y sus políticos, quienes a su paso por alguna entidad pública la tuvieron como sus espacios de enriquecimiento personal, conscientes que una vez terminada sus gestiones ni la justicia ni los nuevos que ingresen ni la sociedad sean protagonistas en activar mecanismos de acabar con su impunidad.
En la actualidad son pocas las voces valientes que denuncian los grandes casos de corrupción: algunos parlamentarios, algunos medios de prensa, ciertos analistas; pero no es una voz fuerte, unánime y determinante que condene y genere acciones colectivas en el poder y en la sociedad.
Reina un silencio cómplice de un montón de instituciones, de sindicatos, empresas privadas, círculos dirigenciales cívicos y otros. La corrupción no tiene fronteras, ni es de exclusividad en el manejo de las instituciones del Estado, es parte del conglomerado humano e institucional de este país.
La lista de los casos de corruptos que han quedado impunes es frondosa significando un soberano sopapo a la dignidad de los ciudadanos y un golpe bajo a las instituciones que tienen que luchar contra esta realidad de dos caras: Impunidad e injusticia, tan perversas para los esfuerzos de todo el pueblo que día a día se esfuerza por sobrevivir y salir adelante.
Al fin y al cabo, la impunidad es una cuestión de relaciones de poder, es decir, el procesado que es un pez gordo o una ballena, tiene sus tentáculos bien afincados en las instituciones del Estado que puede torcer las decisiones o en su caso hacer durar cien años un determinado proceso judicial, mucho mas si está de por medio este pez gordo.
Eso está sucediendo en la actualidad. Un ex juez, una ex diputada, un pastor, un ex alcalde están gozando de la complicidad judicial y caminar libremente e impunemente. Y vaya a un ex presidente, a una ex ministra un fiscal los liberó de toda responsabilidad en el bullado y millonario caso del Fondo Indígena.
Política y justicia van de la mano, son inseparables. El poder necesita del sistema judicial y los administradores necesitan del poder para mantenerse en sus cargos.
El abogado criminólogo, Alejandro Colanzi, autor de varios libros como La granja de Espejos, que develó los abusos cometidos contra jóvenes en conflicto con la ley, precisó que la corrupción es parte de los juegos del poder, y que es un tema muy complejo. “Depende de las circunstancias y procedimientos, no necesariamente penales, sino institucionales, broncas institucionales, debilitamiento de las estructuras para luchar y ser eficiente frente a los tentáculos de la corrupción”.
Aclara que la corrupción no solo se da en relación con el manejo del Estado, ocurre en varios sectores sociales, económicos, empresariales, forestales, agroindustriales. “A más poder económico y político mayor impunidad, las diferencias entre alguien que denuncia a un poderoso si es débil, no avanzará, o si avanza será años hasta cansarlo al denunciante”, precisó.
La impunidad depende las relaciones de poder que se construyen y se van afianzando. Muchos personajes acusados de corrupción aún mantienen y sostienen ciertas relaciones de poder en las instancias políticas, judiciales, mediáticas, dirigenciales. Por ello hasta ahora son impunes.
La corrupción, sus efectos y la impunidad han acompañado el devenir histórico de Bolivia. Es una llaga abierta y sangrienta en democracia, del pueblo y sus instituciones, pero que a la vez la historia demanda un mínimo de decencia de sus gobernantes de todos los niveles del Estado.

